lunes, agosto 3, 2026

En 1997 cubrieron un páramo de Costa Rica con 12.000 toneladas de cáscaras de naranja. 16 años después nadie reconocía el paisaje

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Hace tres décadas, cubrir un terreno con miles de toneladas de residuos de naranja parecía la receta perfecta para provocar un desastre ambiental. Lo sorprendente de esta historia real es que, cuando los científicos regresaron años después al lugar, el mayor problema no fue evaluar el experimento: fue encontrarlo. El paisaje había cambiado tanto que el cartel que marcaba la parcela había desaparecido bajo un bosque exuberante.

Parecía una locura. La historia arranca en el año 1997, momento en que los ecólogos Daniel Janzen y Winnie Hallwachs propusieron un acuerdo poco convencional en el Área de Conservación Guanacaste, en Costa Rica. 

¿Cómo? Al parecer, la empresa de zumos Del Oro donaría parte de sus terrenos al parque nacional y, a cambio, podría depositar las cáscaras y la pulpa sobrantes de sus naranjas sobre una antigua zona de pastos degradados, incapaz de regenerarse por sí sola. Así, durante apenas un año, alrededor de 1.000 camiones descargaron unas 12.000 toneladas de residuos sobre tres hectáreas de terreno prácticamente estéril.

De escándalo ambiental a proyecto olvidado. Lo cierto es que el plan apenas tuvo tiempo de despegar. Una empresa rival, TicoFruit, denunció que aquellas montañas de residuos estaban contaminando un parque nacional y llevó el caso hasta el Tribunal Supremo de Costa Rica. 

La justicia dictaminó y le dio la razón, el experimento fue cancelado y el lugar quedó abandonado. De hecho, durante quince años nadie volvió a estudiar seriamente aquella parcela, convertida para muchos en un ejemplo de lo que nunca debía hacerse.

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Las toneladas de naranja esparcidas

No daban crédito. Todo cambió cuando el investigador Timothy Treuer decidió regresar en el año 2013 para comprobar qué había ocurrido con aquel “desierto”. Se encontró con una sorpresa totalmente inesperada. La parcela era tan distinta que apenas consiguió localizarla porque la vegetación había engullido incluso el enorme cartel amarillo que señalaba el experimento junto a la carretera. 

Dicho de otra forma, donde antes había roca, hierba seca y suelo degradado ahora había un bosque tan denso que abrirse paso requería atravesar muros de lianas y maleza.

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El secreto está en la cáscara. Tras Treuer llegaron otros investigadores. Las mediciones posteriores confirmaron que, efectivamente, la transformación no era una simple impresión visual. 

Al contrario, el suelo era ahora mucho más rico en nutrientes, el dosel forestal se había cerrado, había aparecido una mayor diversidad de especies y la biomasa de los árboles había aumentado un 176 % respecto a una parcela vecina que nunca recibió residuos. En apenas seis meses, aquellas montañas de cáscaras se habían convertido en un suelo negro y fértil, creando las condiciones para que el bosque tropical recuperara un terreno que llevaba años bloqueado ecológicamente.

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Tres imágenes que muestran el espectacular proceso que se dio

Una receta y un misterio. Lo cierto es que los propios investigadores reconocen que todavía no saben con precisión qué mecanismo desencadenó una recuperación tan espectacular. Su principal hipótesis es que las cáscaras enriquecieron un suelo extremadamente empobrecido mientras sofocaban las gramíneas invasoras que impedían crecer a los árboles jóvenes. 

Lo más probable es que la combinación de ambos procesos actuara como un catalizador que aceleró una regeneración que, de forma natural, habría necesitado mucho más tiempo.

Una lección sobre residuos y naturaleza. En la actualidad, el caso se ha convertido en uno de los ejemplos más llamativos de restauración ecológica mediante residuos agrícolas. Además de resolver parcialmente el problema de qué hacer con miles de toneladas de desechos orgánicos como el de las cáscaras de naranja, el nuevo bosque comenzó a capturar carbono, recuperar biodiversidad y devolver la vida a un paisaje degradado sin recurrir a costosas plantaciones. 

Los investigadores insisten en que no se trata de arrojar residuos sin control sobre espacios protegidos, sino más bien de diseñar experimentos cuidadosamente planificados que permitan convertir un problema industrial en una oportunidad para restaurar ecosistemas.

Imagen | Daniel Janzen & Winnie Hallwachs

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