lunes, junio 1, 2026

Dos maneras de habitar la música

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Ana García Morenilla

Recuerdo perfectamente el disco de Deutsche Grammophon que mi madre nos ponía para bañarnos delicadamente mientras nos daba una luz como de las tres de la tarde. Mi madre cuenta los recuerdos como quien cuenta un secreto; por eso guardamos con ella la nostalgia de toda la música que sonaba mientras aprendíamos a vivir encima de aquel suelo de granito.

Recuerdo el karaoke que nos regalaron y todos los conciertos que montábamos en pijama, subidos en cualquier parte de la casa; y el pelo rizado de mi hermano, y cómo me decía con ansia: «Ana, vamos a cantar» para todas las horas de cintas de carrete que recogen nuestro entusiasmo por el lenguaje que empezábamos a hablar sin querer.

Desde bien pequeños, solo por haber sido hijos de nuestros padres, somos compañeros de vida y de profesión. Y, si no nos comprendíamos en castellano, lo hacíamos con música.

Mi padre y su peculiar gesto de colgarse el guitarro nos acompañó también, junto con la ilusión de enseñarnos la historia rescatada de una tradición, como queriendo hacer música fuera de su cuerpo a través de sus hijos. Primero, me enseñó a tocar una jota en la guitarra pequeña y restaurada de mi abuela. A los 7 años, vino el violín.


Es difícil que, conforme vas creciendo con el instrumento, no se cree una especie de fusión con eso que hay debajo de la piel y con todos los rincones internos que riega la música. Poco a poco se convierte en identidad, como si el día en el que escoges instrumento de la mano de tu profesor de iniciación hicieras un pacto de compromiso con algo que va a cambiarte la vida para siempre.

Entregas tiempo, esfuerzo y parte de ti a la música, porque hasta el cuerpo se hace al instrumento, o eso sale en mis radiografías: tocar el violín es ese hombro más alto que el otro, es esa escoliosis hacia la izquierda, esa rectificación del cuello, esas tendinitis graves que duran un año y medio… Y esa nueva forma de mirar la vida por la que te das cuenta de que ya no hay vuelta atrás. La música ha encontrado la forma de hospedarse en un lugar de mí que todavía no conozco y se ha quedado a dormir todas las noches desde hace 26 años.

La música es una forma de estar en el mundo y es como vivir constantemente en la sensación de la obra que te emociona o en el olor de la melisa cuando rozas los dedos en sus hojas. Como una especie de poesía abstracta a la que se le pueden leer los labios sin articular palabra, y te brinda un canal de expresión por el que puedes soltar todo eso que llevas dentro sin que nadie te entienda del todo. Porque, al fin y al cabo, la música es también un idioma, pero que se comporta un poco distinto, ya que, en el acto de entrega al público, a este solo le llega lo que está preparado para escuchar.

Pasan los años y el conservatorio actúa como un logopeda, una terapia, una colección de enciclopedias sobre historia de la música escrita, una reunión preciosa con personas que comprenden y comparten esta parte de la vida. Profesores y compañeros que se convierten en bastones que siguen guiando el paso, aunque no los veas, para manejar ese trozo de madera en el que te vas reflejando.


Fuera del conservatorio, a pie de familia y amigos, se gestaba también una tradición. Una forma de reír y bailar la música que siempre ha perdurado, aunque no se haya escrito; solo se ha susurrado hasta llegar a nuestros días.

Pienso mucho en la imagen de un niño corriendo por la casa vieja de una aldea sin agua ni luz para sentarse, durante horas, a escuchar a su abuelo hablar sobre “la música nuestra”. Música de transmisión oral, por la que unos pocos jóvenes del pueblo pasaban horas y días indagando en las historias de quienes lucharon por rescatar una tradición que ha sido intermitente.

Historias sobre afinaciones inventadas, la búsqueda de los instrumentos que se usaban y de cómo los «arreglaban» para que el conjunto tuviera variedad sonora… «Y todo eso lo hacíamos de oído, no sabíamos nada de música».

En un intento por sobrevivir a un teléfono roto que ha durado siglos, aquellos niños que escuchaban a «los viejos» con mucho respeto, casi haciendo una genuflexión, hicieron que esta música siguiera latiendo hasta nuestros días, y quedar registrada a través de audios, vídeos y algunas partituras, aunque estas no sean la naturaleza de esta música.

A mí personalmente me fascina cómo esta música conseguía levantar a la gente de la silla de su vida y, a pesar de las miserias, reírse con todo el corazón, para «juntarse y echarse una música» y que la realidad doliera menos.

Aunque, por desgracia, el entusiasmo que nos mueve a unos pocos es directamente proporcional a la mirada de todas esas personas que la llaman «música de viejos», con desprecio, como si hubiera que estar avergonzado por querer saber de dónde venimos.

Gracias a esas personas que lucharon por mantener viva la llama de la música tradicional, podemos disfrutar de una cultura viva que envuelve a muchísima gente, porque ¿cómo será de fuerte la necesidad para que esté resurgiendo con tantísima fuerza y se manifieste como una especie de grito social que nos impulsa a mirar hacia atrás entre tantas pantallas?

Es esa necesidad de liberación y tierra convertida en música.


A veces pienso en que la realidad es un poco injusta, porque ¿quién decidió qué parte de la historia de la música se iba a escribir y qué otra parte no era lo suficientemente importante como para ser contada? ¿Por qué reconocemos a los grandes compositores y hemos dejado olvidados a los que han rescatado tantas veces una música que se consideraba muerta?

Sin menospreciar a la música clásica y todo el respeto que guardo por ella, pero qué pena, no haber sabido más sobre la música tradicional. Y, a su vez, cómo de fuerte tiene que ser la tradición oral y cuánto nos ha tenido que mover por dentro para que haya sobrevivido tantos siglos pasando del boca a boca a, ahora sí, estar documentada y registrada, y que pueda ser reconocida, vista y escuchada.

Y es que, partiendo de formas de contarse tan distintas, es probable que la música clásica y la tradicional nunca lleguen a fusionarse, pero ahora sí que pueden mirarse de frente y respetarse.

Como los geranios que comparten espacio con los girasoles y las suculentas en una floristería, alimentándose tan distinto.

Por ello, un proyecto como el del 26 de junio a manos de Juan José Robles y sus músicos más la Symphonia Deitania dirigida por David García Morenilla, tiene más peso del que podemos ver: no solo van a convivir estas músicas, sino que se van a despertar todos los sentidos que implican su forma de ser transmitidas hasta hacernos bailar de nostalgia y gratitud.

Quizás, ahora más que nunca, necesitamos escuchar hacia atrás.

Juan José Robles y Symphonía Deitania protagonizarán en Bullas el concierto del 30 aniversario del periódico El Noroeste

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