Apenas un mes después de llegar al poder, que se cumplen este lunes 7 de septiembre, el presidente Abelardo de la Espriella ya enfrentó una emergencia nacional por un terremoto, desmontó la fallida “paz total” y exhibió los primeros resultados de su estrategia de seguridad. Un mes que, en circunstancias normales, habría estado dedicado a instalar su agenda económica y política, terminó convertido en una sucesión de pruebas de fuego que definieron, antes de lo previsto, el carácter de su mandato.
Fuentes del Gobierno, que no están autorizadas para hablar oficialmente, le dijeron a EL COLOMBIANO que están “sorprendidos” con el carácter del jefe de Estado pues “tiene mucha energía, tira línea, se anticipa y calcula la estrategia”. En su personalidad refleja el tono que le quiere imprimir a su administración. “Pide mostrar todo el tiempo lo que se está haciendo, a veces en tiempo real y eso deja una impronta de estar trabajando”. Una reedición del “trabajar, trabajar y trabajar” del expresidente Álvaro Uribe.
El país ha visto el profundo contraste entre los estilos de gobierno del presidente entrante y el saliente. Mientras Gustavo Petro, en sus primeros días como presidente, faltaba a compromisos de su agenda, dejaba metidos a alcaldes y no daba razón de dónde estaba; Abelardo de la Espriella es todo lo contrario, todo el día está en función de trabajo, y lo muestra a través de sus redes sociales y de los activistas que lo acompañan, y en vez de fallarles a los alcaldes regaña a los que llegan tarde a las reuniones.
Quienes conocen a De la Espriella de tiempo atrás aseguran que es un hombre enfocado en el triunfo, tal vez por eso no se ha dedicado solo a atender el terremoto sino que desde el primer día en el cargo ha desarrollado una calculada estrategia de combate a los grupos criminales.
EL COLOMBIANO hizo un recuento de los cinco momentos que han definido sus primeras semanas en la Presidencia.
1. El terremoto que lo puso a prueba
La primera gran crisis de la administración De la Espriella llegó apenas tres días después de la posesión presidencial. El primer lunes en el cargo —tal como quien llega a un trabajo nuevo y le toca resolver con lo que hay— el jefe de Estado tuvo que asumir un gran reto, mucho antes de lo que cualquier plan de gobierno hubiera anticipado.
El 10 de agosto, un terremoto de magnitud 7,4 sacudió al país y dejó una de las mayores emergencias humanitarias de los últimos años. Con más de 300 víctimas mortales, miles de heridos y extensas afectaciones en varios departamentos, el nuevo Gobierno tuvo que pasar abruptamente de la posesión en Cali a la gestión de una tragedia nacional. Tiempo para instalarse, adaptarse o planear con calma no hubo: la realidad impuso su propia agenda desde el primer momento.
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Esa mañana el presidente no se encontraba en Bogotá, sino en Barranquilla, ciudad donde reside su familia y que se ha consolidado como una suerte de “capital alterna”, desde donde también despacha buena parte de sus funciones. Ante la magnitud del sismo, tuvo que trasladarse de inmediato a la capital para asumir personalmente el manejo de la crisis.
La emergencia obligó al mandatario a instalar puestos de mando unificados, recorrer las zonas afectadas y liderar en persona los anuncios de ayuda humanitaria y reconstrucción.
La forma en que asumió el liderazgo durante los días posteriores al sismo le permitió proyectar una imagen de mando clara: viajó a casi todos los territorios afectados junto a su esposa Ana Lucía Pineda, visitaron municipios golpeados por la tragedia y hablaron directamente con la gente que lo había perdido todo.
A pesar de su gestión, que para propios y extraños estuvo a la altura de la magnitud del desastre, las redes sociales que no perdonan hicieron bulla con dos episodios polémicos.
El primero ocurrió durante una rueda de prensa dedicada al reporte del desastre. Antes de comenzar, desde un segundo piso saludaron al jefe de Estado y él, con la espontaneidad caribe que lo caracteriza, lanzó un par de besos con la mano y saludo con una efusividad que le cobraron sus contradictores porque contrastaba con la gravedad de la situación.
El segundo episodio llegó después, en medio de una visita a Buenaventura. El jefe de Estado lanzó balones de fútbol —desde una camioneta— a los niños que se agolpaban a su alrededor. Para muchos era un bonito gesto que el mandatario se preocupara por llevarles algo de alegría a los niños, para sus contradictores fue la oportunidad de cuestionarlo porque los balones llevaban impreso el logo de su partido político, Defensores de la Patria.
2. Gobernar desde Barranquilla y las regiones
Uno de los rasgos más particulares del primer mes de gobierno, y que ha corrido en paralelo a las crisis y los anuncios de seguridad, es el rol que ha adquirido Barranquilla como sede de facto de buena parte de la actividad presidencial.
Esa dinámica no ha sido presentada por el Gobierno como una simple comodidad personal o familiar, sino bajo el argumento de la descentralización: la idea de que la Presidencia no tiene por qué operar exclusivamente desde Bogotá y que gobernar también desde la Costa envía un mensaje simbólico, que es uno de los frentes de batalla liderados por su amigo y asesor Carlos Suárez y el escritor Enrique Serrano.
Por eso mandó a remodelar a contrarreloj el batallón Paraíso en la capital de Atlántico y de allí se mueve por todo el país. Si bien, con el paso de los días De las Espriella ha tenido que despachar desde la Casa de Nariño en Bogotá, el mensaje de que el poder de la Presidencia no se ejerce solo desde la capital ha calado y ha sido bien recibido.
3. El giro contundente en la política de seguridad
Si hubo un mensaje que De la Espriella ha transmitido desde el primer día de su gobierno es que la guerra contra el crimen y la seguridad vuelven a ocupar el centro de la acción del Estado.
Ese giro quedó reflejado con claridad en la reactivación de los bombardeos contra campamentos de grupos armados ilegales. Su promesa de “mano dura” no se hizo esperar.
Desde su posesión, el mandatario ya había anticipado esta línea de acción al prometer, en repetidas ocasiones, un “combate definitivo” contra los grupos armados y el narcotráfico, sin espacio para ambigüedades ni treguas prolongadas.
Las operaciones militares desarrolladas en agosto evidenciaron el cambio de enfoque total frente a la estrategia de la “Paz Total” impulsada por el gobierno de Gustavo Petro. El Ejecutivo actual desmontó las negociaciones y los privilegios en cárceles para los criminales. El solo hecho de dejarlos de llamar “gestores de paz”, como hacía Petro, y llamarlos “terroristas”, bajarlos de las camionetas de la UNP y empezar a perseguirlos cambia el panorama para todos ellos.
Además, el gobierno de De la Espriella se preocupa por los detalles de la comunicación: su vestuario color kaki, y un walkie talkie en su mano, trasmite la idea de estar dirigiendo directamente la operación. La manera como se presentan los resultados de los operativos, mesas llenas de fusiles y armas, así como los cuerpos envueltos en bolsas blancas, producen un impacto fuerte en el país.
Esa última imagen, la del presidente De la Espriella presentando un operativo en Guaviare caminando entre los cadáveres de los disidentes de “Iván Mordisco”, que estaban en bolsas en el suelo, por momentos causa una impresión similar a las imágenes que utiliza el presidente salvadoreño Bukele al presentar a todos los presos de las cárceles arrodillados en el suelo.
Pero justo esta semana llegó el momento más contundente del primer mes de gobierno en materia de seguridad. Este 4 de septiembre, con la muerte de Naín Andrés Pérez Toncel, alias Naín o alias “Bendito Menor” —señalado como uno de los cabecillas de las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada (ACSN)—, quedó claro que el gobierno de Abelardo de la Espriella viene cumpliendo, al menos hasta el momento, con sus promesas de dar de baja o capturar a objetivos de alto valor.
”Este delincuente, que no seguirá delinquiendo porque le cayó la mano de hierro del Estado, tenía arrodillada a la población, llena de miedo. En el gobierno de ‘El Tigre’ la gente de bien no volverá a sentir miedo; los que tienen que sentir pánico y terror son los delincuentes, porque aquellos que no se sometan terminarán de esta forma”, dijo el mandatario.
“Colombia estuvo mucho tiempo arrodillada al crimen. Ahora es el crimen el que se va a arrodillar ante la fuerza legítima del Estado”, advirtió.
Eso incluye, además, un estatuto antiterrorista que va a radicar el ministro del interior Rodrigo Lara. Y revivir los buques cárceles en altamar, en medio de una nueva política que incluye las megacárceles.
4. Acabar con la ‘herencia’ de Petro
Quizás ninguna decisión simboliza mejor la ruptura con el gobierno Petro que el cierre definitivo de los procesos de diálogo que aún seguían vigentes bajo la fracasada política de “Paz Total”. A finales de agosto, la administración De la Espriella formalizó el desmontaje de varias mesas de negociación con grupos armados ilegales.
Pero también el Gobierno ha tenido que desmontar lo que Petro y su equipo dejó atornillado y eso incluye una cantidad de funcionarios que han sido declarados insubsistentes y la existencia de contratos en curso. A todas las denuncias de lo que encontraron, De la Espriella y el vicepresidente José Manuel Restrepo le llamaron “El libro de la verdad”, que reúne 80 hallazgos, varios denunciados por los medios, del desastre que encontraron. Le pidieron las autoridades, en acto público, investigar a fondo.
Este primer mes de mandato ha demostrado que De la Espriella reconoce la oportunidad para tomar decisiones que le pueden cambiar el rumbo al país. El estilo del Presidente es un poder que ha querido mostrarse, desde el primer día, dispuesto a “morder”.
5. La discusión sobre el Estado laico y símbolos religiosos
También este mes hubo una discusión sobre la neutralidad religiosa del Estado, un principio constitucional que terminó siendo objeto de un fallo judicial en contra del propio acto de posesión presidencial.
La ceremonia, realizada el 7 de agosto, estuvo marcada por reiteradas referencias a Dios, discursos de tres líderes religiosos de diferentes confesiones, símbolos católicos visibles y expresiones de fe que, semanas después, terminarían siendo cuestionadas ante la justicia.
”El que está de rodillas delante de Dios, jamás será vencido”, dijo, entre muchas otras frases, el recién posesionado De la Espriella.
”Que Dios bendiga a cada uno de sus hijos, ilumine nuestro entendimiento, afine nuestro carácter y guíe nuestras decisiones”, cerró el mandatario. “¡Firmes por la patria, que viva Cristo Rey!”. Esta última frase se convertiría, con el paso de las semanas, en una suerte de rezo final recurrente al término de prácticamente todas sus intervenciones públicas.
No obstante, semanas más tarde el Juzgado Quinto Laboral del Circuito de Bogotá determinó, en primera instancia, que durante el acto oficial del 7 de agosto se había desconocido el principio de neutralidad religiosa del Estado, uno de los pilares del carácter laico consagrado en la Constitución.
La decisión judicial estuvo directamente relacionada con el espacio denominado “invocación y alabanza”, incluido dentro de la ceremonia de posesión realizada en el auditorio de la Universidad Santiago de Cali. Durante ese momento del protocolo participaron representantes de distintas confesiones religiosas: un rabino, un sacerdote católico y un pastor evangélico, cuya presencia conjunta fue justamente uno de los elementos analizados por la justicia.
La respuesta del Gobierno llegó a través de una alocución presidencial transmitida a todo el país, un formato que De la Espriella usa los domingos en la noche. Allí, el presidente afirmó que “acataba el fallo judicial”, aunque, en el mismo mensaje, reiteró sus convicciones personales y defendió su derecho a profesar libremente la fe católica.
La intervención generó nuevas reacciones, precisamente porque, incluso en medio de las disculpas oficiales, el mandatario mantuvo intacto su tono religioso. Tanto fue así que, al terminar su mensaje, volvió a proclamar: “Viva Cristo Rey”.
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