Internacional
Nikki Haley dando un discurso en Exeter (Nuevo Hampshire) el 16 de febrero el año pasado, dos días después de anunciar su candidatura a la presidencia de Estados Unidos.
Javier de la Sotilla
Washington
La exgobernadora de Carolina del Sur, Nikki Haley, llega a los caucus de Iowa, primera cita en el calendario electoral de las primarias, con opciones de quedar en segunda posición en el Partido Republicano. Reforzada por su buenas actuaciones en los cinco debates celebrados, por el influjo económico de donantes en el último trimestre del año pasado y por la retirada temprana de Chris Christie de la carrera electoral, por primera vez las encuestas le dieron este jueves la victoria frente a Ron DeSantis en el estado del medio oeste, con el 20% de la intención de voto, frente al 13% del gobernador de Florida.
Haley tiene muy complicado batir al expresidente Donald Trump, en cuya administración sirvió como embajadora de EE.UU. ante la ONU. Pero en el hipotético caso de que lograra la nominación republicana a la Casa Blanca, las encuestas sí le dan posibilidades de vencer a Joe Biden, el presidente más impopular a estas alturas desde que hay sondeos y el de mayor edad en la historia si logra la reelección en noviembre.
Con un discurso menos radical y más conciliador que Trump y DeSantis, aunque igualmente muy conservador, representa una alternativa para los votantes republicanos más moderados. Es la única mujer candidata a liderar este país gobernado por hombres: lo han sido todos los presidentes y lo son el 72% de los congresistas, el 77% de los gobernadores y seis de los nueve jueces del Tribunal Supremo.
Hija de inmigrantes indios, fue la primera mujer gobernadora de Carolina del Sur y es la primera candidata no blanca en la historia del Partido Republicano. Pero Haley rehúye de usar su género y ascendencia como argumentos políticos. Según ella, «el techo de cristal no existe» y las políticas de identidad tan solo generan división y «odio a uno mismo», puesto que «EE.UU. no es un país racista», dijo en un discurso el pasado marzo, un mes después del anuncio de su candidatura.
Aunque sigue a cincuenta puntos de Trump en las encuestas, convendría no darla por terminada. El año electoral suele ser una carrera de fondo y no sería la primera vez que Haley remonta unos comicios con todo en contra. A sus 51 años, en las elecciones de noviembre celebrará su vigésimo aniversario en política, casi media vida ocupando cargos electos y defendiendo una visión conservadora en lo económico y lo social.
En su libro de memorias (Imposible no es una opción) publicado en 2012, explica como, en su primera campaña electoral para la Cámara de Representantes de Carolina del Sur, en 2004, la descartaron «porque era una mujer, por ser india y porque era joven». Con una campaña sin fondos, pero agresiva, logró desbancar a Larry Koon, que llevaba 29 años representando a su distrito del condado de Lexington.
Después de esa victoria inicial y temprana, con 32 años, fue reelegida en dos ocasiones al Congreso estatal, y durante su tercera legislatura, en 2009, presentó su candidatura a gobernadora. En esa campaña, se impuso por la mínima al candidato demócrata, Vincent Sheheen, y se convirtió en la gobernadora más joven del momento. Cuatro años después, revalidó el cargo con una ventaja de 14 puntos.
Su etapa como gobernadora coincidió con la matanza de Charleston (Carolina del Sur), en la que un supremacista blanco asesinó a nueve afroamericanos en una iglesia. Haley respondió al tiroteo con un acto valiente: retiró la bandera confederada del Capitolio estatal, donde llevaba más de medio siglo ondeando como símbolo de la Guerra Civil, la esclavitud y la segregación por raza en el sur de EE.UU.
El mismo año, en 2015, cuando Trump anunció su primera candidatura a la Casa Blanca, Haley lo criticó duramente y respaldó a Marco Rubio: “No sigáis los cantos de sirena de las voces enfadadas”, dijo del entonces candidato en los meses previos a las elecciones. “Trump es todo lo que un gobernador no quisiera como presidente”, llegó a asegurar, insistiendo en que sus palabras eran “irresponsables” y “no sabe de lo que habla”.
Un año después, su discurso cambió diametralmente: cuando Trump ganó las primarias republicanas, lo apoyó sin paliativos. Y cuando el magnate derrotó a Hillary Clinton en las elecciones de noviembre y se convirtió en presidente, tan solo tardó dos semanas en ofrecerle un preciado cargo en su administración –embajadora de EE.UU. en la ONU–, que dijo aceptar por su «sentido del deber».
Ya en la ONU, su relación con el entonces presidente fue buena. Acató la línea aislacionista de su gobierno y no se rebeló, a pesar de sus diferencias con Trump. «Creo que Haley comprendió, de una manera casi visceral, la importancia de mantener una buena relación con el expresidente”, dijo a The New York Times Thomas Shannon, quien fue secretario de Estado interino en 2017. “Ella no aceptó este trabajo para librar batallas con Trump”.
Haley está explotando su experiencia como embajadora durante la actual campaña. Conocedora del papel de EE.UU. en el mundo, se desmarca de los demás candidatos en su defensa de la ayuda adicional a Ucrania para hacer frente a Rusia, impopular entre los republicanos, y defiende a capa y espada a Israel en Gaza, aunque se muestra crítica con su política de desplazamiento forzoso de población.
«Cuando estuve en la ONU, luché cada día por Israel», dijo en su cara a cara con DeSantis, este miércoles en la CNN: «una solución de dos estados no es posible porque, cada vez que Israel ha intentado negociarla, los palestinos no han querido».
En sus libros y declaraciones, Haley cuenta que su principal inspiración es Margaret Thatcher, la primera ministra del Reino Unido entre 1979 y 1990. «Creo que EE.UU. necesita a una Dama de Hierro más que nunca», dijo usando el sobrenombre de la política británica que impulsó el neoliberalismo en el país europeo. «Este país necesita a alguien que diga la verdad y sea capaz de tomar las decisiones difíciles», reiteró en un discurso de campaña en julio en Nuevo Hampshire. Su resultado en ese estado, el siguiente en celebrar primarias, determinará sus opciones, por ahora pocas, de competir con Trump para convertirse en la Dama de Hierro estadounidense.
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