La música puede despertar recuerdos, emociones y sensaciones que parecían olvidadas. Una melodía alcanza para transportar a una persona a una etapa de su vida, a un vínculo o incluso a una herida emocional que todavía no logró cerrar. Sobre ese fenómeno reflexionó en diálogo con LA NACION el psicólogo clínico Maximiliano McCoubrey (MP 52229), especialista en traumas complejos, abuso emocional y narcisismo patológico, quien además lleva esa mirada a escena en el espectáculo Somos lo que cantamos, una propuesta que combina psicología, música y teatro.
Para el especialista con más de 25 años de experiencia, el poder de la música está relacionado con la manera en la que impacta en la mente y en el cuerpo. “Una canción puede activar una memoria emocional antes de que podamos explicarla. A veces no recordamos primero la escena, sino que aparece primero la sensación. Y de pronto estamos otra vez ahí”, afirmó.
Según detalló, las canciones suelen quedar asociadas a vínculos, etapas de la vida y experiencias personales. “La música organiza recuerdos, vínculos, épocas. Nos devuelve algo de lo que fuimos en un momento determinado. Por eso una canción no es solo una canción, muchas veces es una dirección afectiva”, expresó.
Además, remarcó que el efecto emocional de la música muchas veces ocurre de manera inconsciente. “La música tiene algo muy particular: es simbólica, pero también es física. Impacta directamente en el cuerpo. Opera muchas veces de manera inconsciente”, señaló.
A partir de allí, planteó que determinadas melodías pueden transformarse en una especie de portal emocional hacia situaciones todavía no resueltas. “Nos lleva a donde en algún momento estuvimos. No es casual que hablemos de resonar, de recordar, de que algo ‘vuelve a sonar’. Son formas de decir que la música reactiva experiencias que siguen vivas en nosotros. Por eso una canción puede ser un vínculo, una escena, una etapa… y también una puerta de acceso a algo que todavía no terminamos de procesar”, explicó.
En un contexto en el que muchas personas sienten dificultades para conectar con sus emociones, McCoubrey consideró que una canción puede convertirse en una herramienta poderosa para acceder a aquello que se evita o no logra nombrarse. “La música muchas veces llega donde la palabra todavía no puede entrar. Hay emociones que no aparecen cuando las buscamos de frente, pero sí cuando una canción abre una puerta”, indicó.
A modo de ejemplo, explicó que muchas veces las reacciones emocionales aparecen de forma espontánea frente a una melodía determinada. “A veces uno no puede decir ‘estoy triste’, pero escucha un tema y se quiebra. O no sabía que extrañaba algo hasta que aparece una melodía. La música puede funcionar como un puente entre lo que sentimos y lo que todavía no pudimos nombrar”, detalló.
“Y también hay algo interesante: no toda la música hace lo mismo. Hay música que tiene poesía, que tiene retórica, que abre sentido. Y hay otra música que es más directa, más corporal, casi presilábica, onomatopéyica —como decimos en la obra—: pum pum pum, tiki tiki, tan tan, tucutún“, indicó.
Para el psicólogo, revisar las canciones con las que una persona se identifica también puede convertirse en un ejercicio de autoconocimiento. “Hay música para todos los estados. Pero si alguien quiere trabajar con sus emociones, con su biografía, con su historia, mirar su playlist interna es un camino muy potente; porque ahí está algo de lo vivido y también algo de lo que todavía falta elaborar”, afirmó.
Para el especialista, además de recordar la música vieja que escuchamos, es sumamente importante prestar atención a qué música nueva recopilamos. “No es solo mirar hacia atrás. También es aprender a cantar canciones nuevas. Porque eso conecta con el futuro. Con la posibilidad de actualizar la propia historia. Como decimos en la obra: ‘¿Qué es la vejez, en términos metafóricos, sino la incapacidad para actualizar la propia playlist?’. La música no solo nos conecta con lo que fuimos. También nos abre la posibilidad de transformarlo“, concluyó.
