Cuando sonó la sirena en la calle frente a la sastrería del señor Kofi en Ikeja, Lagos, eso solo podía significar una cosa: la red eléctrica había vuelto. Su equipo había estado a oscuras casi todo el día porque se había acabado el combustible del generador. Kofi bromea diciendo que la NEPA —abreviatura local de la Autoridad Nacional de Energía Eléctrica, desaparecida hace tiempo, que en su día gestionaba la red eléctrica nacional— debía de saber que iba a recibir una visita, y que por eso “habían devuelto la luz”. Lleva 25 años al frente de su sastrería. La tienda se encuentra en la Banda A, la zona eléctrica de máxima prioridad de Nigeria, a la que se prometieron 20 horas de suministro eléctrico al día en virtud de la reforma tarifaria introducida en abril de 2024. El combustible para cubrir las carencias cuesta ahora alrededor de 1.300 nairas por litro (80 céntimos), frente a una media nacional de 1.034 nairas (60 céntimos) en enero, según la Oficina de Estadística de Nigeria.
La causa inmediata de la última subida es una guerra que se libra a miles de kilómetros de distancia. El cierre del estrecho de Ormuz por parte de Irán a finales de febrero provocó una subida vertiginosa de los precios mundiales del crudo. Solo entre el 27 y el 29 de abril, el crudo Brent subió de 105 a 118 dólares por barril, lo que llevó a la refinería nigeriana Dangote Petroleum a ajustar su precio de carga de gasolina de 1.200 a 1.275 nairas por litro (de 75 a 79 céntimos). Los precios en las gasolineras de todo el país siguieron rápidamente esta tendencia. Pero para la mayoría de los nigerianos, la crisis actual no es tanto una nueva emergencia como una nueva capa que se suma a otra más antigua.
Nigeria extrae aproximadamente 1,4 millones de barriles de crudo al día y es el mayor productor de petróleo de África. Sin embargo, durante décadas ha carecido de la capacidad de refinado necesaria para satisfacer sus propias necesidades de combustible, importando gasolina refinada a precios fijados por los mercados mundiales. “¿Por qué es tan caro el combustible aquí si somos nosotros quienes suministramos petróleo a otros países?”, pregunta Vanessa Aguda, química cosmética y fundadora de una marca de cuidado personal con sede en Lagos. “Esas son las pequeñas preguntas que no dejo de hacerme. Para nosotros, las cosas no cuadran”.
Llevamos aquí todo el día trabajando con este calor y sin luz”
Kofi, dueño de una sastrería en Lagos
La explicación radica en décadas de abandono de las refinerías. Las cuatro refinerías estatales de Nigeria —en Port Harcourt, Warri y Kaduna— han funcionado muy por debajo de su capacidad durante años, paralizadas por la falta de inversión y la mala gestión. Durante la mayor parte de la última década, el país no procesó prácticamente nada de su propio crudo, exportándolo en bruto e importando gasolina refinada a precios internacionales —un ciclo que dejó a los consumidores expuestos a cada fluctuación de los mercados mundiales del petróleo—. Se suponía que la tan esperada refinería de Dangote, que comenzó a producir gasolina en 2024 y ha aumentado significativamente su producción desde entonces, rompería esta dependencia. Pero, aunque ha incrementado el suministro interno, sus precios siguen anclados a los índices de referencia mundiales del crudo. “Las autoridades nigerianas, desde que se puso en marcha la política de liberalización, han adoptado los precios mundiales”, explica Paul Alaje, un economista independiente afincado entre Lagos y Abuja. “Así que, sea cual sea el comercio mundial del petróleo, el precio que pagan los nigerianos —incluso en nairas— sigue fijándose al tipo mundial".

La disfunción no se limita a los surtidores de gasolina. Durante años, Nigeria había subvencionado la electricidad a un coste enorme. El Fondo Monetario Internacional estimó en mayo de 2024 que los subsidios combinados al combustible y la electricidad iban camino de consumir el 3% del PIB del país ese año, describiéndolos como “costosos y mal orientados, ya que los grupos de ingresos más altos se benefician más que los más vulnerables”. El nuevo sistema creó cinco niveles de clientes: los clientes de la Banda A tienen derecho a un mínimo de 20 horas al día; los de la Banda B, a un mínimo de 16; los de la Banda C, a 12; los de la Banda D, a ocho; y los de la Banda E, a solo cuatro. Quien paga más, recibe más.
Electricidad por bandas
En la práctica, la red eléctrica no ha respondido. Uzoma Okey-Ibiam, una funcionaria de Abuja, fue clasificada en la Banda B en su antiguo barrio de Gaduwa y se suponía que debía recibir al menos 16 horas al día. En realidad, la media era de unas 12. En Ibadán, Kelvin Oritsetimeyin, un ingeniero de software autónomo también en la Banda B, describió haber tenido aproximadamente una hora de electricidad de la red durante todo un periodo de dos semanas en abril. “Por lo que sé, podríamos estar en la Banda Z. Es terrible”, bromea. “Hoy es una excepción, ya que hemos tenido seis horas de luz. No habíamos tenido tanto en tres meses”.
Las autoridades nigerianas, desde que se puso en marcha la política de liberalización, han adoptado los precios mundiales”
Paul Alaje, economista
Incluso esas medias ocultan la realidad del suministro, que rara vez llega en bloques continuos. La electricidad suele llegar a ráfagas: una hora encendida, varias horas apagada, a veces minutos cada vez. “La luz puede encenderse y apagarse unas 20 veces a la semana”, dice Oritsetimeyin. En Lagos, Aguda asegura que la única electricidad que había tenido ese día llegó sobre las 3 de la madrugada y “no duró más de 15 minutos”.
Estas experiencias reflejan una tendencia más general. El hogar nigeriano medio conectado a la red recibe solo 6,6 horas de suministro en un día normal y consume apenas 144 kilovatios-hora de electricidad al año, frente a los 351 de Ghana y los 4.198 de Sudáfrica. El problema, según los analistas, no es simplemente una distribución desigual, sino un sistema que a menudo falla por completo. “Cuando la red nacional se colapsa, tanto la Banda A como la Banda D quedan sin suministro”, explica Alaje. “Ya realmente no importa, porque la electricidad no se puede transmitir”.
La Nigeria que ha surgido tras décadas de este fracaso es un país que ha privatizado su propia infraestructura eléctrica, hogar por hogar. Aguda alimenta su casa con energía solar, pero su negocio de fabricación de cosméticos funciona con un generador que le cuesta alrededor de 150.000 nairas (93 euros) al mes en combustible, además de entre 48.000 y 50.000 nairas (unos 31 euros) en tarifas de la red eléctrica. “Solo en electricidad, todo suma unas 200.000 nairas [unos 124 euros] al mes”, calcula. “Para una pequeña empresa aquí, ese gasto es bastante elevado”.
Cuando los costes obligan a subir los precios, las consecuencias competitivas son inmediatas. “Cuando subimos el precio de nuestros productos, nuestros competidores tienden a conseguir más clientes. Las personas que eran nuestros compradores potenciales se van a la competencia, porque es más barato”. Ha visto cómo otros fabricantes de su sector se han trasladado a China o Corea del Sur para producir sus artículos e importarlos de vuelta, no porque la artesanía nigeriana sea inferior, sino porque mantener las luces encendidas en una fábrica nigeriana hace que la producción local tenga un coste prohibitivo. Aguda ha considerado seguir su ejemplo, pero por ahora se ha comprometido a producir localmente, en consonancia con la filosofía de su marca. “Queremos asegurarnos de que nuestro objetivo son los productos fabricados en Nigeria para personas racializadas”, sostiene.
Para las empresas más pequeñas, el margen es aún más estrecho. Sastres, peluqueros y otras microempresas operan con unos ingresos diarios escasos, con poco margen de maniobra cuando los costes suben. “Llevamos aquí todo el día trabajando con este calor y sin luz”, dice Kofi sobre el último corte de electricidad.
“Tengo un generador, pero está vacío. A 1.300 nairas (80 céntimos) el litro, no puedo permitirme ponerlo en marcha ahora mismo”. Los economistas describen esto como un punto de cierre: el momento en que el coste de funcionamiento supera lo que una empresa puede ganar. “Cuando las pequeñas empresas no pueden cubrir sus costes variables medios, tendrán que cerrar si esos costes siguen creciendo y los ingresos no crecen al mismo ritmo”, apunta Alaje. Kofi, en la banda A, ya ha superado ese punto algunos días.
Para quienes disponen de capital, la energía solar se ha convertido en la salida más racional. En febrero, Oritsetimeyin compró una estación solar portátil de 400.000 nairas (casi 250 euros) capaz de abastecer a su hogar de tres personas durante 10 horas al día. Posteriormente, se deshizo de su generador, que consumía una gran cantidad de combustible y necesitaba entre 12 y 20 litros de gasolina a la semana para funcionar unas cuatro horas al día durante el horario laboral.
Fuera de la red
Mientras tanto, Okey-Ibiam gastó alrededor de cinco millones de nairas (más de 3.100 euros) en un sistema completo de inversores y ha estado viviendo totalmente fuera de la red desde que se mudó a Lugbe en septiembre de 2025: “Se supone que la energía solar es una alternativa a la red eléctrica. Pero no, la red eléctrica va a ser una alternativa para mi energía solar”, afirma. “Desde que lo instalé, ya no pienso más en la luz”.
Pero esta estabilidad tiene un coste que pocos pueden permitirse. “El salario mínimo en Nigeria es de unas 70.000 nairas [44 euros] al mes”, comenta Alaje. “¿Cómo crees que la gente que vive así puede permitirse comprar paneles solares?“
Alaje lleva desde febrero instando al Gobierno a que fije un tope a los precios internos en los niveles anteriores a la guerra. “Si se hace esto, el impacto de las crisis mundiales, ya sea ahora o en un futuro próximo, será muy mínimo para nuestra economía”. El Gobierno no ha tomado medidas.
Para Aguda, la espera tiene un límite. “Si para el año que viene nada mejora, empezaremos a plantearnos trasladar la fabricación a China o Corea. Y como residente de este país, si las cosas no mejoran a tiempo, realmente empezaré a pensar en mudarme”. Hace una pausa. “Eso significaría empezar de cero, comenzar una nueva vida, hacer algo que nunca he hecho antes”.
