Se llevarán una decepción quienes esperen atmósfera de cueva, música que simplemente haga cosquillas al alma o que simplemente divierta o entretenga. El concierto es sobrio, trascendente, sin bromas. La puesta en escena es directa y sencilla, piano a la izquierda y batería a la derecha, dos proyecciones de focos detrás para romper la oscuridad y asegurarse de que nos focalizamos donde corresponde.
Empezamos con Música Callada III, es decir Placide de Mompou, es decir la búsqueda de un silencio interior casi místico (aunque en esta pieza, precisamente, siempre me ha parecido que se acerca al folclore catalán). Sergi Sirvent nos ofrece una introducción clara y fiel, para después añadirle la negrura, la tonalidad tardía y nocturna del jazz, y Viñolas incorpora los platos (y algunos redobles de caja). Empezamos a notar la gratuidad del concierto en el hecho de que alguien ha decidido llevar a una criatura de dos años que va riendo y gritando en ese lenguaje abstracto de los pequeños, tan impresionista y particular también, pero tan opuesto a lo que sería una música callada. O al hecho de callar en un concierto de música.
Este repertorio dulce irá ascendiendo hacia estructuras más abstractas, más dirigidas a lanzar salpicaduras de sensaciones que podrían parecer improvisadas pero que no lo son: el disco, Recreacions Tímbriques. De Satie a Mompou, es considerado perteneciente a la mejor tradición del jazz de cámara contemporáneo. Como decíamos, el jazz ya lo es, impresionista (versiones subjetivas o incluso oníricas de la realidad, incluida la música), pero Mompou guarda un rigor novecentista estricto y Satie tampoco deja nada demasiado desarmado.
Sirvent y Viñolas no versionan, sino que componen sobre una base existente y destilan de ella un sentido nuevo
No estamos ante la enésima versión de las melodías de Satie limitándose a ponerles unas gafas oscuras y un whisky, sino ante una verdadera deconstrucción musical. En Satiesmiles, por ejemplo, esta composición de David Viñolas, más que hacernos sonreír nos hace precisamente ensimismarnos. Mucho. Y la sala lo facilita: no hay cobertura para el móvil, y es domingo por la tarde, de manera que la extraordinaria calidad de la propuesta entra con toda la pausa y con todo el silencio dominical que merece. Si no fuera por el niño, que ahora eleva la voz en medio de una pieza con una fuerza intolerable. Ey, que esto es gratis y no admite discriminaciones: pero no, señora, gratis no hay nada y esta maratón, aunque la hemos pagado entre todos, merece, como cualquier parque que se respete, que se respeten también las señales de no pisar el césped.
El piano es siempre sereno, la batería tira mucho más de virtuosismo. De hecho, utilizará todos los rincones de la batería, baquetas y escobillas, incluso para peinar el plato de forma circular durante un buen rato. Sergi Sirvent lleva partitura, David Viñolas es ciego, pero tampoco ha venido a improvisar. Han venido a presentar un disco, una idea con principio y final, un beso contemporáneo a los maestros del impresionismo musical. Grossiene VI es una maravilla y este dúo es capaz, sí, de llevar a Erik Satie a la máquina del tiempo y devolvérnoslo vestido de contemporáneo.
Sirvent y Viñolas no versionan, sino que componen sobre una base existente y destilan de ella un sentido nuevo (o bien elaboran temas propios, como el Lirismo delirante de Sirvent o el propio Satiesmiles de Viñolas). Admiran, pero también rasgan y desplazan las cosas de lugar como niños dibujando un garabato abstracto (o lanzando, con esa vocecita dulce, la última frase indescifrable).
Está muy y muy bien que L’Auditori haga maratones de jazz. Está muy y muy bien el panorama jazzístico de nuestro país. Quédense con esta idea, olviden la mala educación del público con entrada gratuita y sobre todo recuerden estos nombres: Sergi Sirvent y David Viñolas.
