En el relato que circula sobre su vida consta que hubo que trabajar duro para convencer a Ali Farka Touré, uno de los músicos más importantes de Malí y de África Occidental, de que permitiera a su hijo seguir sus pasos y convertirse en músico. Al parecer, fue el célebre intérprete de la kora Toumani Diabaté quien finalmente lo logró, porque conocía las virtudes artísticas del chico. Así, en la estela de estos apellidos mayores que vibran con la música maliense, Vieux Farka Touré (Niafunké, Malí, 44 años) arrancaba su carrera cuando su padre fallecía, en 2006.
Uno de los hijos menores del gran bluesman del desierto —el único que se ha dedicado a la música, entre 12 hermanos y hermanas— lleva como apodo ese Vieux (viejo), que le debe a su abuelo, ya que comparten nombre de pila: Bureima (o Ibrahima). Primero fue percusionista, aunque de tocar inicialmente la tradicional calabaza pasó a la guitarra, el instrumento en el que se sostiene esa música de los Farka que le ha llevado a grabar una decena de álbumes, entre los propios y las incontables colaboraciones internacionales, como la que se ha dado a conocer, recientemente, con los norteamericanos de Dirtwire (United) para Sunrise Studios Collective, en fusión con la electrónica contemporánea. O a llamar la atención en escaparates como The New York Times, que reseñaba su segundo LP, Fondo (2009), destacándolo como el trabajo de un artista claramente diferente a su padre, ya que Vieux abrazaba el funk y otras músicas globales.
Este hijo de un griot —narrador y depositario de la memoria colectiva— de la etnia songhaï y de una madre de linaje bambara sigue viviendo en Bamako, la capital de su país, una ciudad que se organiza en torno a las imponentes curvas del río Níger, al igual que su lugar natal, Niafunké, en el norte, en la hoy castigada región de Tombuctú. En su país cultiva los ritmos que se esperan de él, desde allí se irradia a todos los grandes festivales de músicas del mundo y ahí es donde quiere seguir haciendo trabajo social, a través de la Fundación Ali Farka Touré que él mismo preside.
No es agradable asumir todo lo que está pasando, pero intentamos aguantar
La fundación acaba de celebrar en marzo su evento anual, el Festival Ali Farka Touré, con la consigna “Ali, 20 años de herencia viva”, para conmemorar el vigésimo aniversario de su muerte. Hoy, con las regiones del norte asoladas por las milicias yihadistas que impiden expresiones como la música, y en un país donde el pasado fin de semana fuerzas rebeldes desafiaron a la Junta militar con un ataque coordinado que acabó, entre otras, con la vida del ministro de Defensa, ese escenario de la capital se ha mantenido como “territorio de libertad para los artistas de todos los pueblos malienses”. Así lo señalaba el guitarrista en un encuentro celebrado hace unos meses, a las puertas del desierto, en M’hamid el Ghizlane, un oasis marroquí en el que cada año se celebra el Festival Zamane.
Ante la pregunta obligada, frente a las noticias que llegan sobre el cerco de violencia que se sufre Malí, Vieux menciona que hay “demasiados problemas” en el país, sin dejar de sonar esperanzado: “No es agradable asumir todo lo que está pasando, pero intentamos aguantar”.
La solidez de una infancia tranquila en aquella Tombuctú que parece tan lejana le ayuda a soportar la actual conflictividad en el Sahel. Con la aceptación que seguramente otorga la espiritualidad, sostiene que “solo se puede esperar, en calma, que tanto el Gobierno como la población hagan frente” a toda la violencia. Él anhela que Malí “vuelva a ser lo que era, con toda su diversidad”, lo que deja implícita una solución que incluya a todas las etnias de su país, ya que algunas de esas comunidades tienen aún muy presentes los enconos históricos y luchas separatistas.
El peso del padre
Nombrar a la familia de este músico remite de forma inmediata al patriarca de los Farka Touré, un peso que el artista considera una bendición. “Tener un padre así es un placer… Saber que tu padre ha hecho mucho, que es muy grande y que ha aportado algo al mundo no puede ser otra cosa que un orgullo”, dice Farka Touré hijo con una sonrisa. Rememora, sin embargo, la “complicación de la primera juventud”, con su padre “ahí”, situado en el mismo sitio al que “tienes que llegar”. Hay que tener “el valor y la fuerza para luchar tú también por estar en ese lugar”, expresa. Reconoce que, aunque lo homenajeó musicalmente, también introdujo algunos cambios, “sobre todo al principio”.
Seguir los pasos de su progenitor significó, además, adentrarse en su “lado humanitario”, porque siempre luchó por el bienestar de sus compatriotas, “especialmente en Niafunké”, su tierra. Dice Vieux que, por eso se hizo cargo de la fundación, en la cual ejerce la presidencia y con cuyo equipo organiza el festival . En ese escenario, comenta, programan a músicos de todos los rincones de Malí, pero, sobre todo, “gente que viene del Norte, que son quienes no pueden expresarse allí… músicos de Kidal, de Gao, de Tombuctú, de Niafunké, justamente quienes no tienen permitido practicar la música en su tierra”. Así, en Bamako pueden “tocar, mostrarse y tener otra vida”. Aclara que el festival es gratuito para un público predominantemente local.
Tener un padre así es un placer… Saber que tu padre ha hecho mucho, que es muy grande y que ha aportado algo al mundo no puede ser otra cosa que un orgullo
La financiación proviene, según el músico, de “un puñado de personas”, además de lo que recaudan durante todo el año en las giras, las ventas de discos y otros materiales promocionales. “Nuestro padrino es Nick Gold, que fue el productor de mi padre”, dice. E indica que, cuando acaba el festival, durante el resto del año, participa en las actividades humanitarias de “la asociación Amahrec Sahel, que destina los fondos recaudados a escuelas y hospitales malienses".
De ese lado social que conoce a través de la misión heredada de su padre hablan buena parte de las canciones que compone: “Me gustaría que la gente viviera en cohesión”, expresa, pero advierte que, “ahora mismo, la paz ha desaparecido incluso de los corazones de personas necesitadas, que solo buscan comida y no guerra” pero se cruzan en su camino con quienes “financian los conflictos para hacer sus negocios y el dinero de los terroristas”. Por eso “hay que buscar la paz, para volver a instalarla en las personas”, concluye.
