martes, mayo 19, 2026

La ‘Medea’ de Sánchez-Verdú estremece el Palau valenciano

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La música contemporánea necesita mecenas institucionales que no rehúyan el riesgo, y el Palau de la Música de València ha demostrado ser uno de ellos. El encargo de Medea a José María Sánchez-Verdú como compositor en residencia va mucho más allá de lo cosmético: es una apuesta estructural por la creación viva, y el estreno absoluto del pasado viernes no hizo sino ratificarla.

La primera parte, con la Sinfonía n.º 1 de Beethoven, cumplió su función como aperitivo sin mayor vuelo. Alexander Liebreich condujo a la Orquestra de València con corrección, aunque sin dejar huella especial: un Beethoven limpio, bien articulado, sin espasmos ni revelaciones.

Lo sustancial llegó tras el descanso. Medea no es una ópera al uso, sino un monodrama —así lo define el propio Sánchez-Verdú— para soprano dramática y orquesta, articulado en tres libros sobre el poemario homónimo de Chantal Maillard. El primero retrata el hambre, el vacío, una araña que teje y acecha desde los márgenes de la muerte; el segundo libro, la ira desbordada, la violencia y la venganza consumada; el tercero, la compasión: una Medea poliédrica, nunca reductible a simple monstruo. En la nueva obra la orquesta se transforma en coro griego —los músicos hasta susurran, acechan—; los oboes evocan el doble aulós arcaico; los metales se desplazan por la sala hasta rodearnos, convirtiendo el espacio en la casa donde ocurren los horrores. El carnyx de Abraham Cupeiro irrumpe como una voz bestial, atávica, que hiela la sangre. Incluso hay momentos donde la pulsación rítmica de la orquesta imita el latido de un corazón que se acelera hacia el abismo.

"Ángeles Blancas dio vida a esta Medea con una entrega total: pocas veces una cantante desaparece tan completamente dentro de un personaje"

La soprano española Ángeles Blancas, Premio Ópera XXI 2023, dio vida a esta Medea con una entrega total: su dicción es impecable —la vinculación texto-música en Sánchez-Verdú es absolutamente cardinal— y su voz, desgarradora, recorre la partitura desde el parlato hasta los guturales más oscuros, pasando por ahogos, susurros y una voz rota que canta también con el cuerpo. Pocas veces puede verse a una cantante que desaparece tan completamente dentro de un personaje…

Antes del concierto, el compositor citó a Murray Schafer: “no tenemos párpados en los oídos”. Porque la música entra aunque no se quiera, llega al fondo sin pedir permiso. Así es esta Medea: no se disfruta como si fuera una obra de Beethoven. Exige al público despojarse del colchón que le asienta en la realidad. Quien no estuvo a la altura de ese desafío se perdió una de las tardes más singulares de la temporada: la demostración de que la belleza también puede anidar en la incomodidad, y de que hay espacios —como este Palau de la Música— que aún se atreven a recordarlo. *Jerahy GARCÍA, corresponsal de ÓPERA ACTUAL en Valencia

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