viernes, agosto 14, 2026

Las siete vidas de Daniela

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Daniela llevaba ya varias horas sepultada cuando alguien, desde una montaña de cascotes, le preguntó su nombre. Ella gritó también el de su hijo. Y después el nombre de su padre. Fue así como los rescatistas supieron que la mujer que acabarían sacando de allí con vida era la misma cuyo rostro y cabello rubio llevaban casi dos días circulando en un cartel: “Se busca. Daniela Andrea Largo Sánchez, 32 años. Desaparecida en Pereira durante el temblor”.

El lunes del terremoto, a las 7.34 de la mañana, Daniela se disponía a cumplir una promesa. Volvería a casa de su madre para celebrar el cumpleaños de su hijo, que ese día soplaría 12 velas. Su afán por llegar a su destino, a tres horas por carretera de Pereira, es quizá lo que hizo que el temblor le sorprendiese en las escaleras, ya en marcha y no en el catre de la pensión donde pasaba algunas noches con un amigo. O eso piensa su madre.

El cuerpo delgado de la joven quedó sepultado bajo el edificio. Su rescate congregó decenas de voluntarios, bomberos, policías, topos y vecinos de mala vida. Fueron horas despejando escombros mientras se congregaba una multitud alrededor, expectante por alguna buena noticia en mitad de una catástrofe que ya suma 273 fallecidos. Entre esa multitud, abrazados, esperaban Julio César, el padre de Daniela, y Sandra, su pareja desde hace seis años. No se soltaron. Cada vez que un rescatista salía del hueco con las manos vacías, los dos se apretaban más fuerte. Él apenas se movía; no perdía de vista el agujero del que debía salir la niña de sus ojos.

A Daniela la sacaron con el celular en la mano a las 20.27 del martes entre aplausos y oraciones. “¡Daniela, Daniela, Daniela!”, gritaba la muchedumbre. Pero cuando la subieron a la ambulancia sufrió un paro cardiorespiratorio y tuvieron que reanimarla durante cerca de 20 minutos. “Estaba muy deshidratada”, cuenta su madre, Martha Emilce Sánchez. “La reanimaron ahí mismo”, dice en la puerta del hospital en el que su hija permanece en la Unidad de Cuidados Intensivos. No es exactamente la séptima vez que Daniela vuelve de un lugar del que no se suele volver, pero casi.

La madre de Daniela cuenta la historia frente a la Clínica San Jorge, poco antes de poder verla por primera vez desde que supo que estaba viva. Su hija nunca paró, desde pequeñita, pero hace cinco años la vida se le complicó. Se dio cuenta tras una caída que la llevó al hospital. En una radiografía apareció un tumor óseo ya grande, en la pierna, un cáncer de huesos. La mantuvieron hospitalizada tres meses. La junta médica recomendó amputar, pero uno de los médicos se negó: dijo que se arriesgaría a colocarle una prótesis en la pierna y la rodilla. Y Daniela conservó la pierna. Y siguió su vida. Hasta hace dos años, el tumor reapareció.

Daniela se sometió a ocho sesiones de quimioterapia que, según su madre, no sirvieron de mucho. “No le había mermado nada”, dice. Al revés, habían encontrado metástasis en los pulmones y los médicos volvieron a hablar de amputación. Fue entonces cuando Daniela tomó una decisión que su familia todavía cuenta en susurros: no más tratamientos. “Ella quería que cuando ya Dios la llamara, estuviera toda completica”, cuenta Martha. Daniela dejó de ir a controles. Dejó la quimioterapia. Y, aunque nadie se lo explica, el tumor de la pierna dejó de crecer. Y el de los pulmones, que también se había extendido, se hizo cada vez más pequeño. “El cáncer no se curó”, aclara Martha, “pero remitió”.

Daniela retomó lo que era su vida normal, aunque no fuese la que su madre y su padre querrían para ella. Una normalidad marcada por el dolor en la que desaparecía varios días hasta que volvían a saber de ella.

Tras el terremoto, Martha comenzó a llamar a su hija, pero no había señal. Respiró profundo, rezó y quiso pensar que todo estaba bien, pero cuando la red volvió y todos los vecinos, menos ella, empezaron a poder comunicarse con los suyos, se preocupó de verdad. “Ella no iba a faltar al cumpleaños de mi niño”, pensó. “Algo pasa”. Fue cuando el padre y su esposa pusieron rumbo a Pereira para patearse el centro con los carteles.

Estuvieron a punto de perder la esperanza porque nadie la había visto, hasta que sonó el teléfono y se oyó la voz de una amiga al otro lado. La estaban buscando en los escombros de un edificio; sabían que era ella porque dijo el nombre de su hijo y su papá.

Daniela se salvó, entre otras cosas, porque alguien se empeñó en sacarla de allí. Entre los primeros rescatistas que llegaron al lugar donde había caído el edificio estaba Yeivinson Fontalvo, un colombiano de la Chaplains International, una organización estadounidense de capellanes cristianos que entrenan y despliegan equipos internacionales para responder desastres y emergencias. Fue él quien se introdujo como un topo ya en la mañana del martes en busca de supervivientes y el que, según cuenta, escuchó una voz débil que respondía cuando la llamaban. “No hay un manual único, pero no hay improvisación. Hay años de terremotos anteriores”, contaba Yeivinson minutos antes del rescate, que acabaron asumiendo profesionales. El hombre, al ver a Daniela saliendo en una camilla, rompió a llorar. Y, a continuación, se puso a rezar en voz alta, como en trance.

Los médicos dicen que Daniela está fuera de peligro, pero todavía no ha despertado. Empieza a ser consciente de que sobrevivió esta vez a un terremoto. Y su madre ya le ha contado que el aplastamiento ha obligado a los médicos a amputarle el brazo derecho. Después de resistirse tanto tiempo a perder una pierna, de decidir que prefería morir, Daniela se despertó obligada a luchar contra su peor pesadilla. Su madre reza y confía en que Dios “sacude a uno” con un propósito y que el de su hija deberá ser el de construir una vida distinta a las anteriores. “Si Dios le da otra oportunidad”, dice, “debe cambiar”.

Alrededor de Daniela, mientras los médicos la mantienen sedada y entubada en la UCI, se ha reunido una familia rota. Su madre, Martha, el padre de Daniela, del que se separó hace seis años tras 35 años de matrimonio, y la madrastra Sandra, que se volcó en la búsqueda de Daniela como si fuese su propia hija. Ambas mujeres nunca habían hablado hasta que se encontraron en la puerta del hospital y se cerraron algunas heridas. “Que Dios le pague”, le agradeció Martha. Y en el centro de todos, un niño de 12 años, monaguillo en su iglesia, que muestra orgulloso el reloj, la pulsera y los 60.000 pesos que le regalaron el día de ese cumpleaños que, aunque él aún no lo sabe, marcará la historia de su casa y de Colombia.

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