
En medio de la guerra en Ucrania y crecientes sospechas de amenazas internas y externas, Vladimir Putin ha endurecido su reclusión y reforzado los protocolos de seguridad a su alrededor. Desde el inicio de 2024, el presidente de Rusia ha restringido todavía más sus apariciones públicas, limitando sus movimientos y centralizando el mando militar desde bunkers subterráneos. Este fenómeno revela tanto una preocupación por su integridad física como una marcada desconexión con los asuntos civiles del país, según información recabada por el medio Financial Times en Moscú y fuentes cercanas a servicios de inteligencia europeos.
El temor a un atentado —particularmente mediante drones— se intensificó tras la operación ucraniana “Spiderweb”, en la que aparatos no tripulados atacaron aeródromos rusos incluso más allá del Círculo Polar ártico, explicó una de las personas consultadas por Financial Times. Este episodio, ampliamente recordado en el círculo cercano del presidente, coincidió con la creciente inquietud del Kremlin ante la posibilidad de un golpe de Estado u otro intento de magnicidio.
En los últimos meses, la vigilancia sobre Putin se ha hecho más estricta. Tanto él como su familia han dejado de acudir a sus residencias habituales en la región de Moscú y en Valdai, noroccidente ruso, pasando largos periodos en instalaciones seguras, especialmente en la región de Krasnodar. Mientras tanto, la televisión estatal recurre con mayor frecuencia a material pregrabado para proyectar una sensación de normalidad, reafirmando la percepción de que el mandatario permanece apartado de la vida cotidiana.
Medidas drásticas afectan incluso al entorno más inmediato del presidente. Cocineros, fotógrafos y escoltas tienen prohibido utilizar transporte público y dispositivos con acceso a internet o telefonía móvil en presencia del mandatario. Además, se han instalado sistemas de vigilancia en sus domicilios particulares, describió una fuente cercana a los servicios de inteligencia europeos al Financial Times.
El operativo de seguridad ha escalado hasta involucrar patrullajes caninos y controles exhaustivos realizados por el Servicio Federal de Protección (FSO) a lo largo del río Moscova, con el cometido específico de responder ante potenciales ataques con drones. En paralelo, recientes apagones de internet en Moscú estarían, al menos en parte, relacionados con la protección presidencial frente a amenazas tecnológicas, según testigos consultados en Rusia que conocen los movimientos de Putin.
En los últimos doce meses, el presidente ruso ha relegado cada vez más los problemas domésticos para concentrarse en la guerra. Dos testigos que mantienen contacto frecuente con él aseguran que ahora dedica el “70 % de su tiempo a conducir las operaciones militares y solo el 30 % a asuntos internos o relaciones bilaterales como con el presidente de Indonesia o la economía”, relató una de las fuentes. Agregó que la única manera de obtener su atención es mostrar resultados directos sobre el conflicto.
Este cambio en las prioridades se refleja también en su agenda pública. Hasta fines de abril de 2024, Putin solo había hecho dos apariciones presenciales, incluida una visita a una escuela de gimnasia rítmica en San Petersburgo, que quedó documentada en un video institucional donde se lo observa brevemente interactuando con un grupo de alumnas. En contraste, solo en 2025 realizó al menos diecisiete actos y, el año anterior, encabezó recorridos en la región de Kursk —fronteriza con Ucrania— y en distintas sedes militares, donde fue visto de uniforme en al menos cinco ocasiones.
La pregunta de qué cambios concretos implica este aislamiento sostenido encuentra respuesta en el círculo de seguridad y en la población. Dentro del Kremlin, la preocupación por la protección se expandió tras el asesinato del teniente general Fanil Sarvarov, el más reciente de varios oficiales rusos caídos en acciones relacionadas con Ucrania, de acuerdo con lo que el Financial Times reconstruyó a partir de fuentes próximas a los servicios europeos de inteligencia.
En una reunión privada a fines de 2023, alto mando del FSB como Alexander Bortnikov atribuyó la falta de seguridad al ministerio de Defensa, quien carece de fuerzas especializadas para custodiar altos funcionarios, mientras Viktor Zolotov, comandante de la Guardia Nacional y exescolta personal de Putin, descartó responsabilidades por “falta de recursos”.
Frente a la escalada de tensiones, el presidente ordenó que el FSO se encargue de la protección de diez generales de alta graduación, entre ellos tres colaboradores directos de Valery Gerasimov, el jefe del Estado Mayor ruso, hasta el momento el único militar bajo resguardo tan estricto.
El distanciamiento del presidente se refleja también en sus índices de aprobación. Encuestas de organismos estatales e independientes citadas por Financial Times muestran que los niveles de apoyo a Putin han descendido a su punto más bajo desde el otoño de 2022, periodo en que decretó la movilización parcial que provocó la huida masiva de jóvenes del país.
El malestar público ha comenzado a evidenciarse en redes sociales, con usuarios y figuras influyentes criticando las restricciones en internet, los gravámenes que afectan a pequeñas empresas y los sacrificios masivos de ganado en Siberia. La figura más llamativa de esta ola de protestas virtuales ha sido Viktoria Bonya, influyente bloguera residente en Mónaco, quien en una intervención de dieciocho minutos dirigida a Putin el mes pasado expresó que “la gente le tiene miedo”. El video superó 1,5 millones de reacciones, lo que forzó al Kremlin a reconocer públicamente su existencia.
Por primera vez, tras el discurso de Bonya, el jefe del Estado abordó en público el tema de la censura digital, pidió a los funcionarios “informar a los ciudadanos” y les instó a “no centrarse exclusivamente en prohibiciones”.
Según la analista política Farida Rustamova, fundadora de la newsletter independiente Vlast, uno de los cambios recientes en la estrategia de comunicación oficial es el regreso de gestos destinados a humanizar la figura presidencial: “Una señal inequívoca de que Putin está preocupado por la caída de su popularidad: vuelve a besar públicamente a niños”, afirmó la especialista a Financial Times, aludiendo a episodios anteriores como el beso en el abdomen a un niño en 2006.
Tatiana Stanovaya, investigadora principal del Carnegie Russia Eurasia Center, considera que “la distancia entre lo que Putin está dispuesto a abordar y lo que se espera de él es cada vez mayor”, una diferencia que parece destinada a profundizarse. En sus palabras, los “estallidos de descontento de la población solo serán más frecuentes”.
Todo el operativo de resguardo, la centralidad militarista y la presencia episódica de Putin en la escena doméstica marcan una nueva fase del gobierno ruso, definida por el recurso a la seguridad extrema, la comunicación selectiva y un alejamiento inédito de la sociedad civil.