Detrás de las rivalidades políticas internacionales, normalmente se ocultan mundanas apetencias económicas. La retórica nacionalista y las declaraciones ideológicas ocupan un lugar en el desarrollo de los acontecimientos, pero son las realidades económicas las que crean el contexto que sirve de marco de referencia para el comportamiento de los países y sus dirigentes.

Un ejemplo de ello es la situación de Ucrania. Planteada en términos políticos, es un escenario en el que un país pequeño lucha por su independencia de un poderoso vecino que se propone subyugarlo. Luce como uno de esos casos en los que la geografía ha determinado que un país débil deba vivir al lado de otro mucho más fuerte, del cual quisiera estar lo más lejos posible. Pero si es así, y su preferencia fuera no tenerlo cerca, la economía no parece comprobarlo.

Gracias al gasoducto que atraviesa por su territorio, Ucrania recibe cerca de dos mil millones de dólares anuales por el tránsito de gas natural ruso hacia Europa Occidental. Construido por los rusos en una época histórica muy distinta a la actual, el tráfico por el gasoducto se ve amenazado por uno nuevo, listo para entrar en operación, que va directamente desde Rusia hasta Alemania por debajo del mar, sin cruzar por Ucrania u otro país. Como es de esperar, la nueva ruta no es vista con agrado por Ucrania. Ni tampoco por Polonia que aspiraba a que fuese construida a través de su territorio. Ni por el Reino Unido y los EE.U.U., que compiten en el suministro de gas.

Sería una exageración decir que los debates acerca de los peligros de la dependencia energética de fuentes hostiles, son sólo un disfraz para esconder las verdaderas motivaciones económicas presentes en el trasfondo. No obstante, sería ingenuo ignorar que esas moti
Fuente: Diario Libre – https://www.diariolibre.com/

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