«Madrid es una relación tóxica». Dora Postigo (Madrid, 2004) se ríe cuando lo dice, pero enseguida matiza que también es una ciudad que le ha dado algunas de las mejores cosas de su vida. Esa relación de amor-odio con el lugar que la vió nacer está muy presente en Feria de Madrid, su nuevo single: una canción que nace de su experiencia personal, tiene referencias castizas y termina convirtiéndose en una declaración artística. Hija de la modelo Bimba Bosé y del músico Diego Postigo, después de años creciendo delante del público, la cantante parece haber encontrado una forma más consciente de hablar sobre quién es, qué siente y qué quiere contar.
Cuando conoces a Dora entiendes por qué es una de las artistas jóvenes más prometedoras de su generación. Hay algo poco habitual en ella: la seguridad de quien sabe hacia dónde quiere ir y la capacidad de asombro de quien todavía se permite jugar. Quizá por eso resulta tan fácil creerla cuando habla de música. Porque se expresa con la misma honestidad con la que escribe sus canciones.
Nueva etapa
Y Feria de Madrid es el mejor ejemplo de ello. La canción nació hace justo un año, durante las fiestas de San Isidro, después de una ruptura que Dora recuerda casi como una secuencia de cine. «Mientras me estaba pasando pensaba: ¿dónde está la cámara oculta?», cuenta entre risas. Al día siguiente se sentó a escribir y tanto la letra como la melodía aparecieron de una sola vez. «Sentí que algo me explotaba dentro». Fue una de esas pocas ocasiones en las que una canción llegó prácticamente terminada, como si hubiera estado esperando el momento perfecto para salir.
Pero la historia que se narra en este tema no sólo habla de una pérdida romántica. «La ruptura fue doble», explica. «Como cuento en la canción, también perdí una amistad, y esa pérdida fue mucho peor y mucho más dolorosa». Dora habla del desamor como de un lugar profundamente solitario. «Es algo universal, que hemos vivido todas, pero cuando nos pasa tendemos a hacernos una bolita y evitamos abrirnos a nadie porque sentimos que estamos rotos y no queremos que nos vuelvan a hacer daño».
Escribir, sin embargo, le permite encontrar una salida. Habla de las canciones como una forma de terapia, una herramienta para ordenar emociones antes de compartirlas con los demás. Porque si componer ya implica exponerse, publicarlas supone dar un paso más. «Sufro cuando las comparto porque estoy enseñando al mundo una parte de mí que me he guardado durante mucho tiempo. Es un proceso muy intenso», reconoce. Aun así, hay algo que compensa esa vulnerabilidad. «Nunca sabes cuándo alguien va a necesitar esa canción», reflexiona. Y quizá ahí resida una de las cosas más bonitas de hacer música: descubrir cómo una experiencia profundamente personal termina encontrando un hueco en la vida de otras personas.
Un imaginario castizo
En Feria de Madrid, además, esa experiencia personal se envuelve en un imaginario muy reconocible. La canción arranca con acordes de chotis y en el videoclip Dora aparece vestida de chulapa, integrando algunos de los símbolos más típicos de la capital sin caer en la nostalgia o el costumbrismo. «Madrid es un tira y afloja constante. Te da las mejores cosas, personas increíbles, pero luego también satura mucho», comparte. Quizá por eso la define como una relación tóxica. «La adoro, pero muchas veces no la aguanto», añade. Esa mezcla de amor y odio atraviesa toda la canción y acaba convirtiendo a Madrid en un personaje más del relato.
Dora posando con vestido lencero de RABANNE, boa de TOT-HOM, pendientes de PARFOIS, anillo de KIWIPOMELO, y sandalias de TOMY HILFIGER.
Leticia Díaz de la Morena
Dora empezó en la música muy joven y reconoce que, durante años, gran parte de su aprendizaje creativo tuvo mucho que ver con la intuición. «Cuando eres más niña lo que haces es jugar», reflexiona. Ahora sigue defendiendo esa parte de inocencia, pero siente que algo ha cambiado. «Tengo las cosas más claras y los pies más en la tierra. Soy mucho más consciente de lo que hago», asegura. Reconoce que, durate mucho tiempo, ha sido muy exigente consigo misma: «Me meto mucha caña, me castigo muchísimo», admite. Quizá una de las lecciones más importantes de esta nueva etapa haya sido precisamente hacerlo menos. «He aprendido a tener más paciencia conmigo misma y a entenderme mejor. También a respetar lo que siento», admite.
Dora habla a menudo de la niña que fue, aunque no desde la nostalgia. Por eso, cuando intenta resumir todo lo que ha cambiado en este último tiempo, habla de la paciencia. «He aprendido a castigar menos a esa niña», explica. Y quizá ahí está una de las claves del momento que está viviendo: «Siento que me he reconciliado un poco con esa niña».
En esa reconciliación también han cambiado algunas de las relaciones que la han acompañado desde siempre. Al hablar de sus padres, Dora sonríe especialmente cuando menciona a su padre (el músico Diego Postigo) y las referencias musicales con las que intentaba acercarla al arte cuando era más joven. «Yo siempre las rechazaba», admite entre risas. «Cuando eres adolescente tienes esta necesidad de descubrir las cosas por tu cuenta y lo que te enseñan tus padres nunca te suele parecer guay», reconoce. Con el tiempo, sin embargo, ha aprendido a mirar esas influencias desde otro lugar: «Ahora acojo todo lo que me enseña con mucho más cariño que antes, y me encanta».
Los escenarios también han sido fundamentales en su desarrollo profesional. Fue allí donde sintió por primera vez que los demás empezaban a verla como la artista que siempre había querido ser. «Antes creo que me consideraban más un personaje público», reflexiona. Los conciertos cambiaron esa percepción. «Encima de un escenario es donde mejor conecto con la música porque siento que puede pasar cualquier cosa». Es precisamente en esa incertidumbre donde Dora parece sentirse más cómoda. El escenario no sólo le permitió encontrar un lugar dentro de la industria, sino también una forma más libre y más personal de relacionarse con su profesión.
Moda, imagen y universo propio
La construcción de una identidad propia no pasa sólo por las canciones. En Feria de Madrid, la moda también ocupa un lugar importante dentro del relato. Desde la estética castiza del videoclip hasta los looks que acompañan esta nueva etapa artística, la imagen aparece como una extensión natural de su universo creativo. «Para mí la moda lo es casi todo, es mi manera de expresarme ante el mundo», explica. Habla de referencias, de inspiración y de la importancia de dejarse atravesar por otras miradas. «Me encanta empaparme de otros artistas, también estilísticamente hablando». Para ella, la moda es, simplemente, otra forma de lenguaje creativo.
En una época donde se rinde culto a la imagen y se vive en una exposición constante, Dora apuesta por la transparencia y la autenticidad: «Mi discurso va muy ligado a lo que siento», explica. Y resume su manera de entender la música con una imagen: «Yo hago música y digo: toma, mi corazón, ahora lo tienes en tus manos». Cree que esa honestidad sigue siendo necesaria: «Estamos en una época donde faltan cosas de verdad. Es importante volver a la raíz, a las cosas tangibles», declara. Pero a la vez reconoce que quizá debería protegerse un poco. «Yo tengo el problema de que me expongo demasiado», admite entre risas. Y aunque le fascinan los artistas capaces de construir personajes alrededor de sí mismos, siente que ella todavía no ha encontrado esa distancia: «Me falta conseguir crearme esa protección frente al mundo».
Si hay un tema sobre el que habla con especial contundencia es de la ambición. Durante años, la industria ha premiado esa cualidad en los hombres y la ha castigado en las mujeres. Dora conoce bien ese doble rasero. «Yo me siento muy cómoda con la ambición», afirma sin titubeos. Aunque reconoce que esa seguridad no siempre es bien recibida: «A una mujer segura y confiada siempre la van a intentar tirar abajo». Explica que hace poco hablaba con un amigo músico sobre cómo la chulería puede convertirse en parte del encanto de muchos artistas masculinos mientras que, en una mujer, suele interpretarse de forma muy diferente. «Si nos ven seguras y confiadas siempre nos van a decir que no nos flipemos tanto».
No lo dice desde el resentimiento, sino desde la observación. Durante años, la ambición femenina ha tenido que convivir con una contradicción constante: destacar, pero sin parecer demasiado consciente de ello. Dora no parece interesada en cumplir esa expectativa. Habla de sus objetivos con naturalidad, como si la ambición fuera simplemente una forma de tomarse el trabajo en serio.
Al final de la conversación, hablamos de qué poso quiere dejar en la gente con su nueva música y cómo le gustaría que el público la percibiera tras este último trabajo. «La música es mi lenguaje», afirma, es su manera de expresar lo que siente y de contar lo que necesita. Y aunque habla entonces de estética, de referencias y de la importancia de construir un universo propio, vuelve una y otra vez al mismo lugar: las canciones. «Quiero que me escuchen porque yo estoy diciendo cosas importantes con mi música». Más allá de la imagen, de las expectativas o de las etiquetas que otros puedan colocarle.




