Despierta Quisqueya

La salud mental: la crisis que aprendimos a ignorar

Hay personas que sonríen todos los días y, sin embargo, están librando la batalla más difícil de sus vidas.  Van al trabajo, cumplen con sus responsabilidades, saludan con normalidad y hasta hacen reír a los demás. Pero por dentro están agotadas. Algunas viven con ansiedad. Otras con depresión. Muchas simplemente han perdido la esperanza y nadie se ha dado cuenta.

Quizás esa sea la mayor tragedia de la salud mental: casi nunca hace ruido.  Vivimos en un mundo hiperconectado, pero cada vez más solo. Tenemos miles de contactos en nuestros teléfonos, pero menos personas con quienes hablar de verdad. Corremos detrás del éxito, del dinero y de las metas, mientras descuidamos aquello que sostiene todo lo demás: nuestra estabilidad emocional.

La pandemia de la covid-19 nos dejó muchas lecciones. Una de ellas fue comprender que las heridas invisibles también enferman. La ansiedad y la depresión crecieron de manera acelerada y dejaron al descubierto una realidad que ya existía, pero que preferíamos no mirar.

En la República Dominicana esa realidad también tiene rostro. Más de dos millones de dominicanos padecen algún trastorno relacionado con la salud mental. Sin embargo, seguimos destinando menos del uno por ciento del presupuesto nacional de salud a esta área. En muchas provincias todavía resulta más fácil encontrar un especialista para cualquier otra enfermedad que un profesional que pueda ayudar a quien atraviesa una crisis emocional.

Pero el problema no es solamente la falta de recursos.   También nos falta comprensión.

Todavía hay quienes creen que pedir ayuda psicológica es un signo de debilidad. Todavía hay familias que esconden el sufrimiento de uno de sus miembros por miedo al qué dirán. Todavía hay personas que prefieren callar antes que reconocer que ya no pueden más.

Y el silencio, muchas veces, termina siendo el peor tratamiento, sin embargo, escuchar puede salvar vidas.

Convencido de esa realidad, hemos depositado en el Senado de la República un proyecto de reforma integral a la Ley 12-06 sobre Salud Mental.

La ley vigente fue importante cuando nació. Llenó un vacío legislativo y colocó el tema sobre la mesa. Pero el tiempo demostró que no era suficiente. No logró acercar los servicios a la gente, ni garantizar los recursos necesarios, ni convertir la salud mental en una verdadera prioridad nacional.

La reforma que proponemos busca justamente eso: que la atención llegue a las comunidades, que las aseguradoras cubran los tratamientos, que existan centros especializados en todas las provincias, que se protejan los derechos de los pacientes y que el Estado asuma, de una vez por todas, que la salud mental merece la misma importancia que cualquier otra enfermedad.

Pero ninguna ley, por buena que sea, podrá sustituir la solidaridad.  Necesitamos recuperar el hábito de escucharnos, de acompañarnos y de cuidar unos de otros. Porque detrás de cada estadística hay una madre, un padre, un hijo, un amigo o un compañero de trabajo que quizá solo necesitaba que alguien le tendiera la mano.

Una sociedad verdaderamente desarrollada no es la que construye más edificios ni la que exhibe mejores indicadores económicos. Es la que es capaz de cuidar la mente, la esperanza y la dignidad de su gente.

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