Si los Suns, de largo el mejor equipo de la regular season y en la mejor versión de la historia de la franquicia (64-18), se acaban llevando el título, habrá que acordarse de partidos como este. De la jerarquía: la rebelión de los Pelicans fue ahogada (112-97) por un equipo que demostró que, sencillamente, es mejor. Y al que no le tembló el pulso en una noche de vértigo: con 2-2 (ahora 3-2), en su casa, todavía sin Devin Booker y con la obligación de ganar para no ir a jugarse la temporada a Louisiana. Ahora tienen dos opciones para cerrar: el jueves a domicilio y, si es necesario, el sábado de vuelta en Arizona. Y, seguramente, con Devin Booker en pista.

La cuestión es que, pese a sus malas sensaciones en la segunda parte del anterior partido, los Suns habían hecho su trabajo en NOLA: después de perder a Booker y el factor cancha en el crítico segundo partido, recuperaron el break y evitaron el primer disgusto. El segundo se lo ahorraron en este quinto partido. Todavía tendrán que sudar, y más si Booker sigue sin regresar, pero después de este partido las cosas pintan mejor. Mucho mejor. Y no hubo mejor prueba de que una victoria así era necesaria, por las matemáticas pero también por los corazones, que el calor de la grada, la actitud de los jugadores. Los gritos de rabia y los puños al cielo. Los Suns se sentían amenazados, golpeados por la fortuna y asaltados por un rival insolente. Cuando podrían haberse desencuadernado, enseñaron su mejor cara. Dice mucho de ellos.

Desde el 32-20 del primer cuarto, nunca pareció que la victoria fuera a escapárseles a los de Monty Williams, que sin embargo tuvieron que trabajar hasta el final. Porque después de minutos de holgura (en el tercer cuarto, hasta un 78-60), los Pelicans (99-92 a cinco minutos del final) estuvieron a un par de tiros de poner nerviosos de verdad a los Suns. No llegaron, y cada punto de inflexión del último cuarto sonrió a los locales, muy concentrados. Mérito también para los baby Pelicans, que no se dejaron avasallar y lo intentaron hasta el final. Incluso en un día en el que no encontraron sus tiros (40%, 5/25 en triples, 7 tiros libres fallados) y sumaron más pérdidas que asistencias (14 por 15). Y en el que quedó claro que jugadores como Graham y Hayes tienen que quedar fuera o casi, casi fuera de la rotación para engordar los minutos del frente joven: Jose Alvarado y Trey Murphy. El otro nuevo, Herb Jones, volvió a pasar de 40: ya es un imprescindible. Ni Ingram (22 puntos, 7/19) ni sobre todo CJ McCollum (21 con un 8/22) estuvieron a la altura que exigía la noche: el rival, el escenario. Y los Pelicans quedan al borde del K.O. en esté fantástico cierre de temporada en el que seguirán luchando, mañana. Y a ver qué pasa.

Chris Paul (22 puntos, 11 asistencias, una pérdida) perdió algún envite de Alvarado, su pesadilla particular, pero demostró desde el principio que la mala noche del cuarto partido no estaba en su cabeza. Jugó con mando, con clase, con experiencia. Y lanzó a DeAndre Ayton (19+9) y sobre todo a Mikal Bridges, la gran estrella de la noche: 31 puntos, 5 rebotes, 4 tapones, 4/4 en triples (2/9 en los cuatro partidos anteriores), 12/17 total en tiros, una defensa feroz… y 47 minutos en pista. No se le puede pedir al alero de hierro, el jugador que no se ha perdido ningún partido todavía ni en college (106 de 106) ni en regular season (309 de 309) y playoffs (27 de 27) de la NBA.

Los Suns, sumado este (llegaron 89-78) están 50-0 esta temporada cuando mandan al final del tercer cuarto. Se acerca al 57-0 de los Lakers 2019-20, que fueron campeones. El partido era peliagudo, feo, muy peligroso. El rival venía en crecida, sin nada que perder y propiciando nubarrones sobre el cielo normalmente radiante de Phoenix. Y Devin Booker estaba en el banquillo, vestido de calle. Era noche de aplomo, equipo y aspirantes (Bridges) a héroes. Y así ganaron los Suns. Equipo. Y 3-2. Baja la temperatura camino de Nueva Orleans.

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