Internacional
Volodímir Zelenski y Beniamin Netanyahu. Ucrania e Israel, en guerra 
Joaquín Luna
Barcelona
“En contra de las guerras, uno podría decir que vuelven estúpido al vencedor y rencoroso al vencido”, escribió Friedrich Nietzsche (1844-1900). Al filósofo alemán no le faltaron motivos para reflexionar sobre la materia . Coetáneo del canciller Bismarck, Nietzsche vivió todas las grandes victorias prusianas –contra Dinamarca, Austria o la mismísima Francia en 1871– pero supo anticipar que ganar una guerra es más sencillo que ganar una paz duradera: aquella Alemania triunfal perdería en el siglo XX sus dos grandes conflictos bélicos, originados en paces imperfectas.
El año 2023 ha sido el peor en término de guerras desde el final de la Segunda Guerra Mundial: uno de cada seis habitantes del planeta ha estado expuesto a un conflicto, según el CIDOB. Sin embargo, no son los muertos en el Sahel, Sudán, Birmania o Etiopía lo que “importan”. La guerra tiene dos focos en mayúsculas (los que afectan a los bolsillos de los occidentales): Ucrania y Gaza, dos conflictos que hacen temblar los cimientos del orden mundial establecido en 1946 y devalúan a la Organización de las Naciones Unidas. Y ponen a prueba la capacidad de Estados Unidos de gobernar el mundo, justo ahora cuando su prioridad parecía ser la región del Pacífico.
Ucrania y Palestina son dos escenarios clásicos, muy de los viejos tiempos, una china en el zapato de las predicciones de que el eje mundial se había desplazado en este siglo XXI a Asia, donde la emergencia de China convertía a Taiwán en el foco de todas las miradas y los temores. De repente, de la noche a la mañana, Rusia invadió Ucrania un 24 de febrero del 2022 y la organización terrorista Hamas irrumpió en Israel un 7 de octubre del 2023, a sabiendas que la peor matanza de civiles israelíes desde el Holocausto provocaría una respuesta militar sin medias tintas.
¿Cómo se presentan los dos conflictos en el 2024? Inciertos. No son simétricos pero comparten una ventaja de cara a un final en cuestión de pocos meses: los objetivos para declarar la victoria por parte del presidente de Rusia y del primer ministro de Israel son lo suficientemente ambiguos como para que ésta –la victoria– pudiera declararse hoy mismo. Vladímir Putin la fija en la “desnazificación, la desmilitarización y un estatus de neutralidad” de Ucrania mientras que Beniamin Netanyahu aspira a destruir la capacidad militar y de gobierno de Hamas en Gaza. En caso de necesidad, ambos podrían darse hoy por satisfechos sin presentarse ante sus respectivos pueblos como responsables de un fracaso…
El panorama de Ucrania pendula hacia los intereses de Moscú en este 2024. “Necesitamos apoyo, ya que, simplemente, carecemos de municiones”, ha constatado este final de año, en un tono dramático que va a más, el presidente Volodímir Zelenski. El tiempo juega en contra de Ucrania, que ve como se enfría el apoyo de Estados Unidos y la Unión Europea.
El fracaso de Kyiv en la contraofensiva primaveral en el sur, la ausencia de hegemonía aérea y las dificultades para suplir las bajas –este 2024 necesitarían movilizar a entre 450.000 y 500.00 hombres, según Zelenski–, así como las dilaciones en las ayudas económicas de EE.UU. y la UE, debilitan enormemente a Ucrania y rebajan su moral de victoria. En Europa, el presidente húngaro entorpece el acuerdo para dar a Ucrania 50.000 millones de euros entre 2024 y 2027. Argumentos para animar a negociar…pero a la baja.
Rusia puede tener la tentación de congelar la guerra y retrasar la negociación hasta que EE.UU. elija presidente. Si éste fuese Donald Trump –que presume de que “acabaría la guerra en 24 horas”–, el bingo lo cantaría el Kremlin. Todo apunta a una partición indefinida de Ucrania, al modo de la península de Corea o el misma Chipre, dos conflictos enquistados. La Ucrania “auténtica” podría seguir negociando con la UE pero nunca con la OTAN, una línea roja para Rusia. Una Ucrania pro-europea tocada demográficamente porque tiene 4,3 millones de ciudadanos fuera, repartidos en el resto de Europa, muchos de los cuales pueden optar por no regresar.
Israel conoce bien lo difícil que resulta gestionar sus victorias. No ha perdido ninguna de las nueve que ha librado desde su fundación, en 1948 por mandato de Naciones Unidas (hoy, su gran crítico). La más sonada, la guerra de los Seis Días, le reportó más conquistas territoriales de las que podía asumir (Gaza, la península del Sinai, Cisjordania y los altos del Golán).
“Como dice la Biblia, hay un tiempo para la paz y un tiempo para la guerra”, suele decir el primer ministro Netanyahu, cuya suerte parece echada una vez termine el conflicto. Algo que ya se ha escrito otras veces sobre el primer ministro israelí con más años en el poder (16) y uno de los responsables de que el proceso de paz de Oslo de 1993 descarrilase.
Este tiempo de la guerra supone una sangría para Israel en términos económicos (los 360.000 reservistas han dejado sus empleos y cada día de guerra ronda los 200 millones de dólares de coste) y de reputación internacional, algo que no preocupa al Gobierno israelí siempre y cuando EE.UU. mantenga su apoyo (que roza la inquebrantable).
Especular sobre el final de la guerra es mucho especular. Estados Unidos apremia y pide “semanas y no meses”. Para el mundo musulmán, donde Hamas solo tiene dos valedores auténticos y dispares (Qatar y la teocracia de Irán), bombardear Gaza en marzo, cuando principia el ramadán el día 11 sería una afrenta que obligaría a dar respuestas y encendería a las poblaciones (el temor de la mayoría de gobernantes musulmanes, casi todos autócratas). De momento, Israel rechaza rotundamente plazos…
Ganar la paz exige un esfuerzo internacional colosal. No se adivinan actores, ni principales ni de reparto. Joe Biden tiene que hacer equilibrios para cohesionar al electorado demócrata y al mismo tiempo no enconar al lobby israelí. Palestina tiene dos voces invalidadas (Hamas en Gaza y el presidente Mahmud Abas en Cisjordania). La tentación de acordar una paz sin grandes cambios, una paz de ir tirando hasta la próxima guerra, será grande.
© La Vanguardia Ediciones, SLU Todos los derechos reservados.

source

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here