Las series coreanas comenzaron a despertar en la puertorriqueña Alondra Enid González Delgado un interés mucho mayor que la de una trama de romance o intriga. Por encima de los diálogos de los actores, quedaba fascinada con los paisajes naturales y monumentos históricos que veía en las vistosas producciones.
La admiración comenzó durante la pandemia por el Covid-19, cuando el encierro impuesto llevó a que las plataformas de “streaming” tomaran protagonismo. “No teníamos muchas cosas qué hacer y en casa un día nos dio con ver dramas coreanos. Empezó mami. Después yo me senté a verlas con ella, y el resto es historia. Empecé a interesarme en su cultura, en todo el contenido de Corea, películas, dramas, música”, rememoró la estudiante de 27 años, quien en agosto del año pasado comenzó un programa de idioma coreano en Sejong University.
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El trato cortés no le ha faltado en la capital de Corea del Sur. Pero la naturalidad para hacer amigos ha sido distinta a la que distingue al boricua incluso en dinámicas con desconocidos. Además, dentro del proceso de conocer su gastronomía, no falta que por momentos extrañe la buena sazón de un arroz blanco con habichuelas guisadas, y chuletas fritas con amarillos. Aun así, la fascinación por emprender una nueva vida en una tierra con palacios imperiales milenarios y montañas imponentes sigue pesando para la joven natural de Juncos.
La primera vez que se aventuró a conocer país asiático fue en 2023 a través de un recorrido turístico. Sus padres la ayudaron a completar el dinero para lograr su sueño. “Eso me cambió la vida”, dijo sobre el viaje que requirió escalas en Nueva York y Turquía. “Estaba supercansada porque esos vuelos son matadores. Pero yo me enamoré de Corea del Sur de inmediato. Yo dije ‘yo tengo que hacer algo y tengo que regresar’, y como que visualicé un futuro mío aquí. Siempre me sentí bien aquí”, prosiguió en conversación con Primera Hora con 13 horas de diferencia.
El verdor de varios escenarios naturales la hicieron sentirse a gusto. “Tan pronto llegamos a Corea, vi por la ventana tantas montañas y tanta vegetación. Eso inmediatamente me recordó a Puerto Rico. Pude ver que Corea y Puerto Rico se parecen mucho en eso. Desde ese momento yo me sentí como en casa. Es un sentimiento bien, bien surreal”.
Casi tres semanas de turismo abonaron a considerar la posibilidad de establecerse en la ciudad. Quedó encantada con las atracciones que visitó, pero una en particular fue la que disfrutó más: el Palacio Gyeongbokgung, de la dinastía Joseon, construido en el siglo 14.
“Es donde vivía el rey”, dijo al hacer referencia a Taejo. “Ese palacio casi lo destruyeron completo y lo reconstruyeron. Fue una experiencia bien brutal porque yo me acuerdo que cuando veíamos muchos dramas históricos, muchas escenas se grabaron en ese palacio”. Durante su visita, Alondra quiso experimentar un ambiente de época para apropiar más la experiencia cultural.
“Recomiendan que tú te vistas de la ropa tradicional de aquí, que se llama ‘hanbok’. Yo hice eso. Todo el grupo hizo eso y fue como estar en una escena”, manifestó con marcada emoción.
La cuenta regresiva de las vacaciones le confirmaba que se trataba de un entorno del que no se quería apartar. “Yo me acuerdo que yo veía mucha gente extranjera y a veces hablábamos con ellos. Decían que eran estudiantes de universidades o que trabajaban allí. Cuando regreso a Puerto Rico, me pongo a buscar cómo estudiar en Corea. Y encontré que ellos, además de los programas de universidad, tienen unos programas de idioma nada más. Es más fácil entrar al país de esa manera porque tú consigues una visa que te permite vivir hasta dos años haciendo ese programa”, resaltó con júbilo. “Me fui y seguí investigando. Hice todos los trámites y entré a Corea para hacer ese programa de idioma”.
Un nuevo reto
Amante de las artes, Alondra cuenta con un bachillerato en Diseño de Moda de la Universidad Ana G. Mendez (UAGM). La primera vez que vivió unos meses fuera de Puerto Rico fue en 2022 cuando estudió su maestría en Ilustración en Savannah College of Art and Design Savannah, en Georgia. La ciudad estadounidense no le provocó gran interés en prolongar su estadía, contrario a Seúl, que la siguió llamando a la distancia. El idioma fue el puente para lograrlo.
“Es una mezcla de sentimientos”, respondió al hablar sobre su dinámica como estudiante. “Me está yendo muy bien porque he podido pasar de nivel a nivel sin colgarme”, celebró. De los seis, ya ha completado cinco con éxito. Su jornada es de cuatro horas diarias cinco días a la semana.
Con la alegría de un nuevo comienzo, llegaron también los desafíos de asimilar las diferencias de la cultura, como es natural.
“Vivo sola en un miniapartamento, que se llama ‘goshiwon’. Es un estilo de apartamento bien pequeño”, dijo sobre lo que suele componerse de una habitación. “Pero te incluye todo, nevera, lavadora, televisor, aire (acondicionado), baño”.
Aunque ha ganado conocimiento en el idioma, lo cierto es que todavía no lo domina a plenitud. “Me puedo defender”, aclaró. “La gente normalmente no habla en inglés. Hablan en coreano todo el tiempo, las maestras, todo el mundo. Yo solamente hablo inglés entre mis amistades, que son extranjeros. Así es como he pasado el tiempo mayormente, pero sí he practicado bastante el coreano con diferentes personas, cuando uno va a los restaurantes, al banco. En todos los lugares tú tienes que hablar coreano”.
Sus estudios siguen como una alta prioridad. “Lo estoy costeando yo con la ayuda de mis papás”, expuso, y descartó dividir tiempo para un empleo. “Al principio yo llegué aquí con todos mis ahorros, y desde que decidí seguir extendiendo el programa, solamente dependo de mis padres”, confesó. “No me he puesto a conseguir trabajo porque el programa está diseñado para que tú uses todo tu tiempo para estudiar. Tú puedes solicitar trabajo, pero eso requiere un proceso bien tedioso. Le tienes que pedir permiso a la universidad, a inmigración, y ha sido complicado”. Prefiere contar con mayor oportunidad en su agenda para aprender y cumplir con las tareas.
“No es fácil el programa, para nada. De la manera que enseñan aquí es bien rápido. Te dan un montón de información y tienes que memorizártelo y cada nivel que tú tomas, cada curso es un trimestre. Son diez semanas y cubren un montón de información, de material”.
La dinámica de transportación es un aspecto con el que se siente a gusto. “Es una de las mejores cosas en este país. Yo creo que es una de las más modernas. Puedo usar metro, pero me gusta más la guagua porque veo para afuera y así me voy memorizando las rutas, los lugares”.
A un año en Seúl, Alondra resalta la gentileza de los lugareños. “El trato hacia mí, definitivamente, ha sido muy bueno. Muy amables. Tienen mucha cortesía, mucho respeto”. Esto no quiere decir que sea fácil hacer amigos.
“Las personas coreanas son más serias y a veces se sienten más distantes. Sí tienen afecto y demuestran su afecto, pero solamente entre ellos. Ya cuando son con extranjeros como yo, ellos guardan más distancia. Y no creo que sea nada malo, ni discrimen o algo así. Yo creo que ellos se preocupan mucho por la diferencia de cultura, la diferencia del idioma”, analizó pensativa. “Y creo que por eso a veces no te hablan, por miedo. Hacer amistades no es tan simple como yo pensaba”.
Con su esencia boricua
El amor por su terruño lo repasa cuando habla con sus padres a la distancia casi todos los días. También, a través de la música como la salsa o de canciones del astro urbano Bad Bunny.
A su vez, hay aspectos de su cultura natal que lleva consigo. “Siempre vivirán en mí los modales de la gente boricua, que son diferentes a los de aquí”, sostuvo. “Aquí no dicen nada cada vez que alguien estornuda. Aquí no dicen ‘buen provecho’ como en Puerto Rico. No te dan el paso o te dejan la puerta abierta cuando uno entra a los edificios o algún otro lugar. Y también, la amabilidad y cariño del puertorriqueño… Aunque buena gente, a veces la gente aquí puede ser muy fría, hasta los demás extranjeros, y se les olvida disfrutar más de la vida”.
La comida criolla la echa de menos con frecuencia. “Aquí es muchos vegetales. Usualmente, ellos les echan mucha azúcar a las comidas. Ellos tienen un plato que se llama ‘bulgogi’, que es como si fuera un bistec bien finito. Te lo sirven con cebolla y eso, pero eso es dulce, bien dulce”, enfatizó. “A veces la comida es bien picante, extremadamente picante. Y si no es nada de esas cosas, es totalmente soso”.
A través de un supermercado internacional ha logrado conseguir ingredientes para preparar algunos de sus platos favoritos. “He podido hacer habichuelas guisadas, pollo guisado. Una vez hice hasta masa de pastelillo porque los estaba extrañando”, confesó sobre una de sus frituras favoritas. “También, llegué a hacer coquito”.
Presumir la grandeza de su tierra natal forma parte de su agenda dondequiera. “Aquí, lamentablemente, no conocen a Puerto Rico y yo tengo que explicar. A veces se quedan igual. Hay algunas personas que me dicen ‘ah, sí, la pelota’. Yo sé que en el juego de la pelota, Puerto Rico es famoso”.
El clima también tiene un ritmo diferente al de su isla. “Es bien impredecible”, afirmó. “Se marcan bien todas las estaciones del año. Puedo decirte que en verano el calor se siente como de Puerto Rico, pero el invierno es súper frío y seco, lo cual me impactó mucho. A veces nieva. Nunca había vivido un invierno así. Las demás estaciones son bastante frescas y cómodas”.
A pesar de lo que echa de menos, confesó que por ahora no siente afán por regresar. “No me ha dado ‘homesick’ como yo pensaba. Viviendo en Estados Unidos me dio las primeras semanas. Eso fue horrible. Pero aquí no tengo mucha nostalgia porque me siento en casa, me siento bien”.
Alondra reiteró su determinación de continuar viviendo en Seúl a largo plazo. Entre sus anhelos inmediatos, está realizar otra maestría en un programa de diseño gráfico. Y eventualmente, ganarse la vida con su preparación como artista.
“Lo más que yo quiero hacer en mi carrera es trabajar como ilustradora”, reveló enfática. Entre sus logros recientes, relató con orgullo ser una de las ganadoras de un concurso de dibujo en la universidad. “Fue en honor al Rey Sejong, el rey que inventó el alfabeto que se utiliza hoy en día en Corea, el hangul”, detalló con ilusión. “No importa donde esté en el mundo, siempre buscaré la forma de hacer arte”.
