sábado, mayo 9, 2026

Yacht Rock: le das a la música un mal nombre

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El término, digámoslo, es derogatorio, y lo es porque nació derechamente como una burla. “Yacht Rock” es un “mockumentary”, una parodia con las formas de un documental hecha por un grupo de un grupo de comediantes abriéndose paso en el mundo digital en los albores de YouTube, en 2005. El objeto de sus dardos: la música con la que un puñado de artistas dominó la música popular estadounidense desde mediados de los 70 a principios de los 80. Un sonido sofisticado representado por bandas como Steely Dan, Michael McDonald, Kenny Loggins, Toto, Hall & Oates y Christopher Cross, por nombrar unos pocos. Una escena donde las colaboraciones cruzadas eran frecuentes y que en este rincón del planeta dominaría la parrilla de las radios para el “adulto joven”. Los comediantes lo bautizaron como “yacht rock” —rock de yate— como si esa música fuera cosa de gente rica -y blanca- en alta mar.

Hoy el término circula con naturalidad referencias totalmente ajenas a cualquier intención de parodia, y hace un par de años se vio potenciado con un documental de HBO del mismo nombre. En el “long tail” de internet, esa producción y todo lo que siguió -críticas, en alguna medida un revival, proliferación de playlists y algunas intensas reacciones de rechazo al uso de la frase como apelativo y también a la intención de agrupar a bandas tan diferentes en bajo un sólo rótulo. Es cierto que los realizadores del documental forzaron bastante su tesis: el director, Garrett Price, lo llega a calificar de género en su llamada telefónica a Donald Fagen de Steely Dan para pedirle una entrevista (Fagen lo manda a “fuck yourself” y le corta; un rechazo que el propio Price documenta e incluye en la película). “Esta no es algo que se toca en un yate, es música hecha por músicos de fusión, los mejores músicos del mundo”, dijo el crítico y youtuber Rick Beato.

Es curioso asistir como público, como auditor, y como melómano también, a ese debate. Es fácil entender el hastío de genios musicales con las etiquetas y simplificaciones fáciles y, peor, burlescas. Más curioso es que se hable muchísimo menos de cómo el racismo sistematizado en EEUU impulsó a este grupo de músicos mientras mantenía lejos a los artistas negros (“Cuando escucho a todos ellos oigo una cosa en común: negritud -”blackness”-, dijo hace unos años el crítico cultural del New York Times Wesley Morris). Es innegable, como han reconocido muchos de sus exponentes, que mucho del sonido que define al “yacht rock” proviene directamente de la música negra —los arreglos de Motown, el funk suavizado, el soul urbano— que en esa misma época enfrentaba barreras explícitas de programación en radios y canales de tv estadounidenses. Aunque no estuvieran necesariamente a bordo de un yate, muchos de estos artistas prosperaron, en parte, porque las puertas del mainstream estaban cerradas para sus influencias originales.

Nuevamente desde lejos, podemos tener un poco más de perspectiva sobre cómo en el país de donde ha surgido parte de lo más fundamental de la música el debate se enreda entre etiquetas, burlas y negacionismo. Pero lo mejor es que podemos escuchar el resto. Y el resto es música. Una música extraordinaria que para más de una generación de “radioescuchas” de la era en que las canciones se grababan en cassettes y en que se podía tardar meses en saber cómo diablos se llamaba una canción o un artista, es a fin de cuentas el playlist de la propia biografía.

Al menos eso es lo que cree un tonto.

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