domingo, junio 28, 2026

Un catedrático español denuncia fraude masivo con IA en un examen en la Universidad de Brown: “La integridad académica está en peligro”

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La tentación de usar la inteligencia artificial (IA) para copiar está sacudiendo a las universidades de élite de EE UU. El profesor Roberto Serrano, catedrático Harrison S. Kravis de la Universidad de Brown, ha detectado un fraude masivo en una de sus asignaturas, ECON 1170, un curso avanzado de economía matemática para estudiantes de grado. Tiene pruebas concluyentes de que al menos 50 estudiantes hicieron trampas en el examen parcial de marzo, lo que lo convierte en el mayor escándalo conocido de este tipo en Brown y de toda la llamada Ivy League, que agrupa a los ocho centros privados más selectos de la costa este y que incluye también a Princeton, Harvard, Yale, Columbia, Cornell, Dartmouth y Pensilvania.

Cuando denunció el caso ante los altos cargos de la administración de Brown, la reacción fue fría. La respuesta del rector, dice, ha sido el silencio absoluto. El decano de la facultad tampoco se pronunció hasta que Serrano presentó el caso ante el Comité del Código Académico del centro. Entonces, recibió una nota en la que reconocían que lo sucedido en su clase “es una llamada de atención”. Serrano cree que es insuficiente. “Esa no puede ser la postura de la universidad ante un incidente de esta magnitud. La integridad académica es un valor que merece ser defendido. El profesorado no puede quedarse solo en una lucha tan decisiva si queremos preservar el futuro de la educación superior”, explica por teléfono desde Providence, en Rhode Island, este economista madrileño de 61 años, que lleva 34 en Brown. Para que la IA no acabe con el prestigio y la utilidad de la enseñanza, hace falta, en su opinión, adoptar otro enfoque: “Debemos reconocer públicamente la gravedad de la situación y abrir un debate amplio sobre la extensión real del problema”.

Serrano está considerado uno de los principales impulsores de la aplicación de la teoría de juegos, la que fundamentó el Premio Nobel de Economía de 1994, John Nash, al análisis de los mercados. Licenciado en Economía por la Universidad Complutense de Madrid, de la que es Doctor Honoris Causa desde 2019, Serrano se doctoró en Harvard y, al acabar sus estudios, tuvo varias ofertas de empleo. Convencido de dedicar su vida a la investigación y a la docencia, aceptó un puesto en la Universidad de Brown, donde sigue en la actualidad. Ha recibido varios reconocimientos, incluyendo el Premio Rey de España de Economía de 2024.

A los 17 años, cuando estudiaba COU, Serrano se quedó ciego. En pocos meses, la retinosis pigmentaria que padecía desde pequeño, pero que hasta entonces le permitía leer o jugar al fútbol con normalidad, le quitó la vista. Tras una pequeña crisis, decidió que eso no le iba a parar. Aprendió braille y su impecable expediente académico le abrió las puertas de Harvard. “Claro que afecta a mi vida, pero no hay que dramatizar demasiado. Los economistas entendemos la realidad como un conjunto de gente respondiendo a problemas de optimización con restricciones. Yo veo mi enfermedad simplemente como una restricción más que me tengo que poner, y optimizo sobre ella”, asegura.

Serrano siempre acude a las clases con un ayudante para que le haga el trabajo de pizarra y le ponga las transparencias. El resto, desde la preparación de los ejercicios hasta las tutorías, pasando por escribir artículos científicos o libros, lo hace él, en los últimos tiempos con mayor facilidad gracias al avance de la tecnología.

El economista decidió este año que, tanto el examen parcial como el final de la citada asignatura, serían del tipo take-home closed-book (para llevar a casa y hacer a libro cerrado, una modalidad de prueba con cierta tradición en la Ivy League). “Es un tipo de examen muy bonito porque, al darles a los alumnos prácticamente tiempo ilimitado para completarlo, te permite ponérselo más difícil de lo normal para ver hasta dónde pueden llegar”. En este caso, Serrano cambió algunos de los supuestos de modelos que habían visto en clase y les pidió que demostraran si ciertas proposiciones eran verdaderas o falsas bajo esos nuevos supuestos.

La asignatura en cuestión, que imparte desde hace años, no es sencilla: suele atraer a pocos estudiantes, pero muy buenos. Nunca había tenido más de 30 alumnos, y en algunas ocasiones llegó a juntar solo a ocho. Este semestre, probablemente atraídos por la forma de evaluación, se matricularon 86 estudiantes. Los resultados del examen parcial, realizado el 5 de marzo, fueron extraordinarios, con una nota media de 96 sobre 100. 40 estudiantes lograron una puntuación perfecta de 100. Los correctores le informaron también de varias irregularidades. “Algunas respuestas contenían pasajes inusuales que coincidían con los resultados obtenidos al introducir las preguntas del examen en ChatGPT”, dice.

Serrano no anuló la validez del examen parcial, pero avisó a los alumnos de que el examen final, que contaba un 50% de la nota, sería presencial. Y que, si la distribución de notas no era similar a la del parcial, entonces solo se tendría en cuenta el final. La nota media cayó en picado, hasta un 48 sobre 100. De los 89 estudiantes que realizaron el parcial, solo 59 se presentaron al final. Y, de los 27 que no se presentaron, 22 habían obtenido un 100 en el parcial.

“La evidencia empírica de fraude es abrumadora”, sentencia el profesor, que ya ha decidido hacer cambios de cara al curso que viene. El primero, que los ejercicios semanales no cuenten para la nota, ya que podrían hacerse con la ayuda de la IA. El segundo, no volver a poner nunca más exámenes en casa. Por mucho que la situación lo aconseje.

El tiroteo que lo cambió todo

La Universidad de Brown fue noticia el 13 de diciembre del año pasado por motivos ajenos a los estrictamente educativos. Neves Valentes, de 48 años y antiguo estudiante de doctorado del centro, entró en el campus pistola en mano y la emprendió a tiros, dejando dos fallecidos y nueve heridos, algunos de ellos de gravedad. “Vivíamos en un apartamento en el centro de Providence, y ese sábado empezamos a ver un montón de coches de policía y de ambulancias que iban hacia la universidad”, recuerda. Su teléfono no tardó en empezar a recibir mensajes. El tiroteo sucedió en una clase de repaso de Introducción a la Economía que conduce una de sus colegas, Rachel Friedberg. Son sesiones para resolver dudas que se organizan a pocos días de los exámenes finales. Dos de las nueve heridas eran estudiantes de Serrano. Lucharon por su vida durante semanas y, afortunadamente, salieron adelante.

El lunes 15, cuando se difundieron los nombres de los fallecidos, se enteró de que una de las dos víctimas mortales era Ella Cook. La joven había estado esa misma semana en el despacho del profesor español para presentarse. Le dijo que iba a matricularse en su curso de Microeconomía Intermedia ese semestre y le pidió si podía ser su asesor en la carrera de Economía con Matemáticas. “Estuvimos charlando un buen rato. Era una chica llena de proyectos, de ideas y de ilusiones. Estaba muy interesada en sus estudios. Cuando lo supe, no me lo podía creer. Llevo mucho tiempo en EE UU, y no logro entender cómo este país sigue garantizando el derecho a portar armas. Hay casos como estos cada dos por tres, pero sigues con tu vida porque no te tocan de cerca. Hasta que lo hace. Y duele mucho, muchísimo”.

Tiroteo en la Universidad de Brown

Serrano quedó tocado. “Estuve muy mal psicológicamente durante un tiempo. Después de lo que había pasado, se me ocurrió que ese semestre, que empezaba un mes y pico después del tiroteo, los exámenes fueran para hacer en casa con la idea de facilitarles algo la vida a los estudiantes. Muchos tienen ansiedad al acercarse al campus por lo que pasó en diciembre”.

Pero ahora a Serrano le preocupa que sus alumnos decidieran hacer trampa. Y que la Universidad se ponga del lado de los estudiantes, en parte porque recibe generosas donaciones de familias muy ricas, cuyos hijos a menudo estudian ahí. “Eso hace que los chicos siempre tengan el beneficio de la duda; ya me he encontrado con eso en otras ocasiones”. Pero también le duele que, la única vez en 34 años que ha puesto un examen para hacer en casa, por motivos más que justificados, se haya encontrado con un fraude de semejantes proporciones.

La tentación de la IA

La IA está alterando tradiciones centenarias en las universidades más elitistas de EE UU. La de Princeton, por ejemplo, ha decidido acabar con una práctica de 133 años de que nadie vigilara a los alumnos mientras hacían sus exámenes finales. Así se hacía desde 1893, cuando se instauró en esa universidad el llamado Código de Honor, en virtud del cual los alumnos se comprometían a no copiar. Hasta ahora, el profesor entregaba el examen, salía de la sala y volvía a entrar para recogerlos cuando acababa el tiempo. Y si alguien hacía trampas, eran los compañeros quienes lo denunciaban.

Pero la IA ha hecho que engañar sea “más fácil y más rentable que nunca”, como reconoció el periodista estadounidense Theo Baker en un artículo reciente en The New York Times. “No conozco a nadie que no haya utilizado la IA para hacer algún trabajo”. El escritor de 22 años, que se acaba de graduar en Stanford, entró a la universidad dos meses antes de que saliera la primera versión de ChatGPT. Y en sus cuatro años de estudiante comprobó cómo sus compañeros fueron sucumbiendo a la tentación.

Serrano coincide en que la IA hace que los estudiantes tengan más incentivos para hacer trampas. Por eso, dice, no se pueden ocultar estos casos. Al revés, deben servir para abrir un debate profundo. “Si ya no defendemos la verdad, la decencia y la honestidad, entonces, ¿qué tipo de credibilidad vamos a tener como académicos?”.

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