Ya ha pasado una semana de los terremotos del 24 de junio, quizás el mayor desastre natural de la historia de Venezuela. En La Guaira, a pesar de la llegada de ayuda humanitaria y personal de rescate, los trabajos para tratar de resolver la devastación que dejaron los sismos avanzan muy lentamente.
En total, han transcurrido siete días desde que la atención de toda Venezuela se volcó sobre La Guaira para tratar de paliar el impacto del terremoto. Pese a esto, en la entidad costera el progreso, si bien es visible, parece no ir al ritmo necesario para atender la magnitud de la situación.
En la vía de Maiquetía a Macuto, el panorama está repleto de damnificados que, algunos con carpas y otros con estructuras improvisadas, pasan el tiempo en la calle mientras esperan algún tipo de solución gubernamental. Se trata de miles de personas que sobreviven en la intemperie, gracias principalmente a donaciones de particulares.
La presencia del Estado se manifiesta a través de efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana y la Policía Nacional Bolivariana, que sobre todo se ocupan del tránsito de vehículos en decenas de puntos de control en la avenida Soublette. Sin embargo, la magnitud de la tragedia es tal que la presencia de funcionarios y de socorristas del extranjero simplemente no es suficiente.
Por cada ruina de una edificación que cuenta con personas buscando sobrevivientes y trasladando cadáveres al puerto de La Guaira –la morgue improvisada y centralizada–, hay decenas de otras en donde el trabajo de remoción de escombros no ha comenzado.

“¡Silencio, por favor!”
Contrario a algunos reportes que hablaban de la salida de los rescatistas extranjeros, estos se mantienen en el sitio, trabajando activamente en la búsqueda de sobrevivientes y en los campamentos desde donde se coordina buena parte de la ayuda humanitaria.
Personal de El Salvador, Qatar, México, España, Países Bajos y Emiratos Árabes Unidos, así como de otras naciones, no ha dejado de apoyar a los rescatistas del Estado y sobre todo a los civiles, que son la mayoría en los puntos más afectados.
Uno de esos ciudadanos es Alexis Martínez, voluntario del sector Caribe, uno de los más golpeados por la tragedia. Comentó que desde temprano acude a los puntos de rescate para remover escombros. Tiene familiares desaparecidos y necesita encontrarlos.

“Tengo muchos familiares desaparecidos, no los he encontrado; tengo parientes extraviados en la OPP de Tanaguarenas. Mi casa en Barrio Aeropuerto sufrió daños, mis hijos están distribuidos con otros familiares y amigos”, comentó Martínez.
Destacó la importancia de la ayuda que ha ingresado a la zona y del trabajo de los voluntarios, pero afirmó que no es suficiente: “Se necesita mucho más, todo lo que sirva para remover escombros, como linternas, guantes, picos y palas”.
Al igual que Alexis Martínez, cientos de personas estaban presentes en las ruinas de Caribe. Muchos para trabajar, otros simplemente a la espera de alguna buena noticia.
Es un lugar en el que el trabajo solo se detiene cuando, desde las ruinas, algún rescatista grita: “¡Silencio, por favor!”, señal de advertencia para que todos sepan que se detectó algún ruido entre los escombros.
Cuando esas palabras se pronuncian y los rescatistas sostienen un puño cerrado en el aire, es la señal para que todo el mundo se detenga; ni siquiera caminar está permitido, solo esperar a saber si en efecto se encontró a alguien con vida, o si fue una falsa alarma.

Una respuesta que llegó al día siguiente
Endrina Pérez, habitante de uno de los edificios afectados en el sector de Caribe, acudió este miércoles al sitio para ver el estado en el que se encontraba lo que quedaba de su residencia. Abrumada por la situación, calificó lo experimentado tras el terremoto como “algo demasiado triste para todos los que nos tocó vivir esto”.
Tras una semana de los terremotos, ella celebró que las labores de rescate no se hayan detenido, pero resiente que estas no se iniciaran sino un día después de la tragedia. También se mostró frustrada por la manera en que algunas autoridades toman la decisión de declarar una ruina como sitio en el que ya no hay nadie vivo atrapado.
“Las labores sí están avanzando, pero no llegaron el día del terremoto, llegaron al día siguiente. Cuando tembló, no llegó nadie. Le pido a la gente que no se dé por vencida. Me preocupa que hay lugares en los que las autoridades ya no buscan porque dicen que todos están muertos; creo que tienen que seguir buscando, yo sí creo que aún podría haber gente viva en algunas de esas zonas”, expresó.
Y añadió: “Nosotros les pedimos que vengan, revisen, que metan los perros. Que no solo busquen en los edificios privados. Siento que solo concentran los esfuerzos en los edificios privados”.
Casas por ser demolidas y locales cerrados
Más allá de los edificios colapsados y la incesante búsqueda de víctimas y sobrevivientes, La Guaira muestra una cara totalmente paralizada. Una semana después, la mayoría de los comercios en zonas como Maiquetía, Catia La Mar, Macuto y Caraballeda se mantienen cerrados.
Existen excepciones, como en el caso de panaderías y algunos abastos, pero son eso: excepciones. En esos negocios trabajan como pueden, algunos incluso limitando el acceso a cierta cantidad de clientes a la vez para evitar saqueos.
“Por acá en Macuto no se vio lo de los saqueos. En Catia La Mar y Caribe sí, muchos locales lo sufrieron”, comentó un hombre que se encontraba en una fila para comprar pan.

Uno de los locales saqueados fue el de Harold Tovar, en Catia La Mar. Él comentó que estuvo presente cuando un grupo de personas empezó a sustraer mercancía. Para evitar daños mayores, se limitó a abrir las puertas y permitir que se llevaran todo.
“Tuve que abrir; se llevaron toda la mercancía, fue vandalismo. Tenía harina de maíz, pasta, sardinas. No me dejaron nada, pero al menos no me destruyeron las cosas. Esto es poco a poco. A empezar de nuevo”, contó Tovar.
Los locales comerciales no son los únicos con futuro incierto. En sectores de La Guaira comenzaron las inspecciones a cargo de ingenieros de Protección Civil. Su trabajo consiste en entrar a las residencias afectadas para evaluar los daños.

En decenas de casas de La Guaira, una imagen cada vez más común es la de encontrar pintas de colores fosforescentes con palabras como “recuperable” o “habitable”. Son, entre todos, los casos más afortunados. La palabra “demoler” es, por mucho, la que más se aprecia en las viviendas de Caraballeda.
Frente a una de estas casas con la palabra “demoler” pintada en la fachada se encontraba una familia. Recogían sus cosas mientras hablaban entre ellos. Una de las mujeres preguntó al hombre de mayor edad del grupo familiar: “¿Y ahora?”. Este respondió: “No lo sé”.
