viernes, mayo 29, 2026

De Latinoamérica pa’ Madrid: 24 horas en el epicentro global de la música latina que recibe a Bad Bunny

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La Habana, Ciudad de México, Nueva York, Miami. Todas son ciudades que han llevado el título que ostenta hoy Madrid: ser el escenario de la música latina en el extranjero. Lo dice José Arteaga, curador y editor de la Fundación Gladys Palmera, una institución que nació a finales de los noventa para apoyar la música latinoamericana desde España y que hoy tiene el mayor archivo discográfico y documental especializado en música afrolatinoamericana y del Caribe. Justamente, está en Madrid, una capital donde uno de cada siete habitantes ha nacido al otro lado del charco. No por nada es la ciudad donde Bad Bunny se presenta con más fechas de la gira DeBí TiRAR MáS FOToS: hasta 10 conciertos. Le sigue Ciudad de México con ocho, mientras que en otras ciudades europeas como Milán, Portugal o Londres, el promedio es de uno o dos. Madrid, un lugar donde cada día, al mismo tiempo y en distintos barrios, esta música —no solo reguetón, sino toda la amalgama de ritmos tropicales y bailables— se disfruta de distintas maneras y por distintas personas.

11.00: La Parcería, un punto de encuentro

La mañana del sábado en La Parcería siempre es intensa con las clases de danza afro contemporánea y el ensayo del ensamble musical, un taller de músicas tradicionales que también hace de banda. La noche anterior fue igual de movida con un evento por Palestina. Durante toda la semana tienen actividades culturales permanentes e itinerantes, talleres, conciertos, fiestas y exposiciones. Días antes, el equipo hizo una pausa para conversar con este periódico. La mayoría son migrantes de origen latino con un largo tiempo siendo vecinos de Madrid y más de 15 años de trabajo cultural y social.

Una de sus primeras actividades fue el Salsódromo en el Campo de la Cebada, allá por 2012. Johan Posada (Colombia, 40 años), uno de los fundadores de La Parcería, cuenta la sorpresa que se llevaron cuando en vez de los 30 asistentes que tenían considerados, aparecieron 300. “No teníamos conciencia de que un evento en el centro de la ciudad pudiera convocar a tanta gente en torno a la salsa”, explica. La magia se dio, dicen, porque sus cuerpos y realidades estaban a la luz del día y en la calle, no en una discoteca.

Ahí se encontraron distintas generaciones que compartieron conversaciones identitarias, políticas, pero también atravesadas por el interés común en aquella música que emana nostalgia de la tierra propia. Para Jadira Aluisa (Ecuador, 32 años), La Parcería ha sido volver a casa: “Volver al cuerpo, a ocupar espacios, a conectar con gente que habla tu mismo idioma a nivel del cuerpo musical”. Para Cristian Gutiérrez (Colombia, 35 años) tiene que ver con tradición: “A mí me enseñó a bailar mi mamá. Es memoria, desde el cuerpo estoy compartiendo lo que he vivido desde chiquito”.

Mientras hablan, dejan claro que para ellos la cultura y la música no se separa de la política y, también, que se identifican más allá del continente Latinoamericano, como “un colectivo de fuerza migrante”. “La música es un ejercicio de defensa cultural. No somos un espacio de integración, somos un espacio de representación”, insiste Posada. Memoria, resistencia, son conceptos que se repiten en las distintas intervenciones. La importancia de escuchar las letras y entender qué historia cuentan. Surge una reflexión sobre el último álbum de Bad Bunny, que reivindica las raíces y la independencia de Puerto Rico frente a Estados Unidos, y cómo DeBí TiRAR MáS FOToS ha tenido éxito en una ciudad que celebra la hispanidad y, muchas veces, discrimina al migrante. Óscar Munar (Colombia, 32 años) cita una canción de Alcolirykoz que dice: “quieres cantar como latino, pero que no te traten como a uno”. Y agrega: “Dicen ‘qué lindo lo latino, miren cómo bailan, cómo se expresan’, pero a la hora de crear una comunidad y entendernos como seres humanos que queremos prosperar, se pierde ese punto… Los latinos y migrantes somos un producto de diversión”.

19.00: la noche comienza en el tardeo

Son las siete de la tarde y por el barrio madrileño de Chamberí la gente circula como cualquier tarde de sábado. Hay 31 grados. En el local Uñas Chung Lee, en la calle Hilarión Eslava 38, la luz está apagada y la música encendida. Los cuerpos sudados bailan pegados con los ritmos latinos, todos latinos, porque no suena ninguna canción que no sea del género en el tardeo de La Vaina. Salsa, reguetón, merengue, cumbia… Martín Valero es el director ejecutivo de la fiesta. “Musicalmente, La Vaina enaltece los ritmos del Caribe”, explica a este periódico.

Al entrar al lugar, ofrecen decorar tu cuerpo con pintura flúor antes de bajar a la pista de baile, donde hay guayaberas, collares de flores y un par de novias en su despedida de soltera. Irina Rodríguez es una de ellas. Venezolana, vive hace ocho años en Madrid. A sus 36 años se va a casar y decidió celebrarlo allí. Deja de bailar con su tocado de novia para explicar que lugares como este “ayudan a que los españoles se acerquen un poco más y cambien el estereotipo que tienen de los latinos”.

Al mismo tiempo, en Medias Puri (Tirso de Molina) y Fitz (Plaza España) están sucediendo otros dos tardeos organizados por Valero. La Tropi Fiesta apunta a un público mixto entre latinos y españoles, mientras que The Perreo ofrece horas de reguetón antiguo. Las tres marcas tienen algo en común: “el ADN latino, y sobre todo caribeño”. En conjunto, mueven entre 2.000 y 3.000 personas cada sábado, un público treintañero que se junta entre las seis de la tarde y las once de la noche. “Es bueno para la salud bailar todos los sábados”, asegura Valero.

1.00: vamo’ a celebrarlo en Perro Negro

En el distrito de Salamanca, el más lujoso de Madrid, la noche del sábado es silenciosa. En la calle Don Ramón de la Cruz 28, un cartel versa: “Nadie vuelve a ser el mismo después de pasar una noche en el Perro Negro”. Para oír el dembow hay que cruzar cuatro puertas que separan, a través de un pasillo, el perreo de la vida acomodada de los vecinos. Al entrar, un zócalo con cuerpos pegados y luces infrarrojas. En el vip, Samuel Granados, director ejecutivo de la marca, está sentado con el móvil mientras otros invitados se menean con copa en mano. La charla con este periódico se desarrolla unos días después por teléfono porque es imposible hablar con la música que resuena.

Nacieron en Medellín, después fue Miami —en palabras de Granados, la industria del género— y el año pasado aterrizaron en Madrid, “el epicentro, el punto de encuentro en Europa, un hub para el reguetón y la cultura”, explica. Con una capacidad para 300 personas y con una rotación de unas 600 por noche, abren los jueves, viernes y sábado, y próximamente los martes. Es una fiesta que solo permite el perreo, algo a lo que los europeos no están acostumbrados, asegura, porque las discotecas acá ofrecen un repertorio crossover, una mezcla de música comercial, pop, electrónica y también latina. Más variedad, no las seis horas de reguetón puro y duro que hay en este subterráneo.

Con la residencia de Bad Bunny en Madrid tienen una relación especial. En 2023 el cantante lanzó una canción junto a Feid que se llama como el club y dice: “Vi que te dejaste de tu novio, baby me alegro, vamo’ a celebrarlo en Perro Negro”. Para el equipo fue una sorpresa, no tenían ni la menor idea de que serían mencionados. “Nos permitió dar a conocer qué era Perro Negro en el género”, recuerda Granados. Del músico puertorriqueño valoran la relevancia que le da a lo latino, lo que ayuda a que los demás quieran vivirlo en carne propia. Esa misión la hacen suya con el sello de Medellín: todos sus DJ son formados por ellos en la ciudad colombiana. “Es diferente cuando llevas el mensaje arraigado, cuando has vivido ahí. Es lo más sagrado, que la expresión de latinidad sea real y no una interpretación”.

11.00: por la mañana, café y baile en el parque

La mañana siguiente, el sol dominguero pega fuerte en el Parque del Retiro, aunque a los bailarines de Pura Vida parece no importarles. Casi todas mujeres, con lentes de sol y camisetas fluorescentes, se mueven dirigidas por Beto. Es una escena graciosa. Usan auriculares para escuchar la música y las instrucciones, porque las normas del parque prohíben el uso de altavoces. Los turistas las graban mientras hacen la coreografía y cantan a medias el NUEVAYoL de Bad Bunny.

Humberto Sánchez Mendoza, Beto, tiene 36 años. En Venezuela no se dedicaba al baile, pero en Madrid lo hizo su trabajo. Hace cinco años le dieron ganas de “meter un poco ese saborcito del Caribe” en los espacios públicos de la capital española. “Me ayudó muchísimo en una etapa de mi vida. Cuando emigras empiezas de cero, muchas veces te ves perdido y el baile tiene esa magia que de forma instantánea te sube el ánimo”, cuenta después de la clase. Lo mismo han vivido algunos de sus alumnos, migrantes ya mayores: “Cuando vienen a estos espacios se integran poco a poco, conocen personas como ellos pero también a locales muy receptivos”. Entre su clase hay españoles, migrantes y turistas. Por ejemplo, Luminita María de Rumanía o Purificación Ocaña y Yolanda Pavón, ambas españolas. Las tres, alumnas regulares de Beto, coinciden en el gusto por estos ritmos y la visión de que bailar es una terapia. En la hora y media de bailoteo hay reguetón, salsa, bachata, merengue, rumba y ritmos folclóricos como tambores venezolanos, samba brasileña o cumbia argentina. “Para que la gente sepa que también hay otras cosas”, explica el profesor.

Cae la tarde del domingo y el tum tum del reguetón o el un, dos, tres del salseo siguen sonando en los parques de Usera, Tetuán o en la Casa de Campo, en encuentros entre amigos o en familia. Seguirá sonando también en clubes como La Cucaracha, que se trasladará al Florida Park durante la residencia de Bad Bunny o en Fitz, el after party oficial de los conciertos. También en el local de La Parcería con sus clases de baile y tocatas en vivo. Y, cómo no, en los diez conciertos que dará el Conejo Malo en la embajada europea de la rumba y el dembow.

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