Economía
Planta industrial de Tata Steel en Port Talbot, al sur de Gales
Rafael Ramos
Port Talbot (País de Gales)
Un dragón rojo es el símbolo de Gales y, con un poco de imaginación y visto desde la carretera en la penumbra, parecería que viviera en Port Talbot, y de su boca surja por la noche el fuego que sale de los altos hornos de Tata Steel. Pero pronto dejará de ser así ya que el gigante indio ha anunciado el cierre de esas instalaciones con la pérdida de 2.800 empleos.
Para Port Talbot es una gran tragedia, similar a las que sufrieron Bridgend, Merthyr Tydfil, Llanelli y otras localidades de los valles del sur de Gales cuando Margaret Thatcher decidió echar el cerrojo a la extracción de carbón. Lo que siguieron fueron cuatro décadas de desindustrialización y declive que aún no han concluido, y que han convertido a la región en una de las más pobres de Europa (hasta el Brexit era de las que más fondos recibía de la UE).
De los 32.000 habitantes de Port Talbot (y 140.000 del área metropolitana), una tercera parte trabajan en los altos hornos de Tata Steel, que compró a Corus (anteriormente British Steel) en el 2007. Hay generaciones enteras que se han ganado la vida haciendo acero, y todavía hoy es raro encontrar a alguien que no tenga un primo, un sobrino o un amigo en la fábrica. El impacto sobre la comunidad va a ser terrible, no sólo para quienes se van a quedar en el paro, sino para los cafés, restaurantes, tiendas… Si ya hoy un 16% de los niños viven en una pobreza casi tercermundista, pronto será peor.
El pretexto al que se ha aferrado Tata Steel es la necesidad de adaptarse a los nuevos preceptos medioambientales y a las obligaciones impuestas tanto por Londres como por el gobierno autonómico de Cardiff, controlado por el Labour, a fin de descarbonizar el país para el año 2050 (la planta emite el 2% de todo su CO2). Pero sindicatos y trabajadores se quejan de que la multinacional había prometido una transición, y ha actuado sin piedad.
El trasfondo económico es ineludible, ya que Tata Steel ha perdido 150 millones euros por sus operaciones en Port Talbot en el último trimestre, casi dos millones de euros al día. De hecho, siempre ha estado en números rojos, y numerosos expertos cuestionaron el sentido de adquirir lo que entonces eran los altos hornos de Corus. Sus ejecutivos explican que eran necesarias unas mejoras inviables en el marco actual (aunque la empresa madre ha repartido 1650 millones de euros en dividendos desde el 2019).
La opción de Tata es cerrar los altos hornos y sustituirlos -con una subvención de 600 millones de euros- por un horno eléctrico de arco que no necesita quemar carbón y por tanto más higiénico, pero que no producirá el acero virgen de primera calidad que requiere la industria automovilística, y clientes como BMW y Nissan. Para ellos -dicen los sindicatos- tendrá que importarlo de China, la India o Japón, trasladándolo en barcos impulsados por motores a diésel y en el fondo contaminando más.
La industria británica del acero lleva en realidad mucho tiempo muriendo a cámara lenta bajo el peso de la competencia, produce menos que Francia y Alemania y, aparte de los altos hornos de Port Talbot, dispone tan sólo de otros dos en Scunthorpe (norte de Inglaterra). Stephen Kinnock, el diputdo laborista que representa a la localidad en los Comunes, dice que “se trata de un desastre no sólo a nivel económico sino de seguridad nacional, al incrementar la dependencia energética del país justo cuando la guerra de Ucrania parece recomendar lo contrario”.
Port Talbot se va a convertir en una ciudad fantasma. El acero será más verde, pero el dragón rojo de Gales quedará muy herido.
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