Solo tres semanas después de arrancar su mandato, el presidente Abelardo de la Espriella ha organizado su primer gran evento en una plaza pública, la Plaza de Bolívar, en el centro de Bogotá: convocó a un evento de oración. “El presidente entregó la nación a Cristo”, anunció allí un miembro de la iglesia católica, mientras que el jefe de Estado coronaba una estatua de la Virgen de Fátima, la misma que estuvo en su posesión presidencial. El presidente, un antiguo ateo convertido al catolicismo, no logró movilizar a miles a la plaza principal del país en la noche del viernes, que se llenó a un poco menos de la mitad. Pero convocó al evento justo cuando, desde varias esquinas ―liberales, ateas y de otras religiones― lo señalan de querer imponer sus creencias católicas en un Estado que se define como laico y multicultural.
Las redes sociales oficiales del Gobierno fueron la plataforma en donde se llamó a la jornada de oración, llamada la Gran Velatón, en honor a las víctimas del terremoto del pasado 10 de agosto. Desde las cuatro de la tarde, soldados entregaban velas blancas a quienes entraban a cuentagotas a la Plaza de Bolívar. Pero quienes tuvieron más protagonismo allí, durante las dos horas que duró el evento, no fueron los más afectados por el sismo sino los líderes religiosos. El Gobierno invitó a la tarima a cantantes de pop de la Misión Carismática Internacional, una de las iglesias evangélicas más grandes del país, que movilizó a cientos durante la campaña presidencial; y a los Caballeros de la Virgen, católicos que también emocionaron al público con un coro. “Jesús, tú eres la persona más importante en este lugar”, cantó el presidente, mientras elevaba sus brazos al cielo.
Para quienes son sus seguidores, traer la religión cristiana y católica al Estado ha sido un bálsamo. Así lo dice Santiago Rojas, de 18 años, sentado en la tercera fila del evento ―la Gran Velatón contaba con sillas rimax para lo que se esperaba como una misa―. “Los que dicen que la iglesia no debe ser parte de la política, no entienden que la política es servicio, y nosotros hemos servido mucho como iglesia: con voluntarios, con donaciones, nosotros queremos ayudar a Colombia”, dice Rojas, quien es miembro de la Misión Carismática Internacional. “Y el servicio cristiano te permite ver la verdad, que es la Palabra de Dios”, añade.
Pero entre el público también había críticos del presidente. Sara Alejandra Misnaza es musulmana y miembro de la Mesa de asuntos religiosos del departamento de Nariño, que busca la buena convivencia entre diversos creyentes. “Vengo a este evento porque yo también tengo dolor de patria por lo que pasó”, dice Misnara sobre el terremoto. “Pero también soy defensora de la libertad religiosa, y me parece que lo que hace el Gobierno es una vulneración a la neutralidad y laicidad del Estado, porque nos excluyen de estos eventos. Y no solo a los musulmanes, sino a los budistas, a los anglicanos, a todos los demás. No estamos en contra de que Dios esté en estos actos oficiales, pero cada religión debe tenerse en cuenta”, añade.
El presidente convoca al evento religioso al tiempo que, durante la semana, ha recibido duras críticas, jurídicas y políticas, por su falta de respeto a los principios de laicidad y neutralidad. Un juez le exigió disculparse por vulnerar la neutralidad religiosa en su posesión como jefe del Estado, cuando organizó allí una oración con un rabino, un pastor evangélico y sacerdotes católicos. No estaban, como critica Misnara, otras religiones. El mismo juez, en fallo de primera instancia, le ordenó al presidente abstenerse de conductas que lleven aparejada “su inclinación a la Iglesia católica o a cualquier otro credo particular”.
Pero el jefe de Estado no parece recular en su actitud. Además de convocar a la oración en la Plaza de Bolívar, un día antes encomendó su política universitaria, en cinco instituciones de educación superior, a un sacerdote católico. Las críticas por su actitud religiosa se han vuelto recurrentes, pero el presidente no ha respondido a estas.
“Resulta aún más grave que se aproveche el momento de mayor vulnerabilidad y duelo colectivo tras una catástrofe para legitimar y promover una cosmovisión religiosa desde las altas esferas del poder, lo cual constituye una instrumentalización del dolor social contrario a la ética pública en un Estado aconfesional y laico”, criticó la Asociación de Ateos de Bogotá sobre la Gran Velatón.
El Gobierno, sin embargo, dice que quiere “unir a Colombia” con la oración. La Gran Velatón fue liderada en un primer momento por la esposa del presidente, Ana Lucía Pineda. En su nuevo rol de primera dama, ha sido encargada de recibir toneladas de donaciones privadas para los damnificados del terremoto en la campaña ‘Colombia un solo corazón’. “Dios nos permitió unirnos en oración”, dijo ella en el evento religioso en la Plaza de Bolívar. “Que Dios bendiga a cada familia, que Dios nos llene de fortaleza para seguir llevando luz y esperanza”. Al final del evento, cuando su marido coronó a la Virgen de Fátima, Pineda puso también un rosario en las manos de la estatua.
