Internacional
Rafael Ramos
Londres. Corresponsal
Antes, en Gran Bretaña, el cartero llamaba por lo menos dos veces a la puerta de lunes a viernes (por la mañana y por la tarde), otra el sábado y, aparte, las que hiciera falta para entregar telegramas o cartas certificadas. Hace ya una veintena de años, la cosa quedó reducida a un reparto diario. Durante la pandemia, y en vista de las bajas laborales por enfermedad, a uno cada tres o cuatro días. Y ahora, de caras a las fiestas, suerte si llegan las felicitaciones de Navidad. El famoso Royal Mail ya no es lo que era. Ni de lejos.
Establecido en 1516 como un departamento bajo el control del Gobierno, fue privatizado progresivamente entre el 2013 y el 2015 y se ha convertido en un auténtico desastre, con la moral por los suelos entre sus 163.000 empleados (es el principal proveedor de servicios postales del Reino Unido), que se sienten mal pagados y con más trabajo del que pueden asumir. Un cartero camina por término medio dieciocho kilómetros al día, da más de veinte mil pasos (para quienes vigilen esas cosas), termina su jornada a las tres de la tarde y cobra entre 30.000 y 35.000 euros brutos al año.
En un país en el que 16 millones de personas (una cuarta parte de la población) sufre algún tipo de discapacidad a largo plazo, diez millones están de baja permanente y cinco millones viven exclusivamente de los subsidios del Estado, el Royal Mail es un ejemplo de cómo el Reino Unido se ha vuelto a convertir en el enfermo de Europa. El absentismo es rampante, apenas pasan cinco minutos desde que un interesado rellena su solicitud por internet y recibe la oferta de trabajo, pero muchos de los nuevos empleados apenas duran un día o dos en el puesto, lo que tardan en darse cuenta de que han de pasarse el día caminando en vez de repartir cómodamente con una camioneta.
La necesidad de competir con Amazon, DHL, UPS, Federal Expressy otras compañías de reparto ha exacerbado la crisis. Teóricamente, el Royal Mail tiene la obligación de entregar cartas de lunes a sábado en todas las calles del Reino Unido, pero en la práctica eso no se cumple, ni de lejos. Dos periodistas encubiertos del Sunday Times han descubierto que en realidad hay una consigna implícita de dar prioridad a los paquetes, a expensas del resto de la correspondencia, que puede languidecer días y días en los centros de distribución. Un anciano, sorprendido por no recibir ninguna felicitación al cumplir los 94 años, fue en persona a la estafeta de correos más cercana, y le entregaron medio centenar de tarjetas que llevaban semanas acumulándose. Es lo pasa si el encargado de una calle se pone enfermo.
Los christmas digitales han reemplazado en gran medida a los de papel (la galaxia Gutenberg se muere), y entre eso y los retrasos del Royal Mail, afortunados serán los británicos que estas Navidades reciban una tarjeta antes de comerse los turrones o de que Santa Claus se presente con el trineo. Peor aún, millones de ciudadanos pierden rutinariamente notificaciones oficiales importantes, extractos bancarios y citas de la Seguridad Social para una operación o una visita al médico, porque les llegan a toro pasado. En los tribunales hay pendientes cientos de miles de casos de ciudadanos que han apelado multas porque nunca les llegaron. Hoy los paquetes mandan, porque dan más dinero (no solo hay más, sino que son cada vez más grandes, ocupan hasta un 90% del espacio disponible en los depósitos y los centros de distribución y desbordan los carritos de reparto).
Antes no solo el cartero llamaba dos veces, sino que además era un profesional que se las sabía todas, los nombres de los vecinos, hasta en qué casas de su recorrido había perros con malas pulgas, o suelos resbaladizos con la lluvia, o personas mayores con dificultades de movilidad a las que se hacía un favor si se le subía la correspondencia al piso que fuera. Hoy la mayoría de los veteranos se ha jubilado, reemplazados por trabajadores temporales con sueldos mucho más bajos que, en vista de ello, no quieren deslomarse. Consecuencia: al llegar la tarde los paquetes se han despachado, pero las cartas y las tarjetas acumulan polvo. Y los clientes se pasan a la competencia (en el 2004 el Royal Mail repartió veinte mil millones de misivas, el año pasado, tan solo ocho mil millones).
Hay muchas cosas que el Estado no hace mejor que la empresa privada. Pero lo de repartir cartas se le daba bastante bien. Hoy el timbre no suena ni por casualidad y el cartero está de baja o repartiendo paquetes.
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