Al principio fue el conejo. Cuenta la leyenda que se inspiró en una foto suya de niño en la que salía disfrazado de conejo blanco y con cara de pillo, y que de ahí sacó lo de Bad Bunny, así, en inglés, conejo malo, nombre que remite a un icono de los albores de la cultura de masas, Bugs Bunny, quizá el dibujo animado más grande de todos los tiempos junto a Mickey Mouse, burlón y desafiante.
Después, progresivamente a lo largo de sus 10 años de carrera, Bad Bunny ha ido cambiando, madurando, y el seudónimo ha ido dejando cada vez más espacio a su nombre propio, Benito, que a estas alturas casi se ha comido al nombre artístico y ha adquirido un sentido como de nombre de guerra.
Pero ¿cuál guerra?
Vanessa Díaz lo llama “su misión”.
—¿Qué misión?
—Enseñar la realidad de su país.

La profesora atiende la llamada desde su despacho de la Universidad Loyola Marymount, en Los Ángeles, donde imparte una asignatura sobre Bad Bunny. “Lo he estudiado desde sus inicios y ha sido consistente en su conciencia política, solo que con los años ha aprendido y refinado su discurso”, dice.
—¿Y esa conciencia viene de su familia?
—Yo pienso que es generacional, que viene de la específica vivencia colonial de su generación, desde los noventa hasta ahora.
Coautora con Petra R. Rivera-Rideau de PFKNR. Bad Bunny y la música como un acto de resistencia (Libros Cúpula), Díaz resume tres décadas de crisis de deuda, recortes en servicios públicos, pérdida de soberanía fiscal a manos de Washington, una infraestructura eléctrica cochambrosa, desempleo, una fortísima nueva ola migratoria y la puntilla del huracán María en 2017, que arrasó la isla y dejó miles de muertos y a un país en shock ante la nula reacción de la administración local y el abandono de Estados Unidos. Justo ahí Bad Bunny llevaba un año asomando y Trump un año mandando.
Trump & Bad Bunny, Bad Bunny & Trump.
Dos acontecimientos sincrónicos y complementarios: la destrucción y el amor, el defensor de la dignidad popular y el Gran Humillador, el bully universal.
Desde Miami coge el teléfono Jesús López, un nombre discreto para un power player que gobierna la música desde un despacho soleado, y espeta: “Ha contratado al mejor director de marketing del mundo, Donald Trump”.
Trump se enojó cuando anunciaron que Bad Bunny protagonizaría la Super Bowl 2026, y tras el show, en el que este desplegó todo su arsenal simbólico de orgullo latino, sentenció: “Es una ofensa a la grandeza de EE UU”.
El CEO de Universal Music Latinoamérica lo llama “el rey del género”, y por género se entiende aquí música urbana, que hoy en día ya es decir pop, como el propio Bad Bunny demuestra en una canción autoproclamándose “rey del pop”.

López lo llama rey y dice que es Trump quien le ha puesto la corona.
A su juicio, su confrontación con Trump ha sido el segundo momento clave de su carrera. El primero dice que fue, una década atrás, cuando arrancaba, “lo bien que leyó la nacionalización de los charts”, es decir, la tendencia hacia lo local que se empezaba a apoderar de las listas de éxito por aquel entonces.
“Fue de los primeros en agarrar esa onda e hizo todo lo contrario al american dream: reivindicó lo suyo, Puerto Rico. Y justo ahí”, añade López, “su jugada maestra fue hacer el álbum Oasis con Balvin, que era el número uno”.
Escribir de Bad Bunny es una continua y arbitraria toma de decisiones narrativas, porque lo suyo tiene tal densidad simbólica, es tan desbordante, que a cada paso ofrece diversos ramales temáticos igual de relevantes.
Por ejemplo, siguiendo a López podríamos elegir entre dos anchas veredas, la geopolítica —o Bad Bunny y la reacción vernacularista a la globalización— o la empresarial, Bad Bunny como oráculo de la industria musical, sagaz en sus alianzas y capaz de romper con el predominio de las discográficas. Nunca ha estado en una major y ha impulsado un sello independiente, Rimas, que fundó con Noah Assad y ha crecido tan rápido y furioso que ha acabado asociándose con Sony para la distribución.
Por la vereda de lo vernáculo podemos —y debemos— tomar el desvío a lo que es la madre del cordero: nuestra lengua o, más precisamente, la lengua materna de Benito Antonio Martínez Ocasio, Vega Baja, PR, 32 años.

Su lengua: el boricua, el puertorriqueño.
Benito es el motor de un brutal fenómeno de orgullo idiomático. El español de Puerto Rico ha plantado cara al inglés, la lengua del imperio.
“Él ha introducido un disloque en la hegemonía anglohablante”, opina desde su casa de San Juan la lexicógrafa Maia Sherwood, autora de El ABC de DtMF, un diccionario de DeBÍ TiRAR MáS FOToS, su último y apoteósico álbum.
“Llega y ocupa los grandes espacios mediáticos en inglés, ocupa su territorio en español, planta su bandera lingüística y cultural y se posiciona como un igual con los entrevistadores, que incluso acaban hablando algo de español. Normaliza el espacio interlingüístico propio del boricua, entre el español y el inglés. Y el mercado se adapta a él en tal medida que hasta un espacio tan emblemático y anglo como la Super Bowl se abre a un artista de habla hispana, y que no habla cualquier español sino el español de Puerto Rico: es el español de la colonia penetrando en el imperio; no el español de España con su bagaje cultural e histórico ni el de México con toda su potencia demográfica, es el español de Puerto Rico el que ha alterado el orden. Y lo hizo con picardía, llamándolo Supertazón al Super Bowl. ¡Nadie aquí diría Supertazón!”.
El impacto político-lingüístico fue enorme, hasta institucional. Unos días después de la actuación, la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española emitía una resolución reconociendo de manera oficial “la destacada labor de Bad Bunny por su aportación a la difusión global de la lengua española”.

En una entrevista en 2021 con El País Semanal, al hilo del tema el cantante decía: “Hay que romper eso de que los gringos son dioses… No, papi”.
Desde Madrid, Amanda Mars, que hizo aquella entrevista en Los Ángeles, lo recuerda como “un niño listo, muy seguro de sí mismo, alegre y desenfadado”. Lo vio en forma. El artista le dijo que se cuidaba de no comer demasiada pizza, su debilidad. También le habló de su bache de 2018. Después de dos años de explosión artística que lo alienaron de la vida corriente, se paró y dijo:
¿Quién soy?
¿Qué está pasando?
Escribió Mars: “En plena oleada de protestas raciales hubo quien le afeó que callase”. Benito contestó: “Yo estaba horrible en mi vida personal”.
Por entonces, con 26 años, ya acumulaba récords.
Había llegado a ser el artista más escuchado en Spotify y cosechaba premios por su álbum YHLQMDLG, sigla de Yo hago lo que me da la gana. Sin embargo, advertía: “Yo no soy músico. Músico es quien toca un instrumento musical”.
—Si no eres músico —terció la periodista—, ¿cómo te defines?
—Como un artista que ve las cosas de manera diferente.
He ahí el quid de Benito: la diferencia.
Desde Nueva York, capital histórica de la diáspora boricua, su paisana Ana Macho sostiene que “su auge” tuvo mucho que ver con ser diferente.
“Siempre se decía que era diferente. Vestía diferente, escribía diferente y su música no era tan vulgar. Se le veía conectado con el divine feminity, partía de una masculinidad alternativa. Al principio la gente se mofaba de su estilo”.
La diferencia es la característica general de su persona y de su obra, está en todo él, en todo lo suyo, por ejemplo en su voz remolona y nasal, bien peculiar; pero nada lo ha distinguido tanto de la grey de la música urbana como su afinidad con lo queer, incluso a su inicio, cuando de su típico rollo malote tardoadolescente emanaba un deje romántico, melancólico, y llevaba las uñas pintadas.
Después vendría una apertura mayor, presente en detalles como la anónima valla publicitaria que apareció en Puerto Rico con Bad Bunny besándose a sí mismo, o en su beso con Gael García Bernal en la película Cassandro, sobre el campeón de lucha libre que salió del clóset. Y vendrían, sobre todo, su posicionamiento del lado de la comunidad LGTBIQ+, como cuando vestido con falda denunció en el show de Jimmy Fallon el asesinato en Puerto Rico de Neulisa Luciano Ruiz, Alexa, una mujer trans, o en su performance drag en el vídeo de ‘Yo perreo sola’.

Ana Macho, autora del himno queer Cuerpa, dice de su compatriota: “Se nota que no tiene miedo a retar a la heteronorma, aunque cabe recalcar que él se manifiesta en sociedad como una persona heterorromántica”.
Fue sonado su romance con la celebrity Kendall Jenner, y hace nada fue noticia la presencia de su exnovia puertorriqueña en su gira mundial. ¡Hola! titulaba “Junto a Bad Bunny, Gabriela Berlingeri presume de cuerpazo en biquini en las playas de Sídney”, y acompañaba el robado fotográfico de sus proverbiales pies de foto: “Bad Bunny prefirió no meterse al mar y solo disfrutar de las vistas”, “Gabriela no se resistió a darse un baño en el mar” y “Bad Bunny derrochó complicidad con Gabriela”.
Con todo, su relación con la mujer es el flanco más débil de su inmaculada figura.
Parece un joven sensato y sensible, feminista y woke, y sus letras van dejando atrás el machismo ramplón de sus primeros años, pero aun así no acaba de soltar la cosificación de la mujer, clave de bóveda de la era del reguetón, así sea, como en DeBÍ TiRAR MáS FOToS, una cosificación romanticona y con voluntad de reciprocidad. Aunque en este álbum manda lo cultural y político, sigue ahí una sombra misógina, por más que lúdica y autoconsciente rozando, inevitablemente, lo despectivo.
Benito todavía peca de cabrío.
Y es que, encima de que la bellaquería falocéntrica gusta y vende por doquier, ser hombre lo ha blindado, a diferencia de sus pares interestelares Rosalía y Taylor Swift, que no han salido indemnes de la fama cósmica. A la catalana le han caído chuzos de punta por coleguear con Picasso y a la de Pensilvania casi la llevan a La Haya climática por el impacto ambiental de sus jets privados. Él, sin embargo, más allá de la crítica feminista a sus letras, de escaso eco, y de ponerse de perfil con Palestina, no ha pasado por tesitura más delicada que cuando, en 2020, se le reprochó que le tirase al mar el teléfono a una fan que le estaba dando la chapa. No pidió disculpas, sino que se justificó con un tuit que luego borró: “La persona que se acerque a mí a saludarme, a decirme algo, o solo conocerme, siempre recibirá mi atención y respeto. Los que vengan a ponerme un teléfono en la cara lo consideraré como lo que es, una falta de respeto, y así lo trataré yo”.
A otros pecados.
Cibrán García ha trasnochado. Pinchó ayer.
En un bar de Santiago de Compostela, cuenta que uno de los temas de Benito que más anima a la chavalada es ‘NUEVAYol’. Pionero del trap gallego con el dúo Boyanka Kostova, presenta sus respetos al boricua y expone uno de los efectos dañinos de su “fiebre arrolladora”.
“En mi círculo está muy presente el tema de la sobreexplotación del artista y el crecimiento descontrolado de los macroeventos, que supone un abuso de la industria hacia el usuario. Pagar 300 euros por ver a quien sea es surrealista, y hace que la gente tenga que elegir en qué gasta su dinero en música. Así que sea Bad Bunny o cualquier otro formato macro, repercute en la base de la pirámide. La estructura de salas agoniza. Se mira más hacia el formato de retorno inmediato y menos a fomentar el tejido musical. Lo macro es una burbuja que acabará reventando, porque a la gente no le da para tanto superevento, y quienes lo van a pagar somos los artistas de abajo. Esto es un embudo y él, paradójicamente en el momento que va más hacia lo local, es la punta de lanza del último movimiento de lo macro. Habría que ver cómo lo lleva desde el punto de vista humano”.
Ser rey del pop tiene efectos secundarios.

Otro sería su indeseada contribución a la gentrificación de Puerto Rico. Su famosa Residencia en la isla en el verano de 2025, titulada No me quiero ir de aquí, la patriótica puesta de largo de DeBÍ TiRAR MáS FOToS, fue un chute de autoestima para el boricua y dejó una derrama multimillonaria, pero también puso aún más el foco en el atractivo inmobiliario y turístico de la isla y alimentó la bola que está expulsando boricuas de sus casas y subiendo el nivel de vida hasta hacerlos emigrar.
“Yo creo que está haciendo lo correcto”, opina Eduardo Cabra, conocido como Visitante en su época de Calle 13, la mayor influencia juvenil de Bad Bunny junto a Tego Calderón, y coproductor de ‘WELTiTA’, un tema de DtMF que es una oda a la sensualidad de Puerto Rico, con la preciosa voz de Lorén Aldarondo, del grupo Chuwi.
“Lo más que puede hacer”, continúa el músico, “y yo creo que es bastante cabrón, bastante digno, es llamar la atención, seguir hablando de esto. Él está haciendo lo que tiene que hacer. Lo que le ha dado a PR, me parece superimportante. No puede hacer más nada”.
Cabra andaba por Galicia. Había venido para asistir a un concierto de Rodrigo Cuevas, al que produjo en su estudio de San Juan su reciente álbum, Manual de belleza. Allí el cantante asturiano tuvo el gusto de conocer a Benito, al que preparó unos frixuelos, un postre dulce típico de su tierra. “Los llené de miel, los enrollé y se los di a la boca, chorreando”, contó al volver en un programa de Europa FM.
—¿Qué tal es Bad Bunny? —preguntó la presentadora.
—Sexy, sonrojado —contestó el genial Cuevas.
Yo le hice la misma pregunta a Cabra. Él señaló otra de sus virtudes, una más especial que sus coloretes: su respeto por el trabajo en equipo.
—A mí lo que me llamó la atención es que él está pendiente de todo lo que está pasando en el espacio, es una persona que está presente. Yo he trabajado con gente que no llega al nivel de Bad Bunny y ni siquiera viene al cabrón estudio.
Y añade otro rasgo de excelencia: “Le ha dado oportunidades a un montón de gente en Puerto Rico”.
De su generosidad y consideración hacia los otros, sea su pueblo o sus compañeros de oficio, tanto a los precursores a los que rinde pleitesía como a los coetáneos que impulsa en sus carreras, da fe Glorimar Montalvo Castro, la voz que hizo estallar el reguetón con Daddy Yankee, Don Omar y Héctor el Father. Si hay tres palabras imborrables en la historia del reguetón son “dame-más-gasolina”, y quien las cantó, en el hit fundacional ‘Gasolina’, fue ella misma, Glory.
“Yo lo conocí en un bar después de un partido de pelota”, recuerda desde su apartamento en San Juan. Ella llevaba años fuera del primer plano, postergada frente a la fortuna y el éxito de sus colegas de los orígenes. Al saludar a la estrella de la nueva generación, se presentó. Él le dijo: “Yo sé quién tú eres. Tú eres una leyenda”.
—Diantre… —aún se conmueve la cantante.
Solo cruzaron unas palabras. “Me pareció un tipo bien down to earth”.
Para ponderar lo que ha significado este muchacho, a donde ha llegado, se saca de la manga una metáfora que recuerda a Descartes. Si el filósofo imaginó un genio maligno que podía engañarlo en todos sus pensamientos salvo en uno incontrovertible (pienso, luego existo), esta pionera del género se imagina también a un duende que hubiese viajado hacia atrás en el tiempo, hasta los noventa, cuando en Puerto Rico las élites denostaban el reguetón naciente y la poli requisaba sus cintas.
“Si ese duende nos hubiera dicho que en el futuro iba a pasar todo esto, hubiéramos dicho ‘¡Nah!, chacho, esto es un embuste, eso no va a pasar…’. La mente no nos hubiera dado para eso jamás, porque lo de este gallo es una locura”.
Dos semanas antes de llegar a España, el gallo acudía a la Gala Met caracterizado y maquillado como un anciano. “Siempre intento hacer algo diferente y este es un día perfecto para explotar y ser creativo”, dijo.
Un par de días antes yo le había preguntado por él a otro viejo.
—Papá, ¿tú qué sabes de Bad Bunny?
—Nada, lo que sabe todo el mundo.
—Pues dime, ¿qué sabes?
—Que es un cantante puertorriqueño que apoya a los independentistas y que es gay. Vamos, que es homosexual.
Mi padre nació en 1947 y se educó con Bugs Bunny.

