A finales de los 90 y principios de los 2000, se repetía en los medios la idea de que la juventud de esos años era “la más preparada de la historia”. Los porcentajes de acceso a la universidad estaban en sus ratios más altos y el optimismo lo había ganado todo. Ahora, un par de décadas después, los titulares están pivotando: ¿tienen por el contrario los jóvenes de la actualidad un problema educativo? Los años de exposición a pantallas y de abandono de los libros habrían creado un cóctel explosivo y les habrían hecho perder capacidades de comprensión lectora.
Las universidades estadounidenses se están enfrentando ya a una crisis general en la comprensión lectora de su estudiantado. “Ya no se trata de una incapacidad para pensar de forma crítica. Es que no son capaces de leer oraciones”, lamenta en declaraciones a Fortune Jessica Hooten Wilson, profesora de la Pepperdine University.
La capacidad de lectura de la Generación Z no está a la altura del nivel esperado del estudiantado universitario, o al menos eso ha empezado a advertir su profesorado, y son incapaces de cumplir con las listas de lecturas obligatorias.
Como explica otro profesor en el mismo reportaje, hace unos años mandaba una media de 25 a 40 páginas de lectura entre clase y clase. Ante peticiones semejantes, sus alumnos actuales se quedan a cuadros y acaban pidiendo a la IA que les haga resúmenes de puntos cruciales en vez de hacer ellos la lectura, con lo que se pierden todos los matices de los textos. Las declaraciones que recoge Fortune van paralelas a otras advertencias previas sobre cómo se debían ajustar los planes de lectura, porque leer ensayos largos se hace imposible.
Esto está llevando ya a que se reduzca el volumen de lecturas o que se cambien los métodos de enseñanza. Por ejemplo, la lectura se lleva al aula, donde se hace en voz alta y se analiza en grupo. O, en vez de usar texto, se echa mano de audios y vídeos.

Con todo, este no es solo un problema de la población universitaria. También los datos educativos de la Generación Alfa estadounidense están dando señales de alarma. En esos niveles educativos, se ha reducido la cantidad de texto que se exige leer, dejando los libros completos por fragmentos. Culpar a la pandemia y las clases a distancia sería reduccionista, porque, como advierte The New York Times, la tendencia ya se veía antes de 2020.
Los datos de las pruebas de nivel estatales confirman que los escolares de ahora tienen un nivel peor que el de los de la década anterior. Los analistas hablan incluso de una recesión del aprendizaje y, como señala al periódico el investigador Nat Malkus, “es un problema gigantesco al que no se le está prestando suficiente atención”.
Las cifras estadounidenses son llamativas, pero podrían ser el canario en la mina de un problema más global. En Más libros y menos pantallas, el neurocientífico Michel Desmurget (una voz ultracrítica con la presencia de pantallas en la infancia) recoge las conclusiones de un estudio del Ministerio de Educación francés que hablan de que el 21% de los jóvenes de entre 16 a 25 años tiene dificultades para leer y que un 10% sería analfabeto funcional (es decir, que ha aprendido a leer y escribir, pero sigue teniendo dificultades para hacerlo y su comprensión lectora es “muy débil, casi inexistente”, como señalaba el propio ministerio en la presentación de esos datos).
Los últimos datos de los barómetros de lectura en España son bastante optimistas en lectura infantil y adolescente, pero a pie de aula el profesorado suele comentar tanto que se encuentran con problemas de atención como con una cierta incapacidad general en comprensión lectora.
Lo que se pierde sin lectura
Por todo ello, el retroceso de la lectura no es una cuestión banal o de un simple cambio de gusto en ocio, sino que tiene un impacto real tanto en la educación como hasta en la calidad de vida de la juventud.
Desde las universidades estadounidenses advierten de que se enfrentan ya a un estudiantado que solo es capaz de leer de forma escaneada. Esto es, han perdido la capacidad para leer en profundidad y abstraerse en la lectura. Ya no tienen el aguante, siguiendo su teoría, para abordar textos complejos. El momento viral a principios de año de Cumbres borrascosas, la novela de Emily Brontë, fue otra epifanía de esta tendencia: los vídeos de gente con problemas para entender la novela se hicieron virales.
Esto está generando una reacción emocional en los propios jóvenes. Según algunos expertos, están perdiendo confianza en sí mismos y no se sienten capaces de afrontar los textos. Al no ser capaces de leer en profundidad pierden los matices de los propios libros o artículos, lo que los lleva a estar más expuestos a la desinformación. “Leer nos aporta conocimientos muy concretos sobre la vida y el entorno. Si los perdemos, perdemos nuestra capacidad para pensar de forma crítica”, asegura Desmurget en una entrevista.
Leer tiene múltiples beneficios, desde un impacto positivo en la salud mental hasta una mejora en la empatía y la capacidad de comprender las razones de los demás. En cierto modo, es una vía para aprender a comportarse en sociedad y a conectar con otras personas. Perder el hábito lleva, potencialmente, a una vida más solitaria y aislada de los otros.

Y, en paralelo, el mundo se vuelve más simple. Todo se ha vuelto menos complejo lingüísticamente, porque se orienta a un público que lee menos. Pasa con los éxitos musicales, que han perdido complejidad desde 1973, como demostró un estudio publicado en Scientific Reports (pero ganaron negatividad y estrés), o con los discursos de los políticos, con mensajes simplistas y construcciones cada vez más informales. Incluso los propios libros que sí se están comprando y leyendo son ahora más sencillos que en el pasado.
Antes de la irrupción de internet y los smartphones, ya existía una tendencia de retroceso en la lectura como ocio. En su libro, Demurget habla de un estudio de finales de los 90 que detectó una “reducción drástica” del tiempo libre dedicado a la lectura entre 1955 y 1995 (y entre todos los grupos de edad). Entre quienes tenían entre 12 a 18 años, se había pasado de un 21% del tiempo libre a solo un 5. La televisión ya había robado tiempo al libro.
En el presente, se debe recurrir a una mezcla de factores para entenderlo. En Estados Unidos, por ejemplo, se nota el impacto de la reducción de programas públicos educativos, como destaca el ya citado análisis de The New York Times. También hay quienes suman que se ha degradado la lectura por placer (existen hasta movimientos antilectura) o del valor de la educación. Los datos de EEUU apuntan que la percepción positiva de los estudios universitarios ha caído, pero también, y a nivel global, se ha reorientado la educación con un valor utilitario (o, como señala Desmurget, se ha pasado de crear ciudadanos a profesionales).
Pero, sin duda, el elemento que protagoniza todos los análisis son las pantallas. A medida que la digitalización ha irrumpido en la educación y en el tiempo de ocio, ha canibalizado el tiempo de lectura y ha impactado en cómo se procesa la información. Si se pasan horas en redes sociales queda menos tiempo para leer, pero además se entrena al cerebro para esperar estímulos rápidos e información concentrada en puntos clave. La avalancha informativa que es internet, como apunta Ángel Barbas, profesor de Teoría de la Comunicación en la UNED, ha adiestrado a nuestro cerebro para que procesemos todo rápido: se ha perdido la lectura profunda.
Ahora bien, ¿son las pantallas las únicas culpables? La Generación Z es, en cierto modo, una víctima de su tiempo.
Crecieron en un entorno ya completamente digitalizado. Todo es inmediato y no existe el silencio, como cuenta Ariadna Vilalta en Una vida siempre en línea. “La pregunta es si estamos creando a una generación con mil estímulos y cero pausas que les den la oportunidad de digerir lo que les pasa”, escribe. Al tiempo, como cuenta, se ha creado “una imagen del espacio público como un lugar peligroso: plagado de secuestradores, acosadores, drogas, peleas, bandas juveniles”. En lugar de enviar a niños y niñas a pasar tiempo en la calle, sus familias “los han encerrado simbólicamente en casa”. Y, aislados en casa, se acaban refugiando en las pantallas.

A futuro, la pérdida de capacidades lectoras y de pensamiento crítico podría tener un impacto negativo para la sociedad. Algunos de los problemas que ya ahora son preocupantes, como la polarización o la epidemia de soledad, podrían agravarse, porque se estarían perdiendo intangibles que la lectura aporta. O como señala Wilson, la profesora universitaria que abrió las puertas del problema a Fortune, “la polarización, la ansiedad, la soledad, la falta de amistades, todas esas cosas ocurren cuando no tienes una sociedad que lee junta”.
Incluso, la desconexión digital se podría convertir en el próximo lujo y la lectura en la protagonista de una nueva brecha de clase. Frente a esa mitad de estadounidenses que no leyó ni un solo libro en 2025, los milmillonarios ya posicionan la lectura como un hábito clave entre la élite. El pensamiento crítico sería así algo que solo se podrían permitir los más ricos, como advierte una columna en The New York Times.