lunes, mayo 25, 2026

República Dominicana: crecimiento económico y grandes contrastes

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Tony Peña

La República Dominicana es, probablemente, uno de los países de mayores contrastes de América Latina. Una nación pequeña de apenas 48 mil kilómetros cuadrados que, sin embargo, exhibe niveles de crecimiento económico, conectividad aérea y expansión turística que superan a muchos países de mayor tamaño territorial.

Hoy contamos con ocho aeropuertos internacionales distribuidos estratégicamente en todo el territorio nacional. En el Este operan Punta Cana y La Romana; en Santo Domingo, Las Américas Doctor José Francisco Peña Gómez y el Joaquín Balaguer; en el Norte, el Cibao en Santiago y Gregorio Luperón en Puerto Plata; en el Sur, María Montez en Barahona; y en Samaná, El Catey y Arroyo Barril. A esto se suma la construcción del aeropuerto internacional de Pedernales y los planes de futuras terminales en Montecristi, Cabrera y Río San Juan.

La expansión turística también impresiona. El país ya supera las 100 mil habitaciones hoteleras y posee más de 15 multidestinos turísticos consolidados: Punta Cana, Bávaro, Miches, Bayahibe, La Romana, Juan Dolio, Boca Chica, Puerto Plata, Sosúa, Cabarete, Samaná, Las Terrenas, Las Galeras, Jarabacoa, Constanza, Barahona, Pedernales y Montecristi, entre otros.
Pero los contrastes aparecen inmediatamente.

Mientras la República Dominicana se posiciona como el segundo país que más turistas recibe en América Latina y una de las economías más dinámicas de la región, también mantiene niveles preocupantes de informalidad y desigualdad social. Más del 50% del mercado laboral sigue siendo informal, lo que dificulta incluso medir con precisión muchas estadísticas nacionales.

Según datos citados por sectores comerciales, apenas un 19% de los dominicanos compra regularmente en supermercados y grandes cadenas, mientras el 81% restante continúa abasteciéndose en colmados, mercados populares y pequeños comercios. Al mismo tiempo, se estima que existe más de un millón de motoconchistas o mototaxistas que sobreviven diariamente en la economía informal, generando ingresos que oscilan entre 1,500 y 3,000 pesos diarios.

Y ahí surge la gran contradicción dominicana.
Mientras crecen las plazas comerciales, los restaurantes y el consumo de vehículos de lujo hasta el punto de que el país encabeza en América Latina la compra per cápita de teléfonos iPhone con un 46% persisten graves problemas en educación, transporte público, residuos sólidos, planificación urbana y formación ciudadana.

La República Dominicana ha logrado diversificar su economía de manera extraordinaria. Hoy el país sostiene su crecimiento sobre múltiples pilares: turismo, agropecuaria, agroindustria, minería, exportaciones, industria farmacéutica, construcción, remesas, bienes raíces y zonas francas que generan más de 200 mil empleos formales.

Gracias a ese dinamismo económico, ya somos considerados la séptima economía de América Latina y la novena del continente americano. Sin embargo, el crecimiento económico no ha sido suficiente para eliminar las profundas debilidades estructurales que todavía afectan a millones de dominicanos.

Y la raíz principal del problema sigue siendo la educación.

Durante años hemos invertido en infraestructura y crecimiento económico, pero no hemos construido con la misma intensidad el capital humano necesario para sostener una sociedad más organizada, más productiva y más equitativa.

La República Dominicana necesita una verdadera revolución educativa. Una educación gratuita, obligatoria y de calidad desde la primera infancia.

Una transformación curricular orientada a matemáticas, inglés, ciencias computacionales y formación técnica. Que nuestros jóvenes salgan del bachillerato con dominio básico de un segundo idioma, conocimientos tecnológicos y un oficio técnico aprendido desde el INFOTEP. Brindar capacitación efectiva a nuestros profesores los fines de semana y en vacaciones escolares.

Pero también necesitamos educación ciudadana: enseñar desde las escuelas el respeto a las leyes, el manejo responsable de los residuos, el civismo y el sentido colectivo de nación.

Porque muchos de nuestros problemas la informalidad, el desorden urbano, la baja productividad y la debilidad institucional tienen un origen común: la deficiente formación educativa y cultural acumulada durante décadas.

La República Dominicana tiene todas las condiciones para convertirse en una verdadera potencia regional. Pero el verdadero desarrollo no se construye solamente levantando hoteles, aeropuertos y torres; se construye formando ciudadanos.
Y esa sigue siendo nuestra gran tarea pendiente.

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