Internacional
Baúl de bulos
John William Wilkinson
En una democracia, se diría que lo mínimo que se les puede pedir a nuestros representantes, aunque no los hayamos votado, es, además de trabajar por el bien común, pues que se porten con decoro, mesura, cordura y responsabilidad. Pero por desgracia para todos, se portan, cada vez más, unos y otros, unas y otras, como energúmenos.
Ahora bien, una cosa en el griterío barriobajero que se ha puesto de moda en España, y otra, los cada vez más frecuentes casos detectados entre la clase política en cuanto al abuso de drogas o el alcohol, como va sucediendo, sin ir más lejos, en Reino Unido y Francia.
A comienzos de diciembre, la revista Paris Match destapó que el consumo de drogas es cosa corriente entre los parlamentarios franceses e incluso ministros. Caroline Janvier, una diputada de Renacimiento -el partido de Macron-, de 41 años, había osado romper la ley del silencio que acostumbra acompañar estas inconfesables actividades ilícitas. Y lo hizo a raíz del escándalo protagonizado por el senador Joël Guerriau, que poco antes había sido detenido y luego imputado, presuntamente por haber drogado sin su consentimiento y con fines lujuriosos, a Sandrine Jasso, una diputada y presunta amiga.
El senador le echó éxtasis a una copa en su casa, a fin de facilitar una relación sexual no deseada por ella. Afortunadamente, la diputada pudo zafarse de los intentos libidinosos del descarado senador conocido por su lucha contra las drogas (ajenas). Puede decirse que este caso fue la gota que colmó el vaso, al menos para Caroline Janvier, y de ahí sus revelaciones a Paris Match, en las que también señaló a ciertos ministros.
Bueno, pese a su -¿merecido?- prestigio democrático, los que se llevan la palma en estos asuntos son sin duda los británicos, tanto en la cámara Baja como en la Alta. Bien conocidos son los saraos que se montaban en plena pandemia en el 10 de Downing Street siendo Boris Johnson el premier. Aunque, como revelaría una posterior investigación, esas alcohólicas “reuniones de trabajo” no fueron más de la punta del iceberg de un gobierno desbordado.
Ahora bien, la tradición británica viene de lejos. Churchill bebía como un cosaco, preferiblemente Johnnie Walker tarjeta negra rebajado con agua o bien champán, a ser posible un Pol Roger, de la cosecha de 1921 o 1928. Antes que él, a Asquith le gustaba el vino más que comer con las dedos. En cambio, Harold Macmillan le daba al frasco con cierta moderación, pero fue en todo momento indulgente con el desmesurado consumo de alcohol de algunos de sus ministros.
El primer ministro laborista de los años sesenta Harold Wilson bebía brandy para ponerse a tono antes de intervenir en las arduas sesiones parlamentarias, pero cuando empezó a ganar peso, se pasó a la cerveza, a razón de unas cinco pintas al día. Margaret Thatcher solía rematar sus interminables jornadas de trabajo con unas generosas copichuelas de whisky Bell’s, su marca favorita. Legendaria llegó a ser la ingesta de alcohol de su marido, Denis, que en una ocasión declaró: ‘Bueno, cuando no estoy totalmente borracho me gusta jugar al golf’.
El esquicito Tony Blair confiesa en sus memorias que gustaba de beber antes de la cena un whisky a palo seco o bien un gin-tónic, seguido de un par de copas de vino o hasta media botella con la comida. Pero era en todo momento consciente de que estaba rozando el límite permitido, al menos eso dice. La bebida de elección de Gordon Brown, su sucesor, era el champán, el Moët & Chandon, que bebía de un solo trago, pero nunca durante las horas de trabajo.
David Cameron siempre ha sido fiel al whisky. Pero si siendo primer ministro bebía poco entre semana, no había nada que le gustaba más que comer los domingos en algún pub rural, con abundante alcohol a mano. En el 2012 se marchó del Plough Inn dejando olvidada en la posada a su hijita Nancy de ocho años.
En cuanto a los premieres que han venido después, qué más da: duran tan poco en el cargo que apenas se sabe nada de sus preferencias alcohólicas. Ya bastante tienen con el Brexit y las payasadas de Boris Johnson, que suele tomar una pinta de cerveza antes de las comidas y un par de copas de vino después. Eso dice. Si dice la verdad es otra cosa, como ya sabemos.  
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