El 150º aniversario de Maurice Ravel en 2025 nos trajo un inesperado regalo: el estreno tardío de la cantata Semíramis, una deliciosa obra inacabada para tenor y orquesta que llevaba oculta más de un siglo en su propia casa. Semíramis retrata a un artista de enorme potencial abriéndose camino en la fascinante y convulsa escena musical parisina, que se estaba convirtiendo en la capital mundial de las vanguardias.
Por Paula Ríos
De vez en cuando leemos que en algún ático ha aparecido una maleta llena de partituras, cintas o cuadernos: valiosos registros de creaciones cuya existencia era desconocida, o que se daban por perdidas para siempre. Pero es increíble que el manuscrito de Semíramis fuera invisible durante 98 años en Le Belvédere, la casa del compositor, y tras una subasta en el año 2000 tuviera que esperar otros 25 en la Biblioteca Nacional de Francia para ser estudiada. La celebración del 150º aniversario de Ravel en 2025 impulsó la revisión de las fuentes manuscritas existentes, en busca de alguna partitura inédita, y ahí había estado siempre la huidiza Semíramis, compuesta en un momento clave de rabia, compañerismo y autodescubrimiento.
En la época de composición de Semíramis —entre 1900 y 1902—, la crítica y la profesión estaban muy atentas al progreso de Ravel. Sin embargo, el mundo académico le rechazaba una y otra vez: expulsado dos veces del Conservatorio de París por obtener insuficientes calificaciones como pianista y compositor, ya solamente asistía como oyente a las clases de Gabriel Fauré y fracasaba concursando en el Premio de Roma: fue eliminado cinco veces entre 1900 y 1905. La residencia artística en Villa Medici era el galardón más codiciado en las artes francesas. En su último intento, un Ravel probablemente hastiado entregó una fuga llena de provocaciones hacia el jurado como quintas paralelas y un final con un intervalo de séptima, auténticos crímenes en la armonía tradicional. A la final llegaron únicamente alumnos de un miembro del tribunal, cuando Ravel ya había estrenado seis obras con la Societé Nationale de Musique —no sin algún traspiés: se le llamó ‘no solo un peligroso anarquista, sino un chapucero incompetente’—.
Se formó tal escándalo en la prensa y el mundillo musical con el llamado ‘caso Ravel’ que el Gobierno nombró a Fauré nuevo director del Conservatorio, con el fin de modernizar la institución y el concurso. La cantata Semíramis era la obra obligada que Ravel habría entregado en la final de la edición de 1900 —el año en que había sido expulsado del centro por segunda vez, no lo olvidemos—, pero probablemente decidió abandonar la composición al no haber sido seleccionado. Tenemos un Preludio sin indicación de tempo, una pegadiza Danza Moderato con ritmo de habanera y la Escena 1: Aria de Manasés para tenor. Probablemente, al ser concebida para complacer al jurado, fue más un ejercicio de composición tradicional que una obra personal; por ello es lógico que refleje su formación y una cercanía a Franck o Wagner. No se corresponde al estilo vanguardista de Ravel. Sí se advierte su refinamiento tímbrico —muy original la percusión empleada— y la delicadeza de sus melodías. Parece ser que cuidaba que cada familia instrumental ya funcionase por sí misma. Pero principalmente se evidencia una fuerte influencia de la música rusa que llegaba a París. Ravel y su amigo, el gran pianista español Ricardo Viñes, tocaban juntos partituras de Balakirev y Rimski-Kórsakov: su tratado de orquestación sin duda jugó un papel importante en Semíramis. Ravel llegaría a componer Dafnis y Cloe para los Ballets Rusos de Sergei Diaghilev.
En torno a 1902, Ravel y Viñes entraron en Los Apaches, el colectivo de artistas rebeldes que compartía nombre con los criminales de París, y se reunían en Montmartre para conversar y desarrollar proyectos. Otros Apaches fueron Florent Schmitt, Stravinski y Falla. Les unían su admiración por Debussy, su postura crítica ante las apolilladas instituciones y su interés por la música no centroeuropea; su saludo secreto era el silbido del inicio de la Sinfonía núm. 2 de Borodin.
El libreto de Semíramis, de Eugène y Édouard Adénis, dedicado a la reina guerrera de Asiria que corona rey a Manasés, pertenece a esa ola de fascinación de Occidente por lo ‘otro’. Las exposiciones universales, las crónicas de viajes e incluso la danza de Isadora Duncan le marcaron. En Mi madre la oca o Shéhérazade plasmó un Oriente fantástico con escalas pentatónicas y sonidos de gamelán. También se acercaría a otras culturas en Tzigane o Dos melodías hebreas y recordará su nexo con España en Alborada del gracioso.
Para afianzar la autoría del manuscrito fue fundamental una entrada de Viñes en su diario: el 7 de abril de 1902 relata que por la mañana escuchó la cantata Semíramis en una clase de orquesta del conservatorio. Cuenta que ‘es muy bonita’ y que tiene un ‘sabor oriental’. Dirigía Paul Taffanel, profesor de flauta —el manuscrito fue probablemente la copia que utilizó, ya que contiene instrucciones para ser dirigida—, y acudieron también familiares de Ravel, Fauré y discípulos suyos.
Solo dos días antes, Viñes había estrenado los Juegos de agua, junto con la Pavana para una infanta difunta. Este concierto fue recogido por la prensa, pero no la ejecución de Semíramis. Taffanel tampoco escribió sobre ella en su diario. Esto y el hecho de que fuese por la mañana y no haya registro del acto en el conservatorio lleva a pensar que simplemente fue una interpretación privada para que el joven compositor pudiese escuchar su obra; no fue un verdadero concierto y así la cantata se pudo declarar inédita hasta la recuperación de 2025.
El Preludio y Danza fue estrenado por la Orquesta Filarmónica de Nueva York, dirigida por un emocionado Gustavo Dudamel, que durante los ensayos declaraba para el New York Times: ‘solo espero que [Ravel] me envíe un mensaje secreto en sueños’. Posteriormente fue interpretada por la Orquesta de París dirigida por Alain Altinoglu, ya en su versión completa incluyendo la Escena 1- Aria de Manasés, interpretada por el tenor Léo Vermot-Desroches. El estreno en España fue llevado a cabo por la Orquestra Simfònica del Vallès dirigida por Néstor Bayona en el Palau de la Música Catalana. La partitura ya está publicada.
Es fascinante descubrir en la biografía de un artista cómo y cuándo encontró su voz. El proceso en que formación, afinidades, desengaños y encuentros fortuitos van moldeando una sensibilidad y visión propias.
