Internacional
Rachida Dati, al tomar posesión como ministra de Cultura
Eusebio Val
París. Corresponsal
A Emmanuel Macron le encantan los golpes de efecto y sin duda lo ha dado al nombrar al primer ministro más joven de la historia, Gabriel Attal, y entregar la vistosa cartera de Cultura a Rachida Dati, exministra de Sarkozy y figura muy mediática de la derecha.
Las osadas apuestas del jefe de Estado son arriesgadas. El objetivo está claro: relanzar una presidencia en dificultades y frenar el avance de la extrema derecha ante las elecciones europeas de junio. Pero el coste político de la operación puede ser alto.
Lo más evidente es que los partidarios del jefe de Estado continúan sin mayoría absoluta en la Asamblea Nacional. Eso hipoteca la acción del gobierno. En lugar de intentar pactar un acuerdo para lo que queda de legislatura –hasta la primavera del 2027– con Los Republicanos (LR, derecha tradicional), Macron ha preferido reforzar la presencia de ministros conservadores (8 sobre 14) y fichar a Dati. En LR se han indignado. Su presidente, Éric Ciotti, acusó a Macron de usar “un método de caza furtiva” y anunció la expulsión de Dati, por tránsfuga.
El malestar también es real, aunque menos abierto, en las filas macronistas, sobre todo en el ala izquierda, que ha perdido a varios ministros. Los líderes de partidos aliados del presidente, como François Bayrou, del Movimiento Demócrata (MoDem), no vieron con buenos ojos la designación de Attal, al achacarle insuficiente experiencia para el cargo. Tampoco estuvieron muy felices, y lo disimularon mal, los ministros de Economía, Bruno Le Maire, y de Interior, Gérald Darmanin, ambos con grandes ambiciones. Los celos siempre son corrosivos, también en política.
Dati, de 58 años, parece en su salsa siendo de repente la vedette del nuevo Ejecutivo. Su inesperado nombramiento ha hecho arquear las cejas a muchos. “Tiene cero legitimidad para la cultura, de la que no sabe nada”, confesó al diario Le Parisien , desde el anonimato, un macronista descontento. El principal problema, empero, no es tanto la idoneidad técnica como la causa judicial pendiente. Desde julio del 2021, la flamante ministra está inculpada por presunta corrupción y tráfico de influencias pasivo. En su caso se investiga un oscuro ingreso de 900.000 euros que recibió como abogada del grupo Renault-Nissan dentro de los tejemanejes financieros en la filial suiza del grupo automovilístico que realizaba su entonces patrón, Carlos Ghosn.
Dati ha sido durante los últimos años la agresiva jefa de la oposición en el Ayuntamiento de París y, como tal, la bestia negra de Anne Hidalgo. Tras conocer la noticia de que Dati sería ministra, la alcaldesa lanzó un tuit envenenado: “Deseo buena suerte a los actores del mundo de la cultura, teniendo en cuenta las pruebas que deben superar”.
La jefa del ministerio que fundó André Malraux en 1959 no defraudó en el traspaso de poderes. Se sentía la estrella pero aguardó paciente a que su predecesora, Rima Abdul-Malak, descargara educadamente su malhumor contra Macron por haberla echado (por su oposición a la ley de inmigración y su censura al actor Gérard Depardieu, acusado de abusos sexuales). Abdul-Malak deploró “la maledicción” de un ministerio en el que sus titulares no duran más de dos años.
Cuando llegó su turno, Dati mostró su desparpajo y autoconfianza. “Comprendo que mi nombramiento haya podido sorprender”, dijo, para realizar a continuación una estudiada pausa escénica. “A mí no me sorprende –prosiguió–. Responde a una verdadera necesidad, la necesidad de la Francia con frecuencia denominada popular, a veces con un poco de desprecio, que debe sentirse representada”. El mensaje era diáfano. Ella, encarnación de la derecha de Sarkozy, se ve a sí misma, por su origen humilde –padres magrebíes, 11 hermanos, vivienda social– como una representante de las clases populares, ejemplo de meritocracia republicana. En ese terreno, en efecto, puede ser un arma útil contra la extrema derecha, como lo fue Sarkozy, en su época, para parar los pies a Le Pen. Sobre su nueva misión, Dati prometió que sería combativa pero con límites. “No tengan miedo”, bromeó.
Otro traspaso de poder interesante ocurrió en el Quai d’Orsay, sede del Ministerio de Asuntos Exteriores. Catherine Colonna cedió el testigo a Stéphane Séjourné, de 38 años, hasta ahora eurodiputado y secretario general de Renacimiento, el partido macronista. Tras ser designado, el interesado hizo saber que su unión legal con Attal, como pareja de hecho, se disolvió hace dos años. Era importante evitar la sombra de nepotismo.
En el primer Consejo de Ministros, Macron pidió “solidaridad y rapidez” para lograr “eficacia”. El nuevo Gabinete se reunió en una sala y con una mesa más pequeñas de lo habitual. Había que mostrar que se ha simplificado la cúpula del Estado, una decisión controvertida porque se han anulado dos ministerios esenciales, Sanidad (absorbido por Trabajo) y Educación (fusionado con Deportes y Juegos Olímpicos). Médicos, enfermeras y maestros han quedado perplejos. Los golpes de efecto no tienen un éxito garantizado.
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