viernes, mayo 29, 2026

Entre memoria, música y resistencia: una larga conversación con Sara Curruchich

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La mañana comienza lentamente en la Condesa. Afuera, la ciudad ya corre con esa velocidad habitual que parece no detenerse nunca, pero dentro de Lunarena Café el tiempo tiene otro ritmo. El aroma del café turco llena el espacio mientras las primeras conversaciones apenas empiezan a despertar entre mesas pequeñas .

Ahí aparece Sara Curruchich, tranquila, cercana, observando todo con una calma poco común. No llega con la energía acelerada de alguien que vive en la ciudad. Y quizá por eso sus canciones conectan de una manera distinta.

Hablar con Sara no se siente como una entrevista tradicional. Las respuestas no llegan como discursos preparados sino como pensamientos que han sido vividos durante mucho tiempo. La conversación va atravesando música, identidad, racismo, espiritualidad, memoria, redes sociales, migración y resistencia cultural. A veces con firmeza, otras con humor, y muchas veces desde un silencio que también comunica.

Porque en el fondo, escuchar a Sara Curruchich es escuchar una voz que intenta recordarnos algo que el ruido cotidiano ha querido borrar: que todavía es posible crear desde la verdad.

Revista Kuadro: Antes de hablar de discos, escenarios o giras, me gustaría empezar desde otro lugar. ¿Quién era Sara Curruchich antes de la música?

Sara Curruchich:

Creo que antes de la música ya existía una necesidad muy profunda de entender quién era yo. Crecí en San Juan Comalapa, en Guatemala, dentro de una familia maya kaqchikel donde había muchas enseñanzas ligadas a la comunidad, a la tierra y a la memoria. Pero al mismo tiempo también crecí viendo cómo muchas personas sentían vergüenza de sus raíces porque así nos enseñaron históricamente.

Cuando salí de mi comunidad para estudiar fue uno de los primeros momentos donde entendí de manera más fuerte el racismo. Ahí te das cuenta de cómo funciona el sistema, de cómo hay personas que automáticamente sienten que valen más que otras. Y eso duele mucho cuando eres joven porque empiezas a preguntarte si realmente hay algo incorrecto en ti.

La música apareció justo en medio de todas esas preguntas.

Primero escribía canciones casi como un diario. No pensaba que alguien las iba a escuchar. Eran conversaciones conmigo misma. Necesitaba sacar cosas que no sabía cómo decir en voz alta.

Revista Kuadro: ¿Recuerdas la primera vez que sentiste que una canción podía convertirse en una herramienta de resistencia?

Sara Curruchich:

Sí. Fue cuando otras personas empezaron a acercarse después de los conciertos para decirme: “Eso que cantaste también me pasó”. Ahí entendí que no estaba hablando solo de mí.

A veces pensamos que la resistencia siempre tiene que ser algo enorme o heroico, pero también puede existir en cosas muy pequeñas. Hablar tu idioma. Cantar desde tu identidad. Nombrarte a ti misma sin esconderte. Todo eso ya es una forma de resistencia cuando vienes de pueblos históricamente silenciados.

Y creo que la música tiene algo muy poderoso porque entra por lugares emocionales donde a veces los discursos políticos no logran entrar.

Revista Kuadro: Hay algo muy emocional en tus conciertos. como los disfrutas?

Sara Curruchich:

Porque para mí la música nunca fue solamente entretenimiento.

Claro que disfruto los conciertos y la energía del escenario, pero también creo que la música puede acompañar procesos humanos muy profundos. Muchas personas llegan cargando dolor, cansancio, miedo, ansiedad o historias muy difíciles. Y de pronto una canción les permite respirar distinto por unos minutos.

Eso es algo muy fuerte.

A veces hay personas que lloran durante una canción y luego se acercan a contarme historias de , migración, discriminación o pérdidas familiares. Entonces entiendes que el escenario también puede convertirse en un espacio de encuentro y de sanación colectiva.

Revista Kuadro: En tu carrera has hablado de problemas sociales estructurales que viven los pueblos indígenas. ¿Sientes que algo ha cambiado realmente?

Sara Curruchich:

Sí y no.

Creo que ahora existen más voces indígenas tomando espacios públicos y eso es importante porque durante muchísimo tiempo otras personas hablaron por nosotros. Ahora hay cineastas, escritoras, artistas, periodistas y músicos contando sus propias historias desde adentro.

Pero también sigue existiendo muchísimo racismo, solo que a veces adopta otras formas. Está en los medios, en las oportunidades laborales, en cómo se representa a nuestros pueblos o incluso en quiénes tienen acceso a ciertos espacios culturales.

Todavía hay personas que se sorprenden cuando ven a una mujer indígena en escenarios internacionales, como si eso no fuera posible.

Por eso es importante seguir ocupando espacios sin pedir permiso.

Revista Kuadro: ¿La música te ayudó a sanar ciertas heridas personales?

Sara Curruchich:

Muchísimo.

Aunque creo que sanar no es algo lineal ni definitivo. No es como llegar a una meta y decir “ya está”. Más bien son procesos que van cambiando contigo.

La música me ayudó a reconciliarme con mi identidad. Me ayudó a sentir orgullo por mi idioma, por mi comunidad, por mi historia. También me ayudó a entender que muchas heridas no eran individuales sino colectivas e históricas.

Cuando entiendes eso, dejas de culparte tanto.

Revista Kuadro: Tu música tiene una conexión muy fuerte con la espiritualidad. ¿Cómo entiendes esa relación?

Sara Curruchich:

Para mí la espiritualidad tiene que ver con la conexión. Con entender que no estamos separados de la tierra ni de las demás personas.

Crecí viendo ceremonias mayas, escuchando a las abuelas hablar del fuego, del agua, de los ciclos de la naturaleza. Todo eso termina formando parte de ti aunque no siempre seas consciente.

Cuando escribo canciones muchas veces intento regresar a ese lugar interno donde todavía puedo escucharme realmente. Porque el mundo actual hace mucho ruido. Todo el tiempo estamos distraídos, acelerados o consumiendo información.

La espiritualidad también es detenerse.

Revista Kuadro: Hablando de ruido… vivimos en una época donde las redes sociales parecen exigir productividad constante. ¿Cómo sobrevives a eso?

Sara Curruchich:

(Ríe)

Todavía estoy aprendiendo.

Las redes pueden ser herramientas muy útiles porque permiten conectar con personas de muchos lugares, pero también generan muchísimo agotamiento emocional. Parece que todo el tiempo tienes que demostrar que existes, publicar algo, producir contenido, mantenerte visible.

Y el arte no siempre funciona así.

Las canciones necesitan silencio. Necesitan tiempo. Algunas canciones tardan años en encontrar su forma.

A veces siento que el sistema digital quiere convertir incluso las emociones en consumo rápido y eso puede ser muy peligroso para los procesos creativos.

Revista Kuadro: También has hablado mucho sobre migración y desplazamiento. ¿Qué representa para ti ese tema?

Sara Curruchich:

Es una herida muy presente en toda América Latina.

He conocido muchísimas personas migrantes y detrás de cada historia hay dolor, separación y supervivencia. Muchas personas no migran porque quieran sino porque las condiciones de violencia, pobreza o falta de oportunidades las obligan.

Y lo más duro es que muchas veces terminan siendo criminalizadas por intentar sobrevivir.

Cuando escribimos “Quisiera Ser” junto a Aterciopelados había mucha reflexión alrededor de eso. Sobre lo que significa abandonar tu hogar, tu idioma, tus afectos. Sobre la nostalgia constante.

Revista Kuadro: ¿Cómo fue trabajar con Aterciopelados?

Sara Curruchich:

Muy especial. Yo admiro muchísimo a Aterciopelados desde hace años. Son artistas que han logrado construir una identidad muy auténtica dentro de la música latinoamericana y además sostener un discurso humano y crítico durante décadas.

Andrea Echeverri tiene una sensibilidad muy poderosa. Compartir música con personas que realmente respetas siempre es algo hermoso porque no se siente como una colaboración de industria sino como un encuentro humano.

Revista Kuadro: ¿Qué artistas han marcado tu vida?

Sara Curruchich:

Muchísimos.

Guardabarranco me acompañó mucho emocionalmente. Mercedes Sosa también fue muy importante porque entendías que una voz podía cargar historia, dolor y esperanza al mismo tiempo.

Y por supuesto las mujeres de mi comunidad. Muchas veces pensamos en referentes musicales famosos, pero yo crecí escuchando cantos de mujeres mayores que quizá nunca grabaron un disco y aun así transmitían una profundidad enorme.

Ellas también son maestras.

Revista Kuadro: ¿Todavía crees que el arte puede transformar algo en un mundo tan inmediato?

Sara Curruchich:

Sí. Tal vez no de manera inmediata o espectacular, pero sí profundamente.

Una canción puede cambiar la manera en que alguien mira a otra persona. Puede hacerte cuestionar algo que dabas por normal. Puede acompañarte en un momento oscuro. Puede devolverte dignidad.

Y eso ya es una transformación enorme.

A veces creemos que cambiar el mundo solo significa hacer cosas gigantescas, pero también existen revoluciones íntimas.

Revista Kuadro: ¿Hay momentos donde te cansas emocionalmente de hablar siempre de temas tan fuertes?

Sara Curruchich:

Claro. Soy humana.

Hay días donde todo pesa demasiado. Vivimos viendo noticias dolorosas constantemente: violencia, guerras, racismo, injusticias ambientales. Y el cuerpo también tiene un límite.

Por eso creo que descansar también es importante. Reírse, bailar, ver películas tontas, cocinar, abrazar gente querida… todo eso también forma parte de resistir.

No podemos vivir únicamente desde el dolor.

Revista Kuadro: Y hablando de eso… ¿tienes algún gusto culposo?

Sara Curruchich:

(Ríe)

Veo muchísimo La Ley y el Orden. Demasiado probablemente.

Y musicalmente antes tenía prejuicios con ciertos géneros como el reggaetón porque crecí escuchando muchos discursos alrededor de lo que era “correcto” musicalmente. Después entendí que también había clasismo dentro de esas ideas.

Ahora simplemente escucho lo que me hace sentir algo.

Revista Kuadro: ¿Qué te gustaría que las personas sintieran cuando escuchan una canción tuya?

Sara Curruchich:

Que no están solas.

Creo que eso resume muchas cosas.

Que alguien pueda escuchar una canción y sentir un poco menos de miedo, un poco menos de vergüenza sobre quién es, un poco más de fuerza para seguir… para mí eso ya vale todo.

La conversación termina varias tazas de café después. Afuera, la ciudad sigue avanzando con su velocidad habitual, los coches vuelven a llenar las calles y el ruido regresa poco a poco.

Pero dentro de Lunarena Café queda una sensación distinta. Como si durante un momento la música, la memoria y las palabras hubieran logrado abrir un pequeño espacio de pausa en medio del caos.

Y quizá eso es precisamente lo que hace Sara Curruchich con sus canciones: recordarnos que todavía existen voces capaces de abrazar incluso cuando el mundo parece olvidar cómo escuchar.


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