Cientos de sillas Rimax y una tarima adornada con flores blancas llenaron la Plaza de Bolívar. Las pantallas anunciaban lo que estaba por ocurrir esa tarde del viernes pasado: la oración por Colombia, una velatón organizada por la primera dama, Ana Lucía Pineda, que terminó por ser todo un evento del gobierno nacional, con la presencia del presidente, Abelardo de la Espriella.
Ya cayendo el sol, llegaron hasta el frente de la tarima hombres con hábitos café y cruces blancas y rojas en el pecho. Eran los Caballeros de la Virgen, una orden religiosa fundada por un sacerdote brasileño anticomunista que tuvo especial protagonismo en esa vigilia. Uno de sus integrantes cerró la noche diciendo: “Hoy el presidente entregó la nación a Cristo, un aplauso al señor presidente y a la primera dama“.
Una semana antes, la primera dama convocó esta velatón como un espacio para orar por las víctimas del terremoto del 10 de agosto por medio de un video que publicó en sus redes sociales y en el que también salía Rodolfo Londoño De la Espriella, capellán de la Presidencia y hoy delegado ante los consejos superiores de cinco universidades públicas del país.
Pero a horas de iniciar la velatón del pasado 28 de agosto, las redes de varios ministerios anunciaron que se unían a este evento. La Cancillería publicó su apoyo a la “Gran Velatón Oración”, el Ministerio del Interior le dio primer plano a la Virgen de Fátima y el Ministerio de Cultura resaltó la procesión organizada por los Caballeros de la Virgen esa noche.
Lo que empezó como una simple iniciativa de la primera dama terminó siendo un evento que organizó el gobierno, y el primer acto en plaza pública desde que Abelardo De la Espriella asumió la Presidencia.
La “gran” oración por Colombia
La Plaza estuvo cerrada desde la mañana del viernes mientras se alistaba para la oración. Allí había carros con equipo de logística, sillas, vallas y carpas; un camión de Rtvc, una consola de sonido y video, una grúa de grabación, y pantallas al centro y a los costados que mostraban el logotipo del Gobierno de Colombia.
Para cuando abrieron el acceso ya había cientos de sillas y, en la parte más cercana a la tarima, acordonada con terciopelo rojo, estaban los asientos destinados a todo el gabinete de ministros y para el vicepresidente, José Manuel Restrepo, y su esposa, Tatiana Céspedes y la familia presidencial.
La lista de invitados la completaba el alcalde de Bogotá, Carlos Fernando Galán, con su esposa, Carolina Acosta; el gobernador de Cundinamarca, Jorge Rey, con su esposa, Alexandra Pulido; la primera dama de Cali, Taliana Vargas; el capellán de Presidencia, Rodolfo Londoño; y congresistas, directores de departamentos administrativos y representantes de gremios empresariales.
En esa lista, además, había representantes del “diálogo interreligioso”, interlocutores de otras confesiones religiosas que, por invitación de la primera dama o del Ministerio del Interior, también estaban participando de esta noche de oración.
Aun así, esta ceremonia estuvo cargada de un fuerte simbolismo católico. Al lado izquierdo de la comitiva presidencial, los asientos estaban destinados, casi en su mayoría, a los Caballeros de la Virgen, que llevaban estandartes de María.
A la derecha, en cambio, estaban los representantes de las iglesias cristianas protestantes o evangélicas: John Milton Rodríguez, liquidador de MinIgualdad y pastor de Misión Paz; Héctor Pardo, pastor del Tabernáculo de la Fe; y Laudjair Guerra, esposo de Sara Castellanos, senadora de Salvación Nacional. Estos dos últimos pastores de la iglesia Misión Carismática Internacional, fundada por los padres de Castellanos.
Decenas de vallas metálicas y varios integrantes del cuerpo de seguridad —que incluía escoltas personales, policías y trabajadores de Orange Logistics, una empresa de logística que en sus redes afirma “honrar al Señor”— separaban a los invitados del resto del público presente.
Justo detrás de esa división estaba Sara Alejandra Misnaza, representante legal de la confesión islámica de San Juan de Pasto e integrante de la Mesa de Asuntos Religiosos del departamento de Nariño. Ella cuenta que no recibieron una invitación formal de parte del gobierno, solo les llegó un mensaje por un grupo de WhatsApp para líderes religiosos, enviado por el Ministerio del Interior.
“La entrada fue terrible; no nos dejaban ingresar siendo líderes religiosos de otras confesiones y solo dejaron entrar a los Caballeros de la Virgen”, cuenta Sara. Ella iba acompañada de un obispo de una de las iglesias cristianas ortodoxas que tiene presencia en Colombia y que prefirió no referirse a esto, pero que en todo caso destacaba por su túnica y mitra (una especie de corona redonda) negras.
Citando el artículo 19 de la Constitución Política, Sara Misnaza agregó que “esta debería ser una oración donde nos convoquen a todos los líderes religiosos y donde no se nos imponga una forma determinada de orar”. Dijo, además, que le daba tristeza ver que haya confesiones religiosas de primer y segundo nivel.
Durante toda la ceremonia, tanto Sara como aquel obispo ortodoxo permanecieron detrás de la valla de seguridad, y mientras Ana Lucía Pineda enunciaba en su discurso la lista de invitados, no mencionó a los otros representantes de distintas religiones.
El simbolismo religioso que se tomó la Presidencia
Mientras entraban cientos de personas, militares iban con cajas repartiendo faroles con imágenes de la Catedral Primada y velas blancas o amarillas. Una de las asistentes, que pidió omitir su nombre, cuenta que estos faroles fueron donados por los Caballeros de la Virgen y, además, tenían logos de empresas como Rápido Ochoa o de fabricantes de velas.
Camilo Vinasco, uno de los integrantes de la orden, cuenta que recibieron la invitación de parte de la capellanía de la Presidencia y que la mayoría de los integrantes de esa orden estaban al frente, a la espera de la procesión con la Virgen de Fátima que iban a realizar al final.
Dos días después de esta velatón, De la Espriella tuvo que ofrecer disculpas por el acto religioso de su posesión, en la que un cura, un rabino y un pastor hicieron una oración. En esa alocución dijo: “Si este acto pudo generar incomodidad o si ofendió a alguna persona, en mi condición de jefe de Estado ofrezco excusas por ello”. Sin embargo, al terminar su discurso, cerró con un “¡Viva Cristo Rey!” que volvió a desafiar la laicidad que le impone la Constitución.
Y es que esta fue una de las expresiones que más se escuchó ese viernes en la noche en la Plaza de Bolívar. Aunque De la Espriella no habló ante el público, quienes estaban allí —muchos seguidores del presidente— gritaban “¡Viva Cristo Rey!” a la par que “¡Firmes por la patria!” o “Yo confío en el tigre”.
El grito cristiano tiene una historia particular. En México, era un lema utilizado durante la Guerra Cristera (1926-1929), un conflicto que enfrentó a los sectores más católicos de ese país en contra del gobierno por las restricciones a las expresiones religiosas. Este lema quedó vinculado con los creyentes que fueron ejecutados durante la persecución religiosa y lanzaron el grito frente a los pelotones de fusilamiento.
También fue usado en España, durante la Guerra Civil y la posterior dictadura franquista, asociado a los sectores más conservadores. Durante la guerra estuvo fuertemente vinculado al bando sublevado de Francisco Franco, y luego formó parte de la identidad del nacionalcatolicismo durante los más de 30 años que duró la dictadura.
Claudia Corredor, otra de las asistentes al evento, cuenta que llegó por invitación de la iglesia de la que hace parte, Ministerio Isacar. Menciona que “la nación tiene que volver a los pies de Dios y por cuatro años hubo mucha brujería”.
Ella dice que Dios escogió al presidente y que le ha dado consejos por medio de alguien cercano a él. La persona a la que se refiere es Santiago Castellanos, uno de los líderes religiosos de la iglesia Ministerio Isacar.
Corredor, quien cuenta que ha sido cercana a Castellanos, agrega que él recibió la invitación de parte de la oficina de la primera dama y aceptó participar en la organización del evento. Según ella, Santiago también ha recibido una invitación para trabajar con De la Espriella en el que es uno de los gobiernos con más figuras religiosas presentes, pero, según ella, “Dios todavía no le ha dado la autorización” y por eso no ha aceptado.
La oración estaba programada para empezar a las 6 de la tarde. Aunque durante toda la tarde cientos de personas entraron a la Plaza, más de la mitad de las sillas quedaron vacías. A esa misma hora, miembros del equipo de logística empezaron a recoger algunas de las sillas que estaban al fondo y que en todo caso nunca fueron ocupadas.
Así, con la Plaza a medio llenar, llegó Abelardo De la Espriella media hora después de lo programado, acompañado de escoltas que lo rodeaban con escudos.
Los presentadores Carlos Calero y Rochi Stevenson dieron inicio al acto, que abrió con el himno nacional a cargo de la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia. También se presentó el dúo Siam y otras agrupaciones musicales católicas o cristianas, como Somos Uno Worship, de la iglesia Misión Carismática Internacional.
Al inicio de la ceremonia, algunos policías y escoltas personales, los que estaban ubicados más cerca del escenario, se fueron hasta la valla de seguridad y empezaron a repartir, entre el público, paquetes con rosarios, imágenes de la Virgen y libros de oraciones, mientras las personas pedían que les entregaran alguno de esos paquetes.
La velatón duró casi dos horas. El acto central fue una “meditación de los siete dolores de Colombia”, en referencia a uno de los ritos de la Iglesia católica. Allí, figuras religiosas y políticas hicieron siete lecturas de la Biblia que vincularon con los padecimientos que sufrió el país por el terremoto, todo esto acompañado de cantos y rezos, mientras cada tanto la cámara enfocaba a De la Espriella y a su esposa rezando.
La velatón terminó con una procesión organizada por la Orden de los Caballeros, quienes llevaron una imagen de la Virgen de Fátima, la misma advocación que estuvo presente en la posesión presidencial. En medio de un coro que cantaba sobre la Virgen María y el destino del mundo, y de los aplausos de una Plaza que se vaciaba cada vez más por la lluvia, De la Espriella le impuso una corona a la Virgen.
