sábado, agosto 8, 2026

“Esto es África, aguántense”: la vida de los últimos migrantes deportados de Estados Unidos a Bangui

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Sin poderse creer aún todo aquello que está viviendo, Brayan Omar Sánchez se asoma al balcón de su cuarto en el Maison Confort, un alojamiento de apartamentos en Lakouanga, barrio céntrico y bullicioso de Bangui, la capital de la República Centroafricana. Sánchez se detiene a observar con asombro aquel sitio, uno completamente ajeno, como si lo hubiesen enviado de un tirón a los confines del mundo. Ve caminar a paso acompasado a una mujer con una canasta en la cabeza; ve tejados de casas bajas con paredes de ladrillos; ve calles sin asfaltar, de un color bermejo. El día en que se quejó porque no había agua para bañarse, un guardia del lugar le dijo: “Esto es África, aguántense”.

La República Centroafricana, a donde llegó, es un poco más pequeña que Texas, el Estado donde las autoridades estadounidenses lo hicieron montar a un avión esposado de pies y manos el pasado 31 de julio. Creyó que era un chiste la primera vez que un oficial le dijo que estaba en la lista de un vuelo de deportados rumbo a África. “Eso me parecía imposible”, asegura.

Del continente africano sabía poco: lo imaginó como un lugar apartado del resto de la tierra, o al menos de Olancho, el sitio donde nació en Honduras. Si lo hubiesen mandado a Etiopía, a Botsuana o a Camerún, hubiese sido lo mismo para él, porque África en su cabeza era “un lugar muy muy muy lejano, donde hay desiertos, animales malos, enfermedades malas, idiomas que uno no habla”. Era el último paraje donde pensó que iba a terminar, cuando el 13 de mayo de 2026 salió temprano de su casa de Allapattah, en Miami, y lo detuvieron los oficiales del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE).

Desde que cruzó la frontera hace una década, Sánchez, de 31 años, trabajó como jardinero o chofer de camiones, y hasta ahora operaba una pequeña compañía de lavado a presión. Siempre indocumentado. Ahora, todo eso le parece pertenecer a una vida anterior, y lo piensa mientras da vueltas y vueltas en el apartamento del Maison Confort que comparte con otro hombre. Está tratando de encontrar no solo una explicación de por qué terminó en Bangui, sino de qué forma va a salir de ahí.

Brayan Sánchez, hondureño que fue deportado a África desde Estados Unidos.

El apartamento en el que permanece tiene una cocina que le han pedido que no utilice, un baño, una sala pequeña y un cuarto con dos camas personales y sus respectivos mosquiteros. “Aquí los mosquitos están esperando a que abras la puerta”, cuenta a través de una videollamada con EL PAÍS. Ha visto en la calle cómo los locales encienden fogatas para espantarlos. Si hay luz, ponen el aire acondicionado, pero lo cierto es que la mayoría del tiempo están a oscuras, la misma oscuridad que percibieron la noche del 1 de agosto en que llegaron al Aeropuerto Internacional Bangui M’Poko, en un avión que trasladó a unos 80 migrantes de Turquía, Rumanía, Afganistán, Ecuador, Cuba, Rusia y varios países africanos, todos deportados desde Estados Unidos.

Con los únicos 60 dólares que logró esconder en su cuerpo, Sánchez le pidió a un oficial en Bangui que le hiciera el favor de cambiarle el dinero y comprarle un teléfono. Llamó a su esposa en Miami, a más de 10.600 km de distancia, un desfase horario de cinco horas y la inmensidad del océano Atlántico de por medio.

—Le dije, amor, ya estoy libre, pero me mandaron a África.

Dice Sánchez que a la mujer se le vino el mundo encima.

El largo viaje a África

Sánchez fue el primero a quien trasladaron a una unidad con decenas de migrantes africanos en el centro de detención Prairieland, ubicado en Alvarado, al sureste de Dallas, Texas. Aquello comenzó a resultar sospechoso. “Me preguntaba por qué nos ponían con esa gente, si normalmente no era así. En los demás centros nos ponían aparte, porque ellos tienen otra cultura, su religión es diferente”, cuenta.

El primer centro en el que estuvo Sánchez detenido fue en Krome, en Miami. Luego pasó dos meses en Denver, Colorado. El pasado 26 de julio lo trasladaron a otro en Phoenix, Arizona. Ahí fue la primera vez que oyó a alguien hablar de la posibilidad de enviarlos a África. Su última parada fue en el centro de Texas, el lugar donde acaban casi todos los que de un momento a otro van a ser deportados.

“Ahí pensé que nos iban a mandar para México. Decía: ‘México está bien, se habla el idioma de nosotros, no está mal”, cuenta Sánchez, quien asegura que nunca firmó una orden de deportación. En un momento, cuando los oficiales que operan el centro le entregaron sus documentos y los zapatos que había hecho a mano con bolsas de papas y Doritos, Sánchez se aventuró a preguntar: “¿Y para dónde nos van a mandar?”. El oficial respondió que para África. “¿África? No, yo no puedo ir para África”, le dijo él, asustado. Para ese entonces todavía pensaba que podía ser una equivocación en el sistema.

Yasmani, cubano que fue deportado a África desde Estados Unidos.

Al otro día, sobre las seis de la mañana, lo condujeron a la unidad con migrantes africanos. “Ahí me quedé traumado, no dormí. Dije: ‘Wow, esto es verdad, me van a mandar para África’. Me bañé como unas 15 veces para relajarme; la cabeza la tenía mal”, recuerda. A esa misma unidad llegaron luego cuatro cubanos, entre ellos Yasmani Noel Moreno de Armas, de 31 años, y Arístides Fernández García, de 37. Sánchez escuchó que hablaban español. “Me acerqué y les pregunté qué hacían aquí, y ellos me preguntaron lo mismo. Les dije que se comentaba que nos iban a mandar para África”.

En la tarde del 29 de julio, un oficial llegó a informarles que no era un rumor. Se iban al otro lado del mundo. “Las reglas son así, ustedes mañana van a ser deportados a África”, avisó. Sánchez replicó: “¿Pero si nosotros no hemos firmado nada?”. El oficial contestó: “A nosotros eso no nos importa, somos el ICE y somos los que deportamos”. Sánchez volvió a hablar: “Pero yo tengo un caso de asilo pendiente”. Y el oficial una vez más: “Tu caso está cerrado”. El hondureño y los cubanos empezaron a quejarse, advirtieron que no había manera de que los hicieran subir al avión. El oficial fue definitivo: “No importa, nosotros mañana venimos con armas y si no se suben, los vamos a agarrar a golpes, se los advertimos desde ahora”. Luego se alejó, riéndose.

Sobre las diez de la mañana del siguiente día llegaron los oficiales armados y con escudos protectores. Los esposaron a todos. Un migrante de Vietnam se resistió y le fueron encima a golpes. “Esa persona pedía ayuda pero no lo podíamos ayudar. Estaban prácticamente matándolo, estaba inconsciente”, relata Sánchez. Los trasladaron a unos buses, sin ofrecerles agua o comida. Después de las tres de la tarde los condujeron al aeropuerto y luego de dos horas subieron al avión por la parte trasera.

“Un avión super grande, nunca había visto un avión así”, dice Sánchez. Un oficial, a modo burlón, le gritó: “Oye, Honduras, ¿y tú por qué vas para África?”. Sánchez estaba en shock: “Ahí se me vino el mundo encima. Me apartaron de mi familia, es muy duro”. Se echó a llorar.

Fue el vuelo más largo y triste de sus vidas. Unas 22 horas hasta la República Centroafricana, aunque antes hicieron escala para dejar a algunos migrantes en Senegal y Nigeria. En todo ese tiempo solo les dieron una botella de agua y unos panes.

“Nos esposaron de pies, manos y cintura, no podíamos ni rascarnos la cara en el avión, ni ir al baño”, cuenta García, quien hasta ahora permaneció en Estados Unidos con un estatus I-220A, el mismo que ha impedido la legalización de más de 500.000 cubanos. Sin haber cometido ningún delito, las oficiales del ICE lo detuvieron el día en que se presentó ante el juez en la corte de inmigración de Miami, en enero, y lo encerraron en el centro de Alligator Alcatraz. García conserva nítido un recuerdo del momento en que cruzó la frontera por Arizona en 2022: “El oficial me dijo: ‘Bienvenido a los Estados Unidos, usted acaba de llegar a un país seguro”. Hoy la frase le parecía una burla.

Ahora saca sus cuentas: “Me pongo a pensar y digo: ¿qué está pasando con nosotros los cubanos?”, se pregunta García. “Tenía una compañía de camiones, pagaba impuestos, nunca había sido multado en el tránsito. Lo hice todo bien. Salí de una dictadura y entré a un terrorismo. Nunca pensé que me iban a mandar para África, pensé que eso era imposible, yo no soy un terrorista, no soy un delincuente”.

El avión aterrizó con deportados en la noche del 31 de agosto en Bangui. “Lo primero que vi fue que no había luz por ningún lado”, cuenta García. Las autoridades locales los hicieron descender de la aeronave, los llevaron hacia una carpa, les pusieron a todos una inyección. “Sin decirnos nada nos inyectaron; hasta ahora no sé con qué nos inyectaron”, asegura. Los subieron a un autobús, se adentraron en la noche oscura africana y llegaron al Maison Confort.

Los residentes de Bangui ya han notado que hay gente nueva en la zona. Gente que no se parece a ellos, que no habla sangho o francés. Los niños los saludan con curiosidad. Hay quien los ha mirado con sospecha. “No tienen ni idea de quiénes somos nosotros”, dice Yasmani Noel Moreno de Armas, un cubano de 31 años que cuando llamó a sus padres en Hialeah y les dijo que estaba en África, empezaron a dar gritos.

“Se volvieron locos, llorando y gritando”, cuenta él. El 11 de mayo de 2025 había ido a la playa de West Palm Beach y, sin ofrecer explicación, los oficiales del ICE lo detuvieron. Dice que aún está “traumado”. “Yo pensé que me iban a llevar para Cuba. Solo me di cuenta de que era para África cuando llevaba más de dos horas en el avión”.

El vuelo que llegó en la noche del 1 de agosto a Bangui era el segundo que aterrizaba con deportados desde Estados Unidos en menos de dos meses, desde que los gobiernos de ambos países firmaran un acuerdo de deportación que, según ha trascendido, asciende a 81 millones de dólares. El pasado 12 de junio, un Boeing 767 que salió en la noche del Aeropuerto Internacional de Alexandria, en Luisiana, cargó con más de 20 migrantes, aunque aún se desconoce la cifra exacta de deportados a la República Centroafricana.

El propio Gobierno estadounidense ha emitido una alerta de viaje para que sus ciudadanos no pongan un pie en ese país que, según dicen, hay riesgos de “disturbios, delincuencia, secuestros, minas terrestres, problemas de salud y terrorismo”. No obstante, la República Centroafricana es el último de los países africanos que se suman a la lista de terceros destinos para migrantes desde Estados Unidos. En ese continente, sitios como la República Democrática del Congo, Ghana, Sierra Leona, Eswatini o Guinea Ecuatorial ya han aceptado deportaciones y cobrado sumas millonarias por recibir migrantes en los últimos meses.

EL PAÍS se comunicó con el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) para conocer el criterio de selección para enviar migrantes a África y qué sería del estatus legal de ellos en la República Centroafricana, pero la agencia se limitó a responder que esas preguntas serían remitidas al Departamento de Estado.

El Paso

Todo es muy extraño y ajeno ahora mismo para estos migrantes. Para empezar la vida, les dieron a cada uno dos camisas, una amarilla y una gris, un pantalón y unas chancletas. Están prohibidos de salir del hotel. Cuando lo han hecho, en la semana que llevan ahí, es porque pagan a los guardias de custodia para que los lleven a la tiendita de la esquina o a la barbería, con el dinero que los familiares han empezado a enviarles. De Armas necesitaba unos cortes, pero el barbero no entendió lo que quería. Es imposible comunicarse y tuvo que mostrarle una foto del pelado. A él y a García los llevaron al hospital; tampoco sabían qué decir a los doctores. No han dejado de tener problemas estomacales a causa de la comida y alergias por los cambios de tiempo. A todos les ha impresionado, dicen, el deterioro de Bangui. “El hospital era como en Cuba, desbaratado igual. Eso está más malo que Cuba”, dice de Armas.

El paso de los días ha traído una impotencia que no saben cómo resolver. ¿Con quién quejarse? ¿Cuál es el próximo paso? ¿Hasta cuándo los van a tener encerrados en ese alojamiento? ¿Qué va a ser de ellos?

“Nos trajeron ilegalmente para acá”, asegura de Armas. “¿Qué voy a hacer aquí? Ahorcarme únicamente, porque aquí no hay más nada”. A veces piensan que no hubiese sido lo mismo si los hubiesen mandado a algún país latinoamericano, algo que mínimamente se acerque a lo que son. De momento, ni siquiera les han tramitado una identificación o un visado con el que puedan permanecer legalmente en ese sitio. Apenas pueden dormir. Tiene muchísima ansiedad. En ocasiones, incluso, sienten miedo.

“Todo pasó sin nuestro consentimiento, a la fuerza, fuimos secuestrados”, asegura Sánchez. “Es mejor mil veces estar en mi país que estar aquí. Yo nunca habría aceptado esto”.

Todos tienen la misma certeza: no saben cómo, pero harán todo lo posible por irse de Bangui. En medio de la noche oscura africana, quieren que el mundo amanezca para ellos.

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