Elon Musk ha vuelto al estrado del juzgado de Oakland, en California, en su cruzada judicial contra OpenAI, la empresa de inteligencia artificial que cofundó junto a Sam Altman. Un día después de contar cómo fueron sus inicios en la tecnológica y de alertar de los peligros de esta —en su primera intervención aseguró que tenía una “preocupación extrema” con la IA” y que “podría matarnos a todos”—, este miércoles se ha centrado en explicar por qué salió de la empresa y en responder, en no muy buen tono, a las preguntas de los abogados de OpenAI. Esta vez Altman sí ha estado presente en la sala, sin mover un músculo, con una pequeña libreta en la mano. También ha salido a relucir la estrecha relación de Musk con el presidente de EE UU, Donald Trump. El jueves se retomará la declaración.
Durante más de cinco horas, el magnate ha declarado en una sala llena de curiosos y periodistas. Una de sus primeras frases ha sido que la tecnológica quiere “tener el pastel y también comérselo”, una frase hecha en inglés para referirse a que lo quiere todo, es decir, ser a la vez una empresa con ánimo de lucro que saque dinero y una asociación benéfica. Ese es el epicentro de la batalla legal de Musk: él afirma que creó OpenAI con la intención de que esta fuera una entidad no lucrativa y de ayuda a la humanidad, pero que Altman ha cambiado su estructura empresarial y se ha enriquecido con ella. Por eso, Musk exige una compensación de 150.000 millones de dólares (casi 130.000 millones de euros) que afirma donará a entidades benéficas, aunque no ha concretado más. Altman y los suyos lo niegan y afirman que Musk era más que consciente de ese cambio estructural y que esta es una maniobra empresarial en su favor.
En la declaración han salido a relucir los correos —amables primero, más subidos de tono después— que, durante años, se mandaron Musk, Altman y Greg Brockman, el otro cofundador y ahora presidente de OpenAI. El hombre más rico del mundo ha mostrado cómo, en ese intercambio, él siempre se opuso a que la tecnológica pasara a ser una empresa con ánimo de lucro; solo quería que fuera “buena para los seres humanos”. Según él, siempre evitó la búsqueda de beneficio, porque era “una decisión muy mala” y él se veía como la persona que debía impedirlo.
Pero en su turno de preguntas, el abogado de OpenAI, William Savitt, también le ha mostrado otra serie de correos donde hablaba de crear una empresa que él mismo controlaría. También le ha sacado a relucir las reuniones que tuvo con Altman, Brockman y Shivon Zilis, una de sus manos derechas en OpenAI y Neurolink, además de madre de varios de sus hijos. La empresa afirma que Musk realizó movimientos y tuvo encuentros para convertir a OpenAI en una entidad con beneficios. Él ha asegurado que eso es falso. Ante el abogado de OpenAI, Musk ha cambiado el tono. “Sus preguntas no son simples. Sus preguntas están diseñadas para ponerme a prueba, básicamente”, ha dicho con enfado, para luego contestar solo con monosílabos. La juez ha llegado a pedirles “calma”.
“Fui un idiota que les proporcionó financiación gratuita para crear una start up”.
Elon Musk, en el juicio de OpenAI
Musk se ha pintado a sí mismo como un buen tipo, en ocasiones ingenuo, alguien que ha sido engañado. “Fui un idiota que les proporcionó financiación gratuita para crear una start-up”, ha dicho. “Les di 38 millones de dólares de financiación prácticamente gratuita para crear lo que acabaría convirtiéndose en una empresa valorada en 800.000 millones de dólares”.
También ha reconocido que “es posible” que llamara a alguien de la empresa “imbécil” (“jackass”), pero que él nunca pierde las formas ni grita a nadie: “A veces tienes que usar un lenguaje que saque a la gente de su zona de confort”. Sin embargo, ha alzado la voz cuando, a media mañana, ha llegado el turno de Savitt, el abogado de la parte contraria. “¡Sin mí, OpenAI no existiría!”, ha clamado al ser preguntado sobre su contribución económica, relativamente modesta, al desarrollo de esa tecnología. ”¡Contribuí con mi reputación! Todas esas cosas tienen valor".
Al final de la sesión, el abogado ha hablado ante el jurado de la estrecha unión entre el millonario y el presidente Donald Trump, para quien ha sido consejero en cuestiones de inteligencia artificial.
Tras la salida de Musk, OpenAI floreció en popularidad como en millones: hoy su valor se estima en unos 840.000 millones de dólares, y prepara su salida a Bolsa. Musk sigue insistiendo en que esa no era su finalidad, y por eso hace dos años decidió demandarla, así como a Microsoft, su principal socio ahora, que para 2022 había invertido unos 10.000 millones de dólares en esta tecnología. “No van a poner 10.000 millones en nada, a no ser que tengan un retorno enorme”, ha afirmado Musk sobre el gigante tecnológico. De hecho, tras esa inversión, Altman le ofreció volver a participar en la empresa, y él se negó, afirmando que para entonces había “perdido la confianza” en su exsocio: “Francamente, parecía un soborno”.
En su denuncia, igual que en este juicio, ha hablado de los peligros de que una organización sin ánimo de lucro se transforme en empresa privada y del precedente que eso puede sentar, así como de los riesgos de que esta tecnología recaiga en pocas manos. Pero el propio Musk tiene intereses más allá del bien de la humanidad: su propia empresa de inteligencia artificial, xAI, que hace un par de meses fusionó con SpaceX. Ambas han pasado a estar valoradas en 1,25 billones de dólares.
Lastrar el desarrollo de OpenAI, de la que ha tenido que reconocer ante el jurado que es “técnicamente un competidor”, puede ayudar a que su propia empresa floreciera más fuerte y más rápido. Musk fundó xAI con todo el ánimo de lucro, aunque él afirma que esa no es la cuestión, sino el cambio de un modelo a otro.
De hecho, uno de los principales argumentos de OpenAI contra Musk es la tardanza con la que llega la denuncia. Esta no coincidió con el cambio de naturaleza de la empresa, que ha sido paulatino. En 2019 OpenAI Inc (sin ánimo de lucro) creó OpenAI LP (con ánimo de lucro). La ONG original seguía controlando la empresa y la búsqueda de lucro estaba limitada. Pero esto se fue matizando con sucesivas reestructuraciones y la entrada de socios como Microsoft. Su giro estructural para ganar dinero terminó de cristalizar el año pasado. En paralelo y mientras OpenAI se iba convirtiendo en una empresa tradicional, Musk intentó hacerse con su control dos veces, en 2018 y 2025. Llegó a pedir una moratoria global en la investigación de esta tecnología, azuzando los temores de la ciudadanía y los gobernantes. Esta alcanzó una valoración de 500.000 millones de dólares, convirtiéndose en la start-up más valiosa del mundo, superando a SpaceX de Musk. Y este fundó xAI.
Él ha asegurado que habría denunciado antes si hubiera “sabido que robaban a la caridad”. Y le ha preguntado a la jueza: “Con el debido respeto, ¿de verdad quieren que Microsoft controle toda la superinteligencia digital?“.
Además del creador de SpaceX, pasarán por el estrado testigos como el propio Sam Altman; el presidente ejecutivo de Microsoft, Satya Nadella; la exresponsable de tecnología de OpenAI, Mira Murati; la ingeniera robótica Tasha McCauley, que fue parte de la junta de la empresa y trató de destituir a Altman; y quien fue ejecutiva de Neuralink (empresa de neurotecnologías de Musk) y parte de la junta de OpenAI, Shivon Zilis. El jueves, la vista se retomará con Musk volviendo al estrado para terminar su duelo dialéctico contra el abogado Savitt. Después, se espera que declare uno de sus abogados.
La jueza del caso, Yvonne Gonzalez Rogers, de 61 años y experimentada en litigios tecnológicos, está tratando de mantener un bajo perfil mediático, algo casi imposible. Antes de empezar la vista del miércoles, ha reñido a una de las presentes por tomar fotos el día anterior, pues está prohibido, y también le ha exigido a Musk que publique lo menos posible en la red social X.
