Cuando en 1967 murió Woody Guthrie, la voz más comprometida y el mayor agitador de conciencias que ha tenido la música norteamericana en toda su historia, su colega Pete Seeger, otro bardo del compromiso social, declaró: “Woody nunca morirá mientras haya gente que cante sus canciones”. En la actual gira de Bruce Springsteen, llamada Land of Hope & Dreams American Tour, el músico de Nueva Jersey cierra los conciertos con ‘This Land Is Your Land’, la composición más emblemática de Guthrie, quien, hasta que su enfermedad degenerativa le postró inválido en una cama durante años, cantó con su guitarra hasta el último aliento a lo largo y ancho de Estados Unidos para combatir a los explotadores y poderosos sin escrúpulos. La guitarra de Guthrie llevaba la famosa inscripción: “Esta máquina mata fascistas”. Y esa guitarra nunca fue concebida como violencia física, sino como un antídoto cultural frente a los extremistas de derechas, los mismos que escupían su odio hacia los inmigrantes, los pobres, las mujeres y las minorías sociales en la primera mitad del siglo XX.
Sin llevar la guitarra de Guthrie al hombro, Springsteen da sentido a las palabras de Seeger, con quien cantó en la primera toma de posesión de Barack Obama frente al Capitolio en 2009. Woody Guthrie aún no está muerto. Y, por suerte, Bruce Springsteen está aún muy vivo. Quizá se podría decir que, a sus 76 años, el autor de Born to Run muestra una fuerza hercúlea, de verdadero coloso, como un impresionante cruzado con su propia guitarra, esa Fender Telecaster que sigue tronando como una máquina con el mismo mensaje que la de Guthrie. Porque Land of Hope & Dreams American Tour es una gira anunciada para combatir los abusos y desmanes del actual presidente de EE UU, Donald Trump, y su Administración. Tal y como se anunció, la gira iba a poner en valor “la democracia y la Constitución estadounidenses y todo lo que está siendo atacado por nuestro aspirante a rey y su Gobierno corrupto en Washington”. Ya su pasada gira en 2025, que pasó por España, estuvo marcada por sus discursos en defensa de los valores de la democracia norteamericana, la más antigua del mundo, y en contra de Trump, al que calificó de “incompetente” y “traidor”. Solo que ahora más que nunca ha articulado el setlist de los conciertos y sus palabras bajo una premisa: ser un altavoz que no se calla ante el abusón político.

Una vez más, Springsteen ha puesto sobre la mesa una reflexión importante: hay causas que son más importantes que un estrellato. Y no es un estrellato cualquiera. Porque se trata de uno de los músicos más grandes del rock mundial. Ya lo hizo tras los atentados del 11-S en Estados Unidos, pero, entonces, buscaba ofrecer algo de esperanza ante un dolor generalizado por una gran tragedia. No se jugaba nada. Poco después, sí se la jugó cuando en 2004 protagonizó la gira Vote for Change contra la Administración de George W. Bush y sus guerras en Irak y Afganistán. Ese año fue el año D en la vida de Springsteen porque, después de apoyar causas humanitarias pero desligarse de todo discurso político durante toda su carrera, se posicionó claramente por un tema político concreto: echar a Bush de la Casa Blanca. A partir de ahí, no ha dejado de mostrar un talante intervencionista para criticar con su música de una forma directa, sin medias tintas, los abusos de las fuerzas policiales, las estafas de los buitres de Wall Street o las políticas depredadoras de los republicanos en su país.
Si bien es cierto que en los últimos 20 años ha estado muy ligado a Obama y al aparato demócrata, también lo es que su actual posicionamiento ha adquirido aura de entrega total, casi de tinte personal contra Trump, que no ha dejado de descalificar al músico llamándole “imbécil” y “más tonto que una piedra”. Con todo, esta entrega de Springsteen le ha llevado a lanzarse con fuerza y de forma inmediata -algo muy importante en los tiempos que corren- a la denuncia de hechos trágicos que han sacudido a la sociedad estadounidense.
Así lo hizo cuando publicó ‘Streets of Minneapolis’, un tema en protesta contra ICE, al que calificó como “el ejército privado de Trump”. “Está dedicada al pueblo de Minneapolis, a nuestros inocentes vecinos inmigrantes y en memoria de Alex Pretti y Renee Good”, aseguró Springsteen, en referencia a las dos personas asesinadas a manos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas: Good, una poeta de 37 años y madre de dos hijos, el pasado 7 de enero, y Pretti, un enfermero, también de 37 años, el sábado 24. También se le pudo ver tocando en las marchas que salieron por medio país para protestar contra la cacería de inmigrantes del ICE y su brutalidad policial. O interpretar en la cadena de televisión generalista CBS ‘Streets of Minneapolis’ durante el penúltimo programa del Late Night Late Show tras la salida del presentador Stephen Colbert, que solía criticar y ridiculizar a Trump, quien maniobró para que le despidiesen. Y ahora, en estos días, esta gira que cierra con ‘This Land Is Your Land’ y en la que el músico dice que busca aportar la luz eléctrica del rock’n’roll con su poder comunitario y de compasión humana a “los tiempos oscuros que vivimos”.
Los tiempos oscuros son los tiempos liderados por Trump y los suyos, entre ellos, todos esos tecnócratas multimillonarios que le respaldan. Si bien Trump, presidente electo, no es un fascista al estilo clásico de los que combatía Guthrie con su guitarra, es un personaje ricachón que alienta las políticas de extrema derecha y a los think-tanks que los apoyan. Como decía la escritora estadounidense Siri Hustvedt en las páginas de este periódico, Trump y los suyos “no están conservando nada porque su objetivo es destruir el gobierno, atacar las universidades, acabar con la libertad de expresión, el pluralismo y el Estado de derecho, encarcelar y deportar ilegalmente a personas sin papeles y a ciudadanos legales por igual y fabricar mentiras oficiales sin parar. Muchos de ellos desean instaurar una nación patriarcal, cristiana y blanca”. Springsteen, rico, varón, creyente y blanco, se alza contra esto. Porque Springsteen, sin ser de una minoría ni perseguido, tiene conciencia. Como la tenía Woody Guthrie. Como siempre ha latido en las canciones más transformadoras y admirables, aquellas que, fuera del negocio, atienden a la gran empresa de la humanidad.

Esas canciones siempre han sido capaces de abrir puertas por las que se ve el mundo exterior. De hecho, lo hacen de una forma extraordinaria, con más fuerza y poder de movilización que un libro, una película o un cuadro. Es el poder de la música. Ya lo reconoció el propio John Steinbeck cuando al escuchar ‘Tom Joad’, la canción que Woody Guthrie compuso inspirada en su novela Las uvas de la ira, exclamó: “¡Maldito cabrón! En 17 versos ha pillado la historia entera que me costó dos años escribir”. El escritor premio Nobel de Literatura reconoció que el alma del pueblo, ese al que apelaba en su obra literaria con un sentido comunitario y solidario, estaba representada en la música de Guthrie, el mismo músico que, antes de que la enfermedad le apagase, dejó escrito en unos de sus últimos versos: “Cambia tu bolígrafo, cambia tu tinta / cambia tu forma de hablar o pensar / cambia los tubos de escape o los neumáticos / para cambiar aquello que tu corazón desea”.
Springsteen ha cambiado la comodidad de su estatus de estrella millonaria, que puede vivir de las rentas y mirarse el ombligo hasta morir, por atender a un corazón humano. Un corazón que late al compás de decenas de miles de personas que le escuchan en sus conciertos, aunque otras miles hayan decidido no volver a escucharlo desde sus posicionamientos, incluso aunque él haya recibido amenazas de muerte. Y es ahí, en su figura colosal de estrella, cuando más admirable es su actitud. Porque, cuando no se tiene nada que perder, la valentía es siempre plausible, pero, cuando se tiene mucho o todo que perder, entonces, es mayúsculamente meritoria. Son los que tienen mucho que perder los que normalmente no se juegan nada.
Como la historia nos recuerda a lo largo de los siglos, los tiempos oscuros nunca son tiempos de silencio, ni mucho menos de cinismo. Decía Joe Strummer que The Clash, desde su trinchera punk, combatían el fascismo y cantaban contra las injusticias porque buscaban despertar al ser humano que todos llevamos dentro: “No teníamos soluciones a los problemas del mundo, pero tratábamos de pensar y nunca nos acomodamos”. Tratar de pensar siempre ha sido la esencia del arte, de la cultura. Como tratar de no acomodarse. Para acomodarse están las tumbonas de la playa o los masajes.
Recientemente, en entrevista a EL PAÍS, lo decía así la escritora bielorrusa y premio Nobel de Literatura, Svetlana Alexiévich: “Estamos en un momento en el que no podemos dejar nuestra vida solo en manos de los políticos; la élite intelectual también debe participar. Es de lo que ya hablaba Platón, que hay momentos en los que es necesario que los intelectuales se impliquen, piensen en lo que está pasando, expresen su opinión, para que participen en lo que está sucediendo. Y nosotros lo hemos dejado todo en manos de los políticos. Pero eso no es fiable”. Y la autora de Voces de Chernóbil proseguía: “La gente está cansada en todas partes. Pero el cansancio es mal consejero, es muy peligroso precipitarse en las decisiones. Yo no soporto escuchar la jerga política que se usa ahora, como cuando [Donald] Trump habla de asuntos políticos serios, de la guerra, de que el acuerdo se va a cerrar, de que el acuerdo no se ha cerrado, de los minerales esenciales, de la gente… Todo es lo mismo. Por eso se necesitan intelectuales. Deben elevar el nivel de reflexión, de comprensión. Vino a verme un grupo de guionistas de Hollywood y les pregunté: “Bueno, ¿cómo ha surgido Trump?“. Me dijeron que se debe a que ha bajado el nivel educativo. Y, por tanto, no solo ha bajado el nivel educativo sino también el nivel de la vida política. Por eso, los intelectuales no deben quedarse al margen”.

Springsteen no se queda al margen. Springsteen no se ha permitido estar cansado, ni acomodado. Es la figura musical histórica de envergadura que más ha decidido cantar con su guitarra contra los tiempos oscuros, los cuales, quizá, no han hecho más que comenzar. No es el único. También están, en mayor o menor medida, Neil Young, Paul McCartney, John Fogerty, Elvis Costello, Pearl Jam, Jeff Tweedy y tantos otros… Pero ninguno con la fuerza, el tesón, la osadía y la admiración como la que despierta Springsteen, dispuesto a ser leal a esa llama que lo llevó a ser músico, ese pájaro en la mina que alerta de posibles explosiones, como él mismo dijo una vez. Es un faro, que ojalá inspirase a tantos de esos músicos, también españoles, que lo citan en sus entrevistas como influencia o referencia. A sus 76 años, cuando el pájaro no debería tener fuerzas de volar, está dando un último ejemplo en vida con sus conciertos colosales. Conciertos en los que está cerrando estos días con ‘This Land Is Your Land’ y, justo antes, la penúltima canción, es ‘Chimes of Freedom’, de Bob Dylan.
Y a estas alturas, por mucho que se conozca al personaje, por mucho que siempre haya huido de lo que se espera de él y por mucho que tomase hace años la decisión de estar en la esquina contraria a la que pide el momento histórico, el silencio de Bob Dylan, el mismo que dejó todo por conocer a Woody Guthrie e introdujo la conciencia en el rock’n’roll, genera ya un ruido ensordecedor. Porque Trump no es uno más. Porque los suyos no son unos más. Porque los tiempos de hoy no son otros que pasan. Porque en estos tiempos de todo “yo” hace falta más que nunca “un nosotros”.
