Internacional
Un pesebre entre cascotes con un niño Jesús abrigado con una kufiya palestina, colocado en una iglesia luterana de Belén, en Cisjordania, se ha hecho viral en redes sociales y medios de comunicación por su doliente mensaje navideño en el horror de la guerra.
El pesebre y la figurita no están en la Franja de Gaza, pero a ese territorio palestino castigado por los bombardeos israelíes se remite Munther Isaac, pastor en la iglesia evangélica luterana de la Natividad, en Belén. “Queremos mandar un mensaje al mundo de que así es como se ve la Navidad en Gaza y en toda Palestina; así es la Navidad en el lugar de nacimiento de Jesús: niños asesinados, casas destruidas y familias desplazadas”, declaró Isaac a medios internacionales. “Si Jesús volviera a nacer en nuestros días –lamentó-, lo haría bajo los escombros de una casa en Gaza”.
La brutal contundencia de la respuesta militar israelí al ataque terrorista de Hamas del pasado 7 de octubre, en el que murieron 1.200 civiles israelíes y 240 fueron secuestrados, nos golpea a diario con imágenes de la infancia palestina perdida de Gaza: cadáveres de niñas y niños envueltos en sudarios, criaturas ensangrentadas llevadas en volandas por familiares aterrorizados, o bebés prematuros condenados a morir en hospitales evacuados a la fuerza.
En los lugares del mundo donde la natalidad es alta y el conflicto es perenne, los menores de edad son siempre víctimas. De los 20.000 palestinos que han muerto en Gaza por acción militar israelí en estos casi tres meses de guerra, en torno al 70% son niños (8.000) y mujeres (6.200), según el Ministerio de Sanidad de la Franja, controlado por Hamas. Estas cifras están contestadas porque no distinguen entre civiles y combatientes de Hamas, pero el sentido común indica que las cifras de mujeres y niños muertos no solo son plausibles sino que probablemente son más altas, pues se estima que hay al menos 7.500 cuerpos atrapados bajo los escombros.
Pesebre en la iglesia luterana de Belén (Cisjordania) 
Las masacres duelen en cualquier lugar del mundo, y estas que ocurren en Tierra Santa se revisten de un significado simbólico que clama al cielo por un alto el fuego que evite más sangre, más hambre y más destrucción.
En Palestina, cuna del cristianismo, viven unos 47.000 cristianos, según el último censo de la Oficina Central de Estadísticas Palestina, compilado en el 2017. La mayoría son ortodoxos, si bien casi todas las confesiones cristianas están representadas. Dos de los enviados especiales de La Vanguardia a cubrir el conflicto sobre el terreno, nuestros compañeros Joaquín Luna y Robert Mur, han relatado en los últimos días lo que se siente y vive en la ciudad palestina donde, según los evangelios de Mateo y Lucas, estaban María y José cuando nació Jesús.
En su recorrido por Belén, Luna retrató una ciudad sin turistas y sin campaña navideña, base del empleo, porque allí se vive en un 90% del turismo y ahora los hoteles han cerrado. Mur fue en domingo a la basílica de la Natividad –donde la tradición sitúa el nacimiento de Jesús– y vio a un ortodoxo rezando con un papelito con nombres de amigos palestinos que no podían estar ahí debido a la guerra en Gaza.
Belén, a una decena de kilómetros al sur de Jerusalén, está rodeada de asentamientos israelíes, y sus 30.000 habitantes sufren el ambiente de tensión bélica. El Ayuntamiento ha decidido no encender luces navideñas ni ornamentar las calles. Solo se mantienen las misas y servicios religiosos para la comunidad cristiana del lugar. Y un pesebre en una iglesia recuerda la tragedia.
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