Big Vang
Esto no ha hecho más que empezar. Si 2023 ha sido el año del asombro, 2024 será el de la incorporación masiva de la IA a un número creciente de actividades. 
Botones de muestra: los 3.000 millones de dólares que Novartis y Eli Lilly pagarán a una spinoff de Google DeepMind para aplicar la IA al desarrollo de fármacos; la iniciativa de Apple de aplicar la IA directamente en los iPhones, en lugar de acceder a ella vía internet; el lanzamiento en diciembre de Gemini, la IA de Google para competir con ChatGPT-4; Open AI, por su parte, prevé lanzar este año ChatGPT-5…
El logo de Chat GPT
No se sabe aún cómo la eclosión de la IA va a cambiar el mundo. Sí se sabe, porque ha sido una constante a lo largo de la historia humana, que todo avance tecnológico disruptivo conlleva un riesgo de desigualdad, de dominación y de explotación. Pueden hacer memoria: la domesticación del caballo, que dio ventaja a los guerreros; la agricultura, que dividió las sociedades en ricos y pobres; la escritura, que las dividió en instruidos y analfabetos; las armas y los barcos con los que los europeos esclavizaron los pueblos de África; o, más recientemente, cohetes y satélites, que se desarrollaron con el propósito de dominar el mundo; o las tecnologías digitales que facilitan la monitorización de los ciudadanos.
Cuanto más disruptiva es una tecnología, mayor es el riesgo de que agrave las desigualdades y la explotación. Con la IA, el riesgo es extremo. Pero ahora tenemos valores diferentes a los de los antiguos navegantes esclavistas. Tenemos una Declaración Universal de Derechos Humanos, no siempre respetada pero presuntamente reconocida por todos, y mecanismos de regulación que han evitado daños de otras tecnologías potencialmente dañinas como los arsenales nucleares o las armas biológicas.
No va a ser posible regular la IA a gusto de todos, porque quienes han empezado a beneficiarse tienen prioridades diferentes que quienes temen resultar perjudicados. Y cuanto más tarde en regularse, más difícil va a ser, porque mayores serán los intereses creados y mayores los desacuerdos. Pero esto no debería ser motivo para permitir que la IA se desarrolle según la ley de la jungla. Será mejor una regulación subóptima, si blinda el respeto a los derechos humanos sin coartar el avance tecnológico, que ninguna regulación.
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