Internacional
Baúl de bulos
John William Wilkinson
El mundo actual -no sólo hablamos de Estados Unidos o de Occidente en general- cuenta con unos hombres -por ahora, no se asoma ninguna mujer- que si ya no están por encima de la ley, bien poco les falta. Son, claro está, los hombres más ricos de mundo mundial, los chicos de Silicon Valle que juegan con nuestras mentes, nuestros hijos, nuestros puestos de trabajo y nuestros bolsillos, entre otras lindezas.

El más rico de todos, Elon Musk, va por el mundo como si tuviera patente de corso. Está en todo y nadie quiere o se atreve a pararle los pies. Su enorme poder de influencia sólo se basa en su colosal fortuna, jamás en sus conocimientos, formación académica o siquiera una ideología. Puede soltar sin que le pase nada un exabrupto racista sólo para desmentirlo al minuto siguiente. Es el amo, o al menos así se siente, y tal cómo va el mundo, razón no le falta.
A finales de noviembre, en plena guerra de Gaza, Musk fue recibido por el primer ministro de Israel, Beniamin Netanyahu, con los brazos abiertos y vistiendo ambos sendos chalecos antibalas para la foto de rigor. Y eso que Musk llegaba a Israel arrastrando una bien merecida fama de antisemita, basada en sus miserables mensajes que ensalzaban ideas conspirativas contra los judíos, que, según él, quieren acabar con la hegemonía de la raza blanca, la suya.
¿Pero qué importan unos insultos en las redes (Twitter, ahora X, que es de él) contra los judíos, a cambio de la tecnología que puede proporcionar Musk a Israel en la guerra contra Hamas? Se trata de Starlink, es decir, los satélites de comunicación que Musk prestaba a Ucrania hasta que, al saberse que podrían ser utilizados para atacar y destruir a la flota rusa en el mar Negro, fuesen inutilizados. Y es que Putin y Musk son amigotes, como parece que es lo ocurre ahora con Netanyahu o cualquier otro que necesite de sus servicios, empezando por la Casa Blanca, puesto que el Gobierno de Biden depende de Starlink para sus programas espaciales o la promoción del coche eléctrico cuyo mercado lidera Musk.
Otro ejemplo de cómo se las gastan los chicos de Silicon Valley se produjo el año pasado en Rotterdam (Países Bajos). En esta ocasión se trataba de Jeff Bezos, el todopoderoso dueño de Amazon, que había encargado a unos astilleros de esta cuidad, propiedad de un inversor de Omán, la construcción del que iba a ser el velero más grande y caro del mundo.
El mega yate, eso sí, muy ecológico, de tres mástiles altísimos y sin motor, inicialmente conocido como Y721, mide 127 metros de largo y su coste estimado rondaba los 412 millones de euros. Ah, pero se produjo un inconveniente a la hora de su botadura: los mástiles no cabían por un emblemático puente de Rotterdam muy querido de los lugareños, camino al mar.
Pues nada, tratándose de Bezos, las autoridades locales se avinieron a desmantelar parte del histórico puente para que pudiera pasar sin problemas el nuevo juguete del magnate, y eso que poco o nada se sabía del interior del inmenso yate. Hubo protestas. Al final, no se colocaron los mástiles hasta que el impresionante casco hubiera pasado por debajo del puente sin desmantelarlo, eso sí, en secreto, sin que nadie se enterara, así evitando protestas.
Lo del yate de Bezos es sólo un botón de muestra de cómo se las gastan los amos del mundo, que en el fondo aborrecen, por mucho que presten interesada o caprichosamente servicios a ciertos gobiernos. Otros, como Bill Gates, se dedican a la filantropía, aunque no siempre con los resultados deseados, cuando lo que tendría que hacer es pagar sus impuestos como cualquier hijo de vecino. Otro gallo nos cantaría. Y es que ellos saben todo de nosotros y nosotros bien poco de ellos y sus ocultos designios. Los hombres más ricos del mundo son a la vez los mayores perpetradores de la desinformación, de la mentira, de lo fake. Por ahora, parece que no hay quien les pare los pies.
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