Economía
Reciente conferencia AI Summit en Nueva York 
The Economist
Muchos economistas creen que la inteligencia artificial (IA) generativa está a punto de transformar la economía mundial. Según un artículo publicado el año pasado por Ege Erdil y Tamay Besiroglu, de la empresa de investigación Epoch, un «crecimiento explosivo» en el que el PIB se dispare será «verosímil con una inteligencia artificial capaz de sustituir ampliamente el trabajo humano». Erik Brynjolfsson, de la Universidad Stanford, ha afirmado que estima que la IA «impulsará un auge de la productividad en los próximos años».
Para que se produzca semejante transformación económica, las empresas necesitarán gastar mucho en programas informáticos, comunicaciones, fábricas y equipos nuevos que permitan el encaje de la AI en sus procesos de producción. El auge inversor fue necesario para permitir que los avances tecnológicos anteriores (como el tractor o el ordenador personal) se extendieran por toda la economía. De 1992 a 1999, la inversión no residencial estadounidense se disparó un 3% del PIB, por ejemplo, impulsada en gran parte por el gasto adicional en tecnologías informáticas. Sin embargo, hasta ahora hay pocos indicios de un gran derroche en IA. En todo el mundo, los gastos de capital (o capex) por parte de las empresas son notablemente reducidos.
Tras un crecimiento lento en los años previos a la pandemia de la covid-19, los capex aumentaron con el final de los confinamientos. A principios del 2022, aumentó a un ritmo anualizado de en torno al 8%. El optimismo tecnológico se había apoderado de algunas empresas, mientras otras trataban de afianzar sus cadenas de suministro. Los capex se frenaron algo más tarde ese mismo año debido a los efectos de la incertidumbre geopolítica y la subida de los tipos de interés. En marzo del 2023, en vísperas del lanzamiento del ChatGPT-4 de OpenAI, los gastos mundiales en capex crecieron a un ritmo anualizado de alrededor del 3%.
Hoy, algunas empresas los están aumentando de nuevo para aprovechar lo que consideran una enorme oportunidad en el ámbito de la IA. Las previsiones estiman que este año el gasto de Microsoft (incluido el de I+D) aumentará probablemente cerca de un 20%. El de Nvidia se disparará más de un 30%. «La IA será nuestra mayor área de inversión en el 2024, tanto en ingeniería como en recursos informáticos», anunció Mark Zuckerberg, el dueño de Meta, a finales del año pasado.
Sin embargo, en otros lugares, los planes son más modestos. Si excluimos las compañías (como Microsoft y Nvidia) que impulsan la revolución de la IA, las del S&P 500 sólo prevén aumentar los capex en torno al 2,5% en 2024; es decir, una cantidad acorde con la inflación. En el conjunto de la economía, la situación es aun más sombría. Un «rastreador» de los capex estadounidenses elaborado por el banco Goldman Sachs ofrece una imagen de los desembolsos de las empresas, además de dar pistar sobre las intenciones futuras. Actualmente están cayendo un 4%, año tras año.
Cabría pensar que, dado el gran entusiasmo generado por el potencial de la IA generativa, se esté disparando el gasto en tecnologías de la información. Pues no. En el tercer trimestre de 2023, la inversión de las compañías estadounidenses en «equipos y programas informáticos para el tratamiento de la información» cayó un 0,4% interanual.
Se observan tendencias similares en el plano mundial. Según los datos de las cuentas nacionales (hasta el tercer trimestre de 2023) de la OCDE, un club de países mayoritariamente ricos, el gasto en inversión (incluida la inversión pública) crece más despacio que en los años anteriores a la pandemia. Unas mediciones de alta frecuencia de los capex mundiales de JPMorgan Chase, apuntan a un crecimiento mínimo. Con unos capex débiles, no es de extrañar que haya pocos indicios de mejoras en la productividad, según una medición en tiempo real derivada de encuestas a directores de compras.
En Japón, una encuesta oficial sí que apunta a un crecimiento mucho mayor de los capex en el futuro, tras años de letargo. No obstante, es probable que el estudio refleje factores específicos de ese país, como las reformas de la gobernanza empresarial. En la mayoría de los lugares fuera de Estados Unidos, la situación es bastante menos alentadora. En Europa, el empeoramiento de las perspectivas económicas no constituye ayuda alguna. Las intenciones de inversión de las compañías de servicios de la Unión Europea no son ni la mitad de ambiciosas de lo que lo fueron a principios de 2022. Las empresas británicas prevén aumentar los capex en apenas un 3% a lo largo del próximo año, frente al 10% cuando se les preguntó a principios de 2022.
Estas tendencias apuntan a una de los dos siguientes posibilidades. La primera es que la IA generativa es lo que en póker se llama una escalera sucia. A las grandes empresas tecnológicas les encanta la tecnología, pero van a tener que esforzarse mucho por conseguir clientes para los productos y servicios en cuya creación han gastado decenas de miles de millones de dólares. No sería la primera vez en la historia reciente que los tecnólogos sobrestiman la demanda de innovaciones. Pensemos en las criptomonedas y el metaverso.
La segunda interpretación es menos sombría, y más probable. La adopción de nuevas tecnologías de uso general suele llevar tiempo. Volvamos al ejemplo del ordenador personal. Aunque Microsoft lanzó un novedoso sistema operativo en 1995, las empresas estadounidenses no aumentaron el gasto en software hasta finales de la década. Un análisis de Goldman Sachs indica que, aunque sólo el 5% de los directores ejecutivos espera que la IA tenga un «impacto significativo» en su negocio en el plazo de uno o dos años, el 65% piensa que tendrá un impacto en los próximos tres a cinco años. Es probable que la IA cambie la economía, pero con un gruñido, no con un rugido.
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