Despierta Quisqueya

De Dar es Salam a Tánger: diez novedades de música africana para bailar el verano

África no tiene un único sonido. Bajo una etiqueta demasiado amplia conviven cientos de tradiciones musicales, lenguas y formas de entender la relación entre música y sociedad. Del blues mandinga al rap de Abiyán, de la rumba congoleña al afrobeats nigeriano, de las melodías del Índico a los ritmos atlánticos de las islas lusófonas, el continente muestra una diversidad que escapa a cualquier clasificación sencilla.

Las nuevas generaciones dialogan con sus raíces sin quedar atrapadas en ellas. Mezclan instrumentos tradicionales y producción digital, lenguas locales y sonidos globales, memoria y experimentación. Las músicas africanas actuales no tienen que elegir entre tradición y modernidad, sino que demuestran que ambas pueden convivir en una misma composición.

Este recorrido que presentamos hoy reúne diez propuestas recientes que muestran una escena africana en constante transformación, donde las grandes capitales musicales del continente conviven con voces surgidas de territorios más pequeños y con artistas de la diáspora que llevan esos ritmos hacia nuevos públicos.

Massa, de Fatoumata Diawara, nos devuelve a la riqueza sonora de Malí y a la capacidad de sus artistas para transformar la tradición en un lenguaje contemporáneo. La cantante y guitarrista, una de las voces africanas más reconocidas internacionalmente, continúa la herencia musical del wassoulou, vinculada históricamente a grandes voces femeninas del país, pero la abre al blues, el rock y los sonidos globales. Cantando en bambara, Diawara utiliza la música como espacio de afirmación cultural y de reflexión social. Su propuesta recuerda que la modernidad africana no consiste en abandonar las raíces, sino en hacerlas dialogar con el presente.

Ana Ngeen, de Lëk Sèn, continúa ese puente entre pasado y presente desde Senegal. El artista combina reggae, hip hop, afrobeat y sonidos propios de África occidental en una propuesta marcada por el mestizaje. En un país donde la música siempre ha tenido una fuerte dimensión social, desde la tradición de los griots hasta las escenas urbanas actuales, Lëk Sèn representa a una generación que utiliza nuevos lenguajes para hablar de identidad, comunidad y pertenencia. Dakar aparece como un espacio creativo donde las influencias internacionales conviven con las lenguas y ritmos locales.

La República Democrática del Congo lleva décadas siendo uno de los grandes motores musicales de África gracias a la rumba

Mapapa Na Yo, de Fally Ipupa, muestra la vitalidad de la música congoleña actual. La República Democrática del Congo lleva décadas siendo uno de los grandes motores musicales de África gracias a la rumba, un género que viajó por todo el continente y que influyó en numerosos estilos posteriores. Fally Ipupa recoge esa herencia y la proyecta hacia el siglo XXI incorporando pop, afrobeats y sonidos urbanos. Su música demuestra que las tradiciones no sobreviven permaneciendo intactas, sino encontrando nuevas formas de expresarse.

Bara Bara, de Himra, representa la energía de la nueva escena urbana de Costa de Marfil. Desde Abiyán, una de las capitales creativas del África francófona, el rapero refleja el lenguaje de una juventud conectada con las redes sociales, las tendencias globales y la cultura urbana internacional. Sin embargo, junto a esas influencias aparecen códigos propios, expresiones locales y una manera africana de apropiarse del hip-hop. Como ocurrió antes con el coupé décalé, Costa de Marfil vuelve a mostrar su capacidad para crear movimientos culturales que cruzan fronteras.

Everlasting une a dos de los nombres más importantes de la escena musical de Ghana: Sarkodie y Shatta Wale. La colaboración reúne dos caminos fundamentales de la música ghanesa contemporánea: el rap y el dancehall africano. Ghana ha construido una escena propia capaz de dialogar con Jamaica, Estados Unidos y Nigeria sin diluirse en ellas. El encuentro entre ambos artistas simboliza también la fuerza de las colaboraciones dentro del continente, donde las fronteras musicales son cada vez más flexibles.

Worship, de Asake y DJ Snake, muestra hasta dónde ha llegado la influencia global del sonido nigeriano. Lagos se ha convertido en una de las capitales mundiales del pop y artistas como Asake explican el porqué: su música une afrobeats, fuji, coros yoruba y una estética urbana reconocible. La colaboración con el productor francés DJ Snake confirma un cambio importante: los artistas africanos ya no buscan únicamente entrar en mercados internacionales; son esos mercados los que buscan ahora el sonido africano.

Utanionea, de Alikiba & Harmonize, traslada el viaje hasta Tanzania y el universo del bongo flava. Nacido de la mezcla entre hip-hop, R&B y sonidos locales, este estilo ha convertido al suajili en una de las grandes lenguas musicales del continente. Los dos artistas, referentes de África oriental, apuestan por una canción donde la melodía y la emoción tienen un papel central, mostrando otra de las muchas sensibilidades musicales que conviven en el continente.

Cabo Verde, a pesar de su tamaño, ha tenido una influencia musical enorme gracias a una diáspora que ha llevado sus ritmos por todo el mundo

Bai Cau Verde, de Nelson Freitas, nos lleva al Atlántico caboverdiano. Cantando en criollo, el artista mezcla kizomba, zouk y sonidos urbanos para expresar una identidad profundamente marcada por el océano y la migración. Cabo Verde, a pesar de su tamaño, ha tenido una influencia musical enorme gracias a una diáspora que ha llevado sus ritmos por todo el mundo. Freitas representa esa generación que vive entre varias geografías sin renunciar a ninguna.

À Prova De Bala, de Calema, continúa el recorrido por la África lusófona. El dúo originario de Santo Tomé y Príncipe ha construido una carrera entre África y Europa, mezclando pop, ritmos africanos y una sensibilidad melódica heredera de las músicas atlánticas. Su éxito muestra la fuerza de escenas musicales que durante mucho tiempo quedaron fuera del foco internacional, pero que forman parte esencial del mapa sonoro africano.

El viaje termina en el norte del continente con Ghir Ana, de Mocci. El artista marroquí combina darija y sonidos urbanos globales para mostrar la vitalidad de una nueva generación magrebí. Marruecos, como otros países del norte de África, vive una escena donde conviven tradición árabe-amazigh, rap, pop y músicas electrónicas. Su presencia recuerda que África también se expresa desde el Mediterráneo y que el Sáhara nunca ha sido una frontera cultural, sino un espacio de encuentro.

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