Internacional
El primer ministro Rishi Sunak, durante el debate de este miércoles en la Cámara de los Comunes antes de la votación sobre la ley de inmigración
Rafael Ramos
Londres. Corresponsal
La vigésima película de la franquicia de James Bond, y la última que protagonizó Pierce Brosnan, llevó por título Muere otro día. Es lo mismo que puede decir el primer ministro británico Rishi Sunak después de sobrevivir este miércoles a una rebelión por el tema migratorio de la ultraderecha euroescéptica tory, que pretende llevar al Partido Conservador por el mismo camino, o muy parecido, que Donald Trump a los republicanos de Estados Unidos. La ley para enviar inmigrantes a Ruanda fue aprobada tal y como estaba redactada, sin enmiendas, con toda la oposición en contra (320 a 276).
Bond es indestructible, por mucho que se pase un año en una prisión norcoreana o todas las fuerzas del mal conspiren contra su persona, pero Sunak no lo es, y de hecho teme tener los meses contados, exactamente los que quedan hasta unas elecciones generales previstas en principio para el otoño. Lo que vendrá después es una guerra de sucesión entre los conservadores de centro y los radicales de derecha, los moderados y los que quieren ser una réplica no solo de Trump sino de Vox, Le Pen, Wilders o Meloni.
Lo de este miércoles en la Cámara de los Comunes fue una precuela de la batalla que se avecina por el alma tory, propia de una epopeya de 007. Los conservadores, asomados al precipicio, creen que su futura sostenibilidad pasa por explotar los sentimientos antiinmigración de las clases trabajadoras, que no ven lo que aportan los extranjeros en mano de obra, pensiones y crecimiento económico, pero lamentan la competencia que significan en el reparto de los subsidios del Estado y la presión adicional para unos servicios públicos (educación, sanidad, vivienda…) castigados por una década larga de austeridad.
La extrema derecha euroescéptica, la misma que se empeñó en un Brexit duro y sin concesiones, apretó las tuercas a Sunak para que endureciera la ley que prevé el envío de inmigrantes ilegales a Ruanda y la tramitación allí de sus solicitudes de asilo, un plan que le va a costar al Reino Unido 500 millones de euros, más que si el país absorbiera su presencia e incluso los mantuviera a pan y cuchillo en un hotel de cinco estrellas superior. Y ello, sin garantía alguna de que vaya a despegar ningún avión rumbo a Kigali.
Los rebeldes presionaron con la ayuda de la prensa de derechas para hacer casi imposibles las apelaciones de los inmigrantes a título individual, y para que Londres se desentendiera de sus obligaciones en el marco del derecho internacional y la Convención de Refugiados. Al final tuvieron que conformarse con una sola concesión, una instrucción expresa a los funcionarios (cargos no políticos) de que ignoren las disposiciones provisionales de la Corte Europea de Derechos Humanos que bloqueen el envío de indocumentados a Ruanda y sigan las órdenes de los ministros. Pero ya se verá, cuando llegue el momento, qué papel adopta el propio Tribunal Supremo británico, que ha calificado a la nación africana de “país no seguro” para los solicitantes de asilo. Que el Gobierno haya dictado por ley que sí lo es no significa que la justicia vaya a aceptarlo así como así. No es una judicialización de la política, sino una politización de lo judicial, también un atentado contra la división tradicional de poderes.
La derecha tory, aunque al final arrojase la toalla en la escaramuza de este miércoles y permitiera la aprobación de la ley tal y como estaba redactada por Sunak, se ha posicionado. Si se confirma la derrota conservadora en las elecciones, enarbolará la bandera antiinmigración, por la reducción de impuestos y el recorte (aún mayor) del Estado de bienestar, del escepticismo sobre el cambio climático y la globalización, la defensa del legado colonial y el rechazo a la cultura de la diversidad y la inclusión. Y con esa plataforma ultra pretende hacerse con el control del partido.
La mayor victoria, escribió Sun Tzu en El arte de la guerra, es la que no requiere una batalla. Pero la de los conservadores para encontrar su alma va a ser inevitable, después de cinco primeros ministros desde el 2010, dos referéndums (el de Escocia y el del Brexit), cuatro pugnas por el liderazgo y experimentos con el autoritarismo, el populismo, el liberalismo social, el anarcocapitalismo y el elitismo tecnocrático, de subir y bajar los impuestos como un yoyó, de expandir y menguar el Estado, de alejarse de Euro­pa, coquetear con el globalismo grandilocuente y el pequeño nacionalismo inglés.
Rishi Sunak no es ningún agente 007 y ha sobrevivido, pero solo para morir otro día.
© La Vanguardia Ediciones, SLU Todos los derechos reservados.

source

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here