A pesar de que los críticos de cine han reaccionado con el mismo horror que se siente al encontrar una bola de pelo en la sopa, la película biográfica sobre Michael Jackson es todo un éxito. Y no solo en términos económicos, aunque los 150 millones de dólares que se estima que recaudará este fin de semana en todo el mundo sin duda harán felices a los inversionistas. Lo sorprendente es que a la gente le gusta: el público encuestado en los últimos días en las salas de cine de EE. UU. le ha otorgado una calificación general de 8. En el sitio web de recopilación de reseñas Rotten Tomatoes (el sitio del momento en el que críticos indiferentes y fanáticos furiosos se pelean por sus opiniones), Michael actualmente tiene una valoración de la crítica de 40 % de “podrida”, a diferencia del 96 % de “frescura” según los seguidores de Jackson que votan con sus clics. Nunca antes había sido tan evidente el abismo entre la supuesta élite crítica y el público en general.
Se ha presentado a Michael como una especie de referéndum sobre la imagen pública de Jackson, una reputación que se ha visto distorsionada y empañada a lo largo de los años, mas no de manera irremediable. Resulta un poco injusto: Michael es impecable por naturaleza, ya que narra la infancia de Jackson en los suburbios de Gary, Indiana, su difícil relación con su padre y representante Joe, y su ascenso al estrellato. Incluso conocemos a Bubbles, el mejor amigo primate de Jackson, y vemos cómo se compra juegos de mesa, consuela a niños enfermos, graba el video de Thriller y cautiva a Wembley. Es prácticamente un santo; un hombre encantador, aunque solitario, que nos bendijo con el regalo de su música y no hizo absolutamente nada más, señor juez. Y como la película termina en 1988, cuando Jackson estaba en la cima del mundo, quedan fuera de la pantalla todas las rarezas de su vida posterior: desde las acusaciones de abuso sexual infantil que se le hicieron por primera vez en 1993, pasando por sus extraños matrimonios con Lisa Marie Presley y Debbie Rowe, hasta la creciente surrealidad de su rostro retocado. Se ha amenazado con una secuela. Sabe Dios cómo funcionaría eso.
Pero la cruda realidad es que tal vez no importe. Jackson es nuestro artista más “incancelable”, vivo o muerto, y la prueba de que, mientras puedas agitar algo brillante y caro (e idealmente genial) ante las masas, todo lo demás se recibe con indiferencia.
“A la gente no le importa que fuera un abusador de menores”, aseguró esta semana el documentalista Dan Reed. “Literalmente, a la gente solo no le importa… Creo que mucha gente ama su música y hace oídos sordos. Y a menos que haya pruebas en video reales de Michael Jackson manteniendo relaciones sexuales (sic) con un niño de siete años, no sé qué sería suficiente para hacer cambiar de opinión a estas personas”.
Reed es el director de Leaving Neverland, la serie documental de 2019 basada en entrevistas con Wade Robson y James Safechuck, quienes denunciaron haber sido víctimas de manipulación psicológica y violación por parte de Jackson durante su infancia. Leaving Neverland se estrenó una década después de la muerte de Jackson en 2009 y causó un gran revuelo, pero no hasta el punto de causar un daño permanente a su imagen en general. Además, ya no es posible ver la serie legalmente en los Estados Unidos, ya que el patrimonio de Jackson se aprovechó de una cláusula de no difamación incluida en un contrato de principios de los noventa entre Jackson y la cadena HBO para una película de un concierto no relacionada con este tema. Como resultado, HBO retiró la serie de sus plataformas de streaming, lo que supuso una victoria para un patrimonio más decidido que nunca a mantener la marca Jackson lo más impecable posible.

Es entendible que los fanáticos de Jackson sean muy protectores con su ídolo, pero el éxito de Michael sugiere que incluso quienes no forman parte del núcleo más ferviente de sus seguidores están dispuestos a pasar por alto los aspectos más oscuros del rey del pop. Se podría argumentar que la música de Jackson lo hace demasiado bueno como para desaparecer por completo de la vida pública, que el genio grandilocuente de Thriller y el deslumbrante espectáculo de sus conciertos en vivo superan lo desagradable de su vida privada. El tiempo también ha sido un aliado: las generaciones más jóvenes probablemente no recuerden los titulares sobre las payasadas de Jackson colgando a su bebé del balcón, ni las series de comedia de los noventa y los dos mil que reiteraban la idea de que Jackson era sinónimo del espeluznante hombre del saco. Tampoco la entrevista de Martin Bashir con Jackson en 2003, que en su momento fue ineludible y en la que (dejando de lado las prácticas de investigación turbias de Bashir, como lo demuestran las revelaciones sobre su famosa entrevista a la princesa Diana) Jackson admitió y defendió que compartía su cama con niños pequeños.
Esta semana, el sobrino de Jackson, Taj —hijo de Tito, hermano de Jackson— sugirió que todo lo anterior era una invención maliciosa de los medios, recurriendo con astucia al manual de Trump que se ha convertido en el estándar del lavado de imagen moderno. “Lo siento, medios de comunicación, ya no pueden controlar la narrativa de quién era realmente Michael Jackson”, escribió en X. “El público podrá ver esta película… y decidirá por sí mismo. Y ustedes no pueden manejar eso”.

Lo frustrante de todo esto es que, en realidad, no se debería “cancelar” a Jackson ni desterrar su música de la vida pública. Por el contrario, una respuesta inteligente ante artistas del pasado que han caído en desgracia —o que, como mínimo, son cuestionables— debería consistir en situarlos en su contexto: celebrar el arte, al tiempo que se reconoce el horror, ya sea presunto o real. El año pasado, el Museo de Arte y Artesanía de Ditchling en Inglaterra organizó una exposición de obras del artista Eric Gill, una figura muy controvertida desde 1989, cuando una biografía reveló que había abusado sexualmente de sus hijas. La muestra fue curada por sobrevivientes reales de abuso sexual, quienes seleccionaron las obras que se exhibirían y determinaron cómo debían presentarse. “Si no se muestra su obra, no se está contando la historia de este hombre”, declaró Vivien Almond, una de las curadoras de la muestra, a The Guardian. “Mi opinión es que hay que verla, pero junto a ella debe incluirse la historia de lo que este hombre hizo”.
Michael tenía la oportunidad de reflejar la complejidad de la historia de Jackson y nuestra relación colectiva con los artistas acusados de cometer actos muy graves. En cambio, se decantó por absolutos burdos: por un lado Jackson como un ángel virtuosos y, por el otro, sus acusadores como estafadores ávidos de dinero que no merecen consideración alguna. Se perdió el potencial de un momento de aprendizaje sobre las realidades complicadas de la humanidad y el poder emocional que el gran arte ejerce sobre nosotros. Y resulta dudoso que una secuela pudiera lograr precisamente eso. Michael incluía, pero se descartó en la sala de edición a instancias de los abogados, un segmento completo que dramatizaba las acusaciones de abuso sexual de 1993 por parte de Jordan Chandler, de 13 años, lo que llevó a una redada en la casa de Jackson y a una demanda. (Jackson llegó a un acuerdo por 23 millones de dólares y la investigación se cerró). El director Antoine Fuqua declaró esta semana a The New Yorker que su intención con esas escenas era exonerar a Jackson, y añadió: “A veces la gente hace cosas desagradables por dinero”.
Qué caray.
Traducción de Michelle Padilla
