Internacional
La fisura
Èric Lluent
Grindavík ( Islandia). Servicio especial
Un puesto de control vigilado por seguridad privada y miembros de los equipos de rescate es la puerta de acceso al espacio restringido de la península de Reykjanes, donde los geólogos apuntan que pronto puede haber una nueva erupción volcánica. Solo pueden entrar vecinos y propietarios de negocios de Grindavík, y los periodistas acreditados. Después de revisar mi documentación, me dan permiso para dirigirme hacia el sur, por la carretera 43.
Paso por la llamada zona 3, que tiene un grado de alerta rojo, lo cual significa que allí se pueden abrir nuevas fisuras eruptivas en cualquier instante. En las afueras de Grindavík veo grupos de obreros operando maquinaria pesada que se apresuran a construir una nueva fortificación en las afueras del núcleo urbano para intentar detener una posible colada proveniente del nordeste. El muro del suelo ya se eleva unos cinco metros, pero todavía quedan meses de trabajos. Bajo por la vía central y me detengo delante del supermercado Nettó, que ahora permanece cerrado. El mío es el único vehículo de un parking que antes de la evacuación del pueblo siempre estaba concurrido. En la intersección de las dos calles principales hay una reja que delimita el epicentro de la fisura que se abrió la noche del 10 de noviembre, cuando los 3.700 habitantes de Grindavík se tuvieron que marchar de casa por los violentos terremotos.
Traspaso la valla. Allí, la corteza terrestre se abre ante la iglesia y la grieta sube hacia el polideportivo y la piscina. La trama urbana se ha destripado, se ha roto como una tela y, además, el oeste del pueblo se ha hundido medio metro, reforzando una imagen de desequilibrio que impresiona. Un bordillo de cemento cuelga como un hilo, de un lado al otro, evidenciando el colapso, y una farola inclinada resiste entre la tierra removida. Estoy solo, justo en medio de la falla que ha trastocado la vida de este pueblo pesquero, y pienso adjetivos que no hayan perdido el significado por un uso poco esmerado y excesivo. Intento evitar el tópico, el lugar común, pero hay una palabra que se presenta insistente en mi mente: apocalíptico. Es, sin ningún tipo de duda, un escenario propio de una ficción sobre el fin del mundo. En la media hora que hace que estoy, no he visto a ninguna persona en el centro de la población, tan solo unos pocos vehículos que circulan arriba y abajo. Grindavík se ha convertido en un pueblo fantasma, un pueblo en silencio. Donde antes había niños saltando sobre una grande cama elástica de colores, ahora está la fisura, que es la prueba geológica que algo de una fuerza extraordinaria ha sucedido en aquel lugar.
Desde la Nochebuena, los vecinos de Grindavík tienen permiso para vivir en casa, si bien son pocos los que han vuelto. Después del inicio de una disputa legal por parte de algunos propietarios del pueblo, las autoridades cedieron y les permitieron habitar de nuevo sus hogares, subrayando, eso sí, que lo hacen bajo su propia responsabilidad y que están en una zona de riesgo volcánico. La mayoría ha optado por esperar y ver la evolución de los acontecimientos desde fuera de la región. No obstante, anteayer, un obrero se cayó por la fisura y está desaparecido, por lo cual las autoridades estudian volver a prohibir el acceso.
El 29 de diciembre, el Consejo de Ministros anunció la construcción de una fortificación para proteger el norte de Grindavík. Esta era la principal demanda del alcalde de la población, Fannar Jónasson, que entiende que la obra es un paso esencial para poder restablecer la seguridad de sus vecinos. “Este es un proyecto extremadamente importante que podría proteger el pueblo de lenguas de lava en el caso de una erupción volcánica próxima”, declaraba entonces Jónasson.
El pasado fin de semana, la Laguna Azul –la atracción turística más importante del país– volvió a abrir las puertas, después de que la Oficina Meteorológica de Islandia presentara un nuevo informe de riesgos en que la región donde está la instalación pasó de tener una alerta de color naranja a amarillo.
La reapertura de la Laguna Azul –que da trabajo a 850 personas– ha generado críticas entre una parte de la población islandesa que cree que esta operación supone un riesgo para los turistas y que la decisión se ha tomado por intereses económicos. Consulto sobre la cuestión al profesor de geofísica de la Universidad de Islandia Magnús Tumi Gudmundsson, una eminencia en el ámbito del estudio de los volcanes y uno de los científicos que siempre está en el helicóptero oficial que hace el primer reconocimiento cuando empieza una erupción en la isla. Le hago una pregunta directa: ¿es seguro de que los turistas vayan al Lago Azul? “No estoy totalmente satisfecho con la apertura de la Laguna Azul. Si trabajamos con la asunción de que la erupción tendrá lugar en la misma fisura que erupcionó en diciembre, pasarán varias horas hasta que la laguna esté en peligro. Habiendo dicho esto, se tendría que explicar la situación claramente a todos los visitantes, e informarlos sobre cómo proceder en caso de evacuación. Desconozco cómo se está haciendo eso ahora mismo en la Laguna Azul”, responde Gud­mund­s­son.
Por su parte, Helga Árnadóttir, jefa de ventas de la Laguna Azul, asegura que la reapertura es consecuencia de las recomendaciones de las autoridades y apunta que continuarán siguiendo sus consejos. “Nuestros clientes reciben un plan de evacuación en el correo electrónico antes de su visita y, de nuevo, cuando llegan”, afirma Árnadóttir. La responsable de la instalación subraya que la estructura de los edificios ha sufrido “daños mínimos” y que está diseñada para resistir “desastres naturales como terremotos”. No obstante, la empresa no comunica a sus clientes la poco probable –pero no descartable– posibilidad de que el volcán erupcione muy cerca de la laguna. De hecho, esta semana Vidir Reynisson, director de Protección Civil, confirmaba al diario islandés Morgunbladid que no excluyen de sus previsiones una erupción en la misma central geotérmica o en Grindavík.
Los vecinos de Grindavík no quieren hablar. Seguro que la praxis de algunos periodistas locales más propia de la prensa amarilla o la historia de un fotógrafo de la televisión nacional que fue grabado intentando entrar ilegalmente en una vivienda evacuada no han ayudado a la relación entre el vecindario y los medios, pero hay una razón más poderosa para no atender a los reporteros. La salud mental de los habitantes de Grindavík preocupa y la sobreexposición mediática de su dolor no los ayuda. Desde hace tres años, han convivido con los terremotos y la incertidumbre, pero ahora el peor de los escenarios se ha convertido en realidad. El gran interrogante para ellos es saber qué pasará, pero la única respuesta la dará el tiempo y la naturaleza. Ante esta situación, la prudencia es lo mejor en el vecindario.
En su mensaje de fin de año, el alcalde Jónasson dejaba claro que la prioridad para el 2024 tiene que ser la salud mental. “Ninguno de nosotros quiere empezar el nuevo año en estas condiciones. Sin duda, muchos se sienten cansados y angustiados después de todo el caos de las últimas semanas y por la incertidumbre que aún afrontamos. Por lo tanto, querría animar a todo el mundo a considerar su bienestar mental y a cuidar a sus seres queridos”, decía el alcalde.
Los evacuados de Grindavík han optado por un silencio que, si lo respetamos y lo sabemos interpretar, nos dice mucho más que la exposición morbosa de la voz de las víctimas de un desastre natural que –los expertos apuntan– puede alargarse durante décadas.
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