«Harden va a tener dificultades para conseguir que un excompañero de equipo lo presente en su introducción al Hall of Fame«. Eran las palabras de un jugador anónimo y retirado de la NBA antes de que se hiciera oficial el traspaso del escolta a los Sixers. Una frase que define a la perfección un capítulo más de la carrera de un jugador histórico que, sin embargo, deja tras su paso una montaña de cadáveres en forma de enemigos (dentro de los límites de la palabra) que ya acumulaba cuando se mantenía fiel (dentro de los límites de la NBA) a unos colores, y que va creciendo a medida que va cambiando de aires. Por si no fueran pocos, y de enorme magnitud, los que dejó en algo menos de una década en Houston; por si poner en su contra a Kevin Durant y Kyrie Irving fuera poco atrevido. Por si su enésimo fracaso en los Sixers fuera algo que se pudiera hacer todos los días.. Por si, por si

La carrera de Harden es la que es, sin condicionantes ni peros, sin posibilidad de encumbramiento innecesario o, claro, ejercicios de infravaloración. Harden es, y siempre será, un jugador legendario, uno de los mayores talentos ofensivos de todos los tiempos. Y también es, y siempre será, un hombre que ha caído presa de sus propios defectos, que nunca ha corregido lo que le impedía avanzar hacia los anillos y el Olimpo y que ha tenido, a la vista está, una ingente cantidad de egolatría y narcisismo que ha acabado marcando su carrera hasta límites insospechados. El jugador que ganó el MVP en 2018, tres títulos consecutivos de Máximo Anotador y llegó a promediar 36,1 puntos en una sola temporada (la mayor cifra desde Michael Jordan en la 1986-87) es el mismo que ha fichado y despedido compañeros a su antojo, ha sido caprichoso y se ha mostrado permanentemente contrario a asumir un rol distinto al que él mismo quería.

En una NBA en la que todo es posible o, mejor dicho, casi nada es imposible, Harden ha roto barreras otrora imbatibles, ha personificado la parte más aburrida del juego actual (el de los triples, las canastas en la zona y las posesiones eternas) y ha batido marcas y plusmarcas un día sí y otro también. Es parte indivisible de una era de evolución, que no de involución; también el mayor rival de una de las mayores dinastías de la historia, esos Warriors de los tres anillos y las cinco Finales. Pero no es nada más, porque sus equipos han reflejado lo que él mismo era, se han quedado en el camino que conducía al lugar definitivo en la historia y han caído presa de los errores propios. Y todo ello sin ser capaces de vencer al rival más importante: ellos mismos. Igual que Harden, que siempre ha chocado contra unas limitaciones que él mismo se ha autoimpuesto.

La historia de nunca acabar

Harden ha estado siempre en el ojo del huracán por sus hábitos, su poca ética de trabajo, sus constantes visitas a los clubes de striptease y un sinfín de otras manías (por llamarlas de alguna manera) que se le han atribuido. En 2012, tras ganar el premio a Mejor Sexto Hombre, fue utilizado como chivo expiatorio de la derrota de los Thunder en las Finales, en las que promedió 12,4 puntos (16,8 en regular season) y menos del 38% en tiros de campo (casi el 50). En los Rockets, Harden se erigió como líder de un nuevo proyecto que contó también con cadáveres con los que Harden se enfrentó en mayor o menor medida: Jeremy Lin, Kevin McHale y Dwight Howard fueron los protagonistas de la primera fase, saldada por unas finales de Conferencia en 2015 (4-1 ante los Warriors, claro).

Antes de la segunda fase, era obvio que el equipo necesitaba algo más para competir y Daryl Morey fichó a Mike D’Antoni, un hombre que siempre innova, y que pasó a la velocidad del Seven Seconds or Less a la lentitud del nuevo sistema, que tuvo como objetivo destronar a los Warriors: 55, 65 y 53 victorias los siguientes años, con derrota ante los Spurs y, por partida doble (y otra vez) ante los Warriors. Chris Paul llegó para adaptarse a la perfección al escolta, defender, jugar sin balón y demostrar su inmensa calidad y su propensión a las lesiones, en el quinto partido de esas finales del Oeste que fueron la mayor oportunidad de los Rockets desde que contaran en sus filas con esa casi deidad que representaba Hakeem Olajuwon. Sin embargo, no hubo excusas: los Rockets manejaron, sin Paul, diferencias superiores a los 20 puntos en el sexto partido y, en el séptimo, fallaron 19 triples seguidos para fracasar con ese único plan inamovible que acabó siendo su ruina.

Las cosas no cambiaron al año siguiente, con derrota, esta vez en semifinales, tras empatar la eliminatoria a 2 y sin un Kevin Durant lesionado. 4-2, adiós a las opciones y discusión entre bambalinas con Chris Paul, que se fue por petición de un Harden que solicitó la llegada de Russell Westbrook, al que quiso desahuciar un año después, tras la eliminación en la burbuja de Orlando. Dos traiciones consecutivas a dos jugadores que él mismo había solicitado. Y, sin que eso fuera suficiente, no contento con la salida de Westbrook pidió la suya propia, que forzó hasta la saciedad y acabó consiguiendo más por pesadez que por deseo de los Rockets, ya sin D’Antoni, sin Morey y con un Stephen Silas que no sabía absolutamente nada del tema ni había hablado con un jugador que demostró poca o ninguna lealtad con una entidad que lo había dado todo por él y hoy recoge las migajas de un proyecto fracasado.

Embiid, de compañero a víctima

Harden llegó a un proyecto que crearon, dentro de los parámetros de la era de los jugadores empoderados, Kevin Durant y Kyrie Irving. Fueron los que llegaron, los que no saltaron a pista en el primer año (Kyrie 20 partidos y Durant ninguno), echaron a Kenny Atkinson entre bambalinas y se dedicaron a manejarlo todo a su antojo. Hacer lo que buenamente podían con Joseph Tsai, el dueño, elegir a Steve Nash para que hiciera más bien poco en un puesto de entrenador que consideran más una obligación que una necesidad y ser los referentes de un proyecto que apuntaba (de momento, no lo han ganado) el anillo. Harden era un invitado de última hora. Y el escolta pronto asumió la función de base y aseguró que lo haría todo para ganar. Hasta que ese todo ha sido demasiado para lo que estaba dispuesto a dar.

Kyrie no se vacunaba, Durant tiraba con todo y, cuando se lesionó, fue a Harden al que le tocó hacer solos de guitarra. El escolta, en una forma física que se alejaba mucho de la que fue en sus mejores años en los Rockets, notaba mucho los back to backs, llegaba fatigado a los últimos cuartos, no estaba cómodo teniendo que tirar solo del carro, no estaba de acuerdo con la decisión de no vacunarse de Kyrie y se encontraba perdido en una ciudad en la que todo el mundo se encuentra, Nueva York. Y en Philadelphia le tiraba Morey mientras que en Brooklyn ya no estaba D’Antoni, asistente de Nash el año pasado, cuando una prórroga en el séptimo partido de las semifinales de Conferencia dejaba a Harden sin un anillo que nunca ha ganado. Una de sus (muchas) asignaturas pendientes. Deseos cumplidos, segundo traspaso forzado en un año y adiós al proyecto del big three. Uno que, a pesar de todo, siempre tuvo a dos estrellas y nunca llegó a tener a tres. Al final, solo 16 partidos para el trío con un récord de 13-3. Una asociación tan efímera que ni siquiera podemos preguntarnos eso de qué habría pasado si

Y en un nuevo lugar, idénticos resultados. Un inicio esperanzador (26,8 puntos, 7,5 rebotes y 12 asistencias en sus primeros 4 partidos) para hundirse después a 19,7+7+10,1 y apenas un 36% en tiros de campo. En playoffs, la otrora estrella se ha quedado en menos de 20 puntos por encuentro y apenas un 40% en tiros. Y ha intentado 13 tiros de campo en la serie ante los Heat, con una leve pero efímera resurrección en el cuarto asalto (31+7+9), pero una forma de borrarse en el sexto y último bochornosa: apenas 11 puntos, 9 tiros intentados, solo 2 en la segunda parte y 0 puntos en los últimos 24 minutos de juego. Un fracaso más dentro de una carrera llena de altibajos, con un talento descomunal para hacer de todo pero también para pecar de una indolencia supina que, una vez más, le deja fuera de la lucha por un anillo que no parece necesitar. Y eso último, como sensación, es lo peor de todo.

¿Y ahora qué?

Después de la incontestable derrota y de la imagen mostrada, los Sixers ponen rumbo al rincón de pensar. Es probable que Doc Rivers, Joel Embiid y James Harden no se vuelvan a juntar para el curso baloncestístico y que alguno de los tres se caiga, y el entrenador, al que se le acaban los argumentos desde que salió de los Celtics (su anillo en 2008 queda ya muy lejano) tiene una posición cada vez más complicada y no parece que esté contento con las decisiones de Daryl Morey y con cómo se ha rodeado a un Embiid con el que sí estaba en plena sintonía. El técnico ha sonado para los Lakers, que podrían estar esperando a que se solucionara su temporada para entrevistarle. Y por ahí se habla de Mike D’Antoni para los Sixers, algo con lo que Morey cumpliría un sueño: el de trasladar a Philadelphia todo lo que tenía en Houston.

Lo que tienen los Sixers, le vale a medias a Morey más allá de Embiid: Maxey mezcla buenas rachas con precipitaciones contantes, Niang está a medio gas, Milton no mete ni una y Danny Green, siempre útil, se le ha lesionado en el primer cuarto del sexto partido. Harden, por su parte, cobrará 47 millones de dólares la temporada que viene y espera una nueva renovación millonaria por parte de Morey, con 34 años y muy lejos de su mejor nivel. Y las filtraciones sobre la mala relación con otros compañeros de equipo ya ha comenzado. Una tónica muy constante, convertida en tradición, para un hombre convertido en un producto tóxico y que acaba mal con unos y con otros de forma indistinta y por los motivos que sean. Le valen todos.

James Harden llega a un momento clave en su carrera. El dinero que va a cobrar ya parece demasiado para una estrella que empieza a perder luz, y la hipotética idea de trasladar lo que había en Rockets a Sixers es objetivamente absurda. No se consiguió el anillo con el mejor Harden de siempre, no se va a conseguir ahora con uno de 34 años, de capa caída, que sigue con las mismas dinámicas extradeportivas de antaño y que crea un ambiente controvertido y tóxico allá dónde va. La reflexión ya le llega tarde a un jugador que ni tiene anillo ni parece tener ganas de conseguirlo. Y el traspaso que parecía que iba a cambiar la NBA ha acabado siendo el error procedente de las filias y fobias de Daryl Morey. James Harden, enemigo íntimo, no tiene excusa que valga a estas alturas. Se le han acabado. Y cada vez queda más lejos lo que más les cuesta a esos jugadores que lo han sido todo, pero han tenido una masa constante contraria a su persona: la redención.

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