A estas alturas, ya no hay que preguntarse quién es Kyrie Irving. Ya sabemos quién es. Demonios, él mismo no hace nada por disimular ni esconder cómo van a ir las cosas si se quiere contar con su arrebatador talento. Uno de los mayores de la historia de la NBA, si hablamos de manejar la bola y meter canastas: el A-B-C del juego. Ese talento es tan monumental que, sumado al de Kevin Durant, no nos atrevíamos a descartar a los Nets hasta que no estuvo claro que el boicot que la propia franquicia se había aplicado había devorado todo, carcomida cualquiera posibilidad de reacción tardía. Es tanto que, al menos hasta ahora, siempre iba a haber una lista inacabable de equipos dispuestos a tolerar las cosas de Kyrie; a lidiar con sus idas y venidas, a cruzar los dedos para que todo fluya con él. Que no suele. Los Nets también lo hicieron, y han acabado siendo el primer equipo de la historia que se ha gastado más de 170 millones de dólares en salarios para no ganar ni un partido de playoffs. También son el primero que arranca una temporada como favorito número 1 en las casas de apuestas de Las Vegas y ni siquiera supera la primera ronda.

Kyrie tiene 30 años. A los Playoffs 2023 llegará con 31. En los últimos cinco años se ha perdido el 41% de los partidos. En los tres que lleva en los Nets, ha faltado en 123 y jugado 103 de 226 totales. Ya se sabe: la temporada pasada no quiso vacunarse, provocó un sainete mediático que mezcló con las normas contra la pandemia de la ciudad de Nueva York. Como solo podía jugar en casa, los Nets le apartaron para evitarse el circo. Pero cuando las cosas no iban súper (aunque desde ahí solo iban a empeorar) y Kevin Durant tenía que exprimirse cada noche para sacar adelante los partidos, los Nets recularon y aceptaron a Kyrie. Todos menos James Harden, que ya estaba de malas pulgas y para el que, se ha dicho después, la renuncia de Kyrie fue un factor clave de destemple. Cuando Kuyrie volvió en enero después de 35 partidos apartado, se pasó unos meses jugando solo a domicilio. Acabó con 29 disputados de 82, solo seis en su pista cuando se relajaron las reglas de la ciudad, y demasiados minutos (37,6 por noche, tope de su carrera) porque su equipo necesitaba cada victoria para, ya cuesta arriba, aferrarse a la repesca del play-in. Cuesta arriba, en gran parte, porque Irving se había pasado demasiado tiempo fuera del equipo. Pero con él no es solo eso: ha sufrido muchas lesiones y en la temporada 2020-21, la anterior a esta, se ausentó dos semanas por motivos que nunca fueron revelados.

Número 1 del Draft 2011, los Cavs no pasaron de 33 victorias en los tres años en los que lideró al equipo antes del regreso de LeBron James. Después de ganar el anillo de 2016, y jugar a un nivel superlativo como escudero del Rey en la mayor remontada de la historia, se hartó de la alargada sombra de su compañero y se fue a los Celtics, donde se hartó de no se sabe muy bien de qué. Pero se hartó. Y en 2019 decidió reunirse en los Nets con Kevin Durant, una franquicia que venía de la más absoluta ruina deportiva y que, cómo no, se plegó a todo lo que las dos súper estrellas querían, creían y creían que querían.

Kyrie es un jugador superlativo, único, indefendible. Con todo lo que ha pasado, esta temporada ha promediado 27,4 puntos y 5,8 asistencias. En marzo anotó 50 puntos con solo 19 tiros y una semana después llegó a 60. En playoffs jugó un primer partido fabuloso, en Boston y tres demasiado discretos después. Y aseguró que había sido un año muy duro, de mucho peso emocional y en el que había sentido que había decepcionado a sus compañeros y, con más razón que un santo, que había sido una distracción. También dijo, por si los Nets quieren motivos para el optimismo, que allí seguiría al lado de Kevin Durant. Porque, por si quieren motivos para temblar, su labor era “dirigir la franquicia” junto a alero, el propietario (Joseph Tsai) y el mánager general (Sean Marks).

Pero hay un problema: Kyrie es agente libre. O puede elegir serlo porque tiene una player option de 36,9 millones de dólares para la próxima temporada. Los Nets, que primero dieron lecciones de química y moral para explicar el ostracismo del base y luego cambiaron el discurso para reintegrarlo, en pleno caos, no se plantearon (o eso se ha dicho) ofrecerle en el arranque de este convulso curso una extensión máxima por cuatro años y unos 191 millones. Ahora Kyrie, si no se acoge a su player option, tiene la opción de firmar un contrato máximo con los Nets por cinco años y 247,6 millones. O puede ir a otro equipo y llegar a 183,6 millones por cuatro años.

En teoría, dar un contrato máximo a un jugador como él debería ser una decisión incuestionable. Lo más parecido a una certeza inmediata. Pero, recuerdo, va a cumplir 31 años, se ha perdido el 41% de los partidos en el último lustro y su comportamiento ha sido cada vez más errático. No ha sido fiable, mucho menos como referente de vestuario, y se ha acabado convirtiendo en un factor de desequilibrio y problemas. Ni siquiera es fácil tener claro, la verdad, si quiere pasar muchos años más en la NBA y todo lo que la Liga conlleva más allá de la pista, del juego. Así que ejecutivos anónimos, en los artículos que ya pululan en la prensa estadounidense, hablan del vértigo de invertir tanto dinero y tantos años. No en el talento de Kyrie pero sí en sus circunstancias. Una franquicia, en situaciones así, puede acabar convertida en rehén. Si es que no lo es ya. Porque quizá la pregunta (la de los de 247 millones, en este caso) no es tanto qué van a hacer en los despachos de los Nets sino, después de su apuesta radical de las dos últimas temporadas y con los ojos de Kevin Durant fijos sobre ellos, qué pueden hacer realmente. Es así de complicado.

source

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here